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La violencia como residuo del negocio

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Por Lea Ross | Fotos: Mati Magnano

La represión contra mapuches. El asesinato a un hincha de fútbol. Víctimas del cambio climático. Y otras víctimas por contaminación de empresas que dicen combatir el cambio climático. La violencia que se ejerce desde arriba conforman una oscuridad, que a veces ilumina la existencia de sus facetas mercantiles.

La violencia puede manifestarse de distintos modos. Desde arriba o desde abajo. Pero como en la guerra, siempre se desencadena por una disputa de poder, es decir, de ocupar espacios. Ya sea por parte del invasor, o de parte del invadido. Todo termina siendo una cuestión política, si se quiere. Porque si hay una disputa política, quiere decir que detrás hay una disputa económica.

¿Por qué odiamos a los mapuches?

Un ejemplo concreto son los hechos represivos que padecen distintas comunidades mapuche. Las de ésta última semana no son una excepción. Las razones ante tanta saña contra ese pueblo nación se localiza en tres variantes.

La primera es geopolítica: el territorio mapuche llamado Wallmapu se divide entre Gulumapu (región chilena) y Puelmapu (argentina), que alcanza una media docena de provincias. Eso es preocupante desde la óptica de un Estado moderno como el argentino, una de las más longevas del subcontinente, que tiene raíces y compostura liberal, y habituada a representar solo una nación.

La segunda implica que el ser mapuche tiene por detrás una tradición guerrera. Se rehúsa a exponerse como una persona indefensa frente a las cámaras de televisión, acostumbradas a encajar a la figura del indígena como un indigente atrapado en el norte del país. A esto se le suma que algunos referentes mapuches tienen cierta formación intelectual, desde lo académico y lo político. Eso enerva aún más el recelo racista y chauvinista por parte de quienes no han tenido la misma formación, como es el caso de un gendarme, la cara visible en Estado en una región transfronteriza.

Y finalmente, desde la tercera variante, está lo económico. Hablamos de un territorio con una vasta cantidad de bienes comunes, que van desde el agua hasta recursos energéticos y gasíferos. A esto se le suma la gran extensión de tierras en manos de terratenientes extranjeros y destinados a un turismo que apunta a sectores acaudalados. Eso implica un cierto poder de lobby que incide en la denominada “seguridad jurídica”, como aquello que le garantizaría al Estado la tan mentada lluvia de inversiones. De ahí la necesidad de un ejercicio violento en lo simbólico (la prensa) y en lo físico (el Estado).

La violencia climática

Es jueves al mediodía. Estamos en la ciudad de Córdoba, en el primer piso de la sede del Consejo Profesional de Ciencias Económicas, en el centro capitalino. Las ordenadas meses redondas, con una pantalla para proyectar diapositivas, nos dan la bienvenida para el séptimo Foro de Economía y Cambio Climático.

Cambio Climático y Economía.

Un enredo que se pretende desenredar ante un panorama catastrófico.

Prestemos atención a los siguientes “materiales”: acero, aluminio, cemento, vidrio, madera, cultivos agrícolas y ganadería. Todos ellos son responsables del 20% de la generación de gases de efecto invernadero (GEI), el 95% del consumo de agua y el 88% de ocupación de uso de suelo. “Ahí es donde nos preguntamos cómo empezar a entender el consumo desmesurado a lo largo de los años y que nos hace repensar la estructura productiva”, comenta Elga Velásquez. Ella dirige una consultora llamada Apoidea, que aconseja dar soluciones sustentables. También preside la Fundación para el Desarrollo Sostenible y es coordinadora de Green Dreaks, que organiza disertaciones sobre estos temas.

Marcelo Cabido es un biólogo que ha dado importantes aportes sobre los mapeos de bosque nativo para el ordenamiento territorial de la provincia. Señala que para entender la importancia de la biodiversidad, se debe conocer sus distintas capas. La más elemental es la diversidad genética, que garantiza esa heterogeneidad en y entre las especies vivas. Eso nos lleva a una escala intermedia, que es la diversidad entre especies, donde garantizan los procesos de polinización, el control biológico y la producción de alimentos y medicinas. Finalmente, la diversidad entre ecosistemas son los que proveen lo que los especialistas llaman “servicios ecosistémicos”, que son aportes de aprovechamiento (comida y remedios), de regulación (equilibrio en la circulación de individuos vivientes) y culturales (relación con el paisaje). “El incremento de la fragmentación de ecosistemas (entiéndase, su destrucción mediante deforestación, por ejemplo) influye en las probabilidades de incidencia de enfermedades transmitidas por vectores”, señala Cabido, tomando como ejemplo el coronavirus del Covid-19, transmitida supuestamente por un murciélago.

La Organización Mundial de la Salud pronostica que entre los años 2030 y 2050, alrededor de 250 mil personas en el mundo van a morir por el cambio climático: 95.000 por desnutrición infantil (falta de acceso de alimentos), 60.000 por malaria (transmitida por un mosquito), 48.000 por enfermedades con diarrea (ligado a la contaminación del agua) y 38.000 por la exposición de temperaturas extremas (por el calentamiento global).

“Cuando visité Bangladesh, uno de los países más densamente poblados del mundo, noté que su población es refugiada climática. Está bajo la presión de un clima sobre un país donde la mitad está en agua del delta de los ríos Ganges y Brahmaputra. Por ende, tiene que huir. Lo mismo pasa en las islas Maldivas, que es el primer país del mundo que le pide a las Naciones Unidas ser declarada como refugiada climática”, señala el geógrafo Pablo Sigismondi, también invitado en el Foro.

Para Elga, el problema se radica en la concentración urbanística: “Las ciudades son las grandes desperdiciadoras”. El Instituto Ellen McCarthur calcula que el 55% de de las emanaciones de dióxido de carbono, el principal GEI, provienen de la matriz energética (combustibles fósiles), pero el resto se debe a deficiencias de la propia productividad: “La economía circular puede reducir ese 45%. Pero cuando digo ‘economía circular’ no me refiero a reducir el residuo, sino a rediseñar el sistema, planificando el uso o la optimización de los recursos y el ciclo de vida de esos productos o servicios. Si solo gestionamos los residuos, seguimos en la economía lineal. Tenemos que rediseñar y repensar estos circuitos productivos”.

Sigismondi resalta un caso testigo en África: “A pesar que Ruanda padeció una gran masacre en el 94, hoy tiene una política ambiental ejemplar. No se permite utilizar nada de plásticos. Lo primero que se hace cuando alguien ingresa a Ruanda, es revisarle para que no lleve nada de plástico y se lo quitan inmediatamente”.

Gracias Porta

Elga sostiene que una experiencia más local para ese rediseño sería la que ejerce el establecimiento Las Chilcas, en el norte cordobés, entre Rayo Cortado y Villa de María de Rio Seco. Si bien es una Sociedad Anónima, Andrés Aguilar Benítez lo presenta como una empresa familiar. “Lamentablemente, muchos buscan la rentabilidad solo en el monocultivo de soja”, señala el ingeniero, quien había convencido a su padre de “agriculturizar” sus campos ganaderos, mediante el cultivo de maíz.

Con 125 empleados trabajando “full time”, según señalan las diapositivas de Andrés, Las Chilcas ha invertido en 10 mil hectáreas maiceras, 45 mil cabezas de ganado en feedlots, mil cabezas de madre chanchas, 2.000 hectáreas para la ganadería extensiva vacuna, y una planta destiladora de bioetanol, o alcohol a base de maíz, que produce 6 millones de litros por año. Andrés comenta que el origen de esta fábrica se debía a la necesidad de obtener burlanda, un componente proteínico para alimentar vacas y que se obtiene por la fermentación de granos para producir ese alcohol: “El problema con la burlanda es que tiene 70% de agua. Si vos no estás cerca de una destiladora de maíz, te queda inviable económicamente obtenerla”. El ingeniero lo dice por conocimiento de causa: habían firmado un convenio con Porta Hnos. para que le suministrara su burlanda. Pero su fábrica, ubicada al sur de la ciudad de Córdoba, está a 180 kilómetros de Las Chilcas, lo que les implicó altos costos con los fletes y deshidratación del insumo.

Andrés Aguilar Benítez.

“Entonces vino Porta y se les ocurrió una idea loca, que era instalar una planta de alcohol en el campo. Una mini-planta”. Se trata de pequeñas destilerías, diseñados y promovidos por la famosa empresa productora de alcoholes en gel y vinagre, que ha convencido a media docena de emprendedores agropecuarios para destilar su maíz y producir biocombustible. “Para mí, eso no existía, porque las plantas eran de 700 o 1.000 toneladas. Hoy, esas mini-plantas son únicas en el mundo”.

Para Andrés, el corazón de su proyecto es el biodigestor, porque al procesar desechos orgánicos -desde la vinaza, que es un residuo líquido de la fermentación, pasando por el estiércol y hasta con animales muertos-, se permite no solo hacer funcionar la caldera, sino que además genera agua con nutrientes que lo utilizan como fertilizante. Eso genera un 30% mayor de productividad que la que brindan los agroquímicos. Las expectativas, para Andrés, es que las comunidades de los pueblos aledaños aporten también sus residuos a su planta: “En honor a la verdad, no tenemos buenos resultados. Pero esperamos tenerlos de a poco, teniendo llegada en las escuelas”.

En medio de su exposición, el empresario expuso un breve video desde el interior de su establecimiento, que también lo utiliza la página web institucional de Las Chilcas SA. Como dato curioso: ese material fílmico no la hizo esa compañía, sino Porta Hnos.

Violencia silenciosa

Estamos en el tramo final de Foro. Las y los presentes anotan una serie de preguntas en unos papelitos para ser leídos por el coordinador y ser respondido por los expositores. Hay una, apuntada a Andrés Aguilar Benítez de Las Chilcas: “¿Cómo se piensa disminuir a cero la contaminación por formaldehído, xileno, tolueno, metanol, entre otros, para la producción de biocombustibles?. Pregunta Silvia”.

Andrés se siente confundido: “No… ¿Cómo reducirlo a cero?… No tengo la menor idea… No sabría qué responder”. El coordinador interviene brevemente: “Me parece que este tema de las emisiones por las prácticas de algunas actividades industriales, aún cuando utilizan filtros para dioxinas o furanos, no hay cero contaminación”. Inmediatamente después, Silvia, la autora de esa pregunta, decide intervenir:

Los químicos que se mencionan en esa pregunta se emanan por las chimeneas de la fábrica Porta Hnos., en el sur de la capital, y que vende su burlanda a otras firmas, como lo hacía con Las Chilcas. Desde que Porta Hnos. decidió producir ese alcohol en el año 2012, los habitantes de los barrios aledaños señalan tener problemas de irritación en los ojos, dolores de cabezas, problemas respiratorios, gastritis y problemas en la piel. Incluso, denuncian casos de fallecimiento de bebés recién nacidos. La sospecha apunta a la inhalación de esos químicos. La casa de Silvia, la que escribió la pregunta, está pegada a esa fábrica.