La sangre necesita brotar: Una crítica sobre “La virgen de la tosquera”, de Laura Casabé
Por Lea Ross
El terror emerge cuando algo se quiebra. Lo pasible deja ser a partir de la penumbra o de cualquiera que asesine al silencio. Lo monstruoso se expone cuando se quiebra lo establecido. Los monstruos hacen daño. Pero pueden también ser la remediación de aquello que habíamos olvidado, de esa alienación que nos engaña en un sueño no tan eterno. La primera escena de La virgen de la tosquera, sobre vecinos sorprendidos y rabiosos al ver a un linyera cagando en el asfalto, es un ejemplo magnífico, pero que no llega abarcar a todo lo que promete en el después.
Dirigida por Laura Casabé, el monstruo que se presenta es la crisis del 2001. O quizás, sus efectos posteriores. Nada es explícito en ese contexto socioeconómico: en los televisores, no hay un Domingo Cavallo anunciando el corralito, sino más bien una Susana Giménez realizando llamados telefónicos. Los ámbitos callejeros remiten a un conurbano bonaerense no tan lejos de terrenos donde se practicaba extracción minera a pequeña escala. Por allí vagan, en una estación veraniega, Natalia y sus dos amigas. Sus hormonas están a flor de piel: se masturban, anhelan debutar sexualmente pero no con cualquiera, se predisponen a conocer las drogas y añoran con llegar a tener sexo con Diego, el único integrante masculino de la banda, pero que coquetea con una nueva amistad llamada Silvia. Ante esas tensiones intra-amistosas, que se vuelven auto-energéticas, capaces de catalizar reacciones sobrenaturales, los servicios básicos se colapsan: los cortes de luz son frecuentes y la conexión a agua corriente no está garantizado en los hogares.
Si bien todo está basado en los cuentos de Mariana Enríquez, todo se columna en el guion redactado por Benjamín Naishtat, director de las películas Rojo y Puan. La virgen de la tosquera se acerca más a la primera que a la segunda. No solo por rastrear las raíces de aquella abominación previa al surgimiento de la dictadura, sino porque también la política se vuelve tácita. Tanto como para quedar casi elidida.
Y es que a diferencia de la literatura enríqueziana, donde la perspectiva subjetiva permite compenetrarse en lo colectivo, esta adaptación cinematográfica opta por un camino “hollywoodense” de centralizar la mirada de Natalia, donde la mayor parte de la puesta en escena se enfoca exclusivamente en ella. Casabé atina en definir los límites del cuadro para resaltar la opresión que sufre su protagonista, incluyendo la selección del enfoque fotográfico, como así también aprovechar los ambientes amplios como los entornos del lago artificial. Sin mencionar que, dentro del género, logra la efectividad en la exposición de la sangre en los momentos donde la sorpresa cumple con su objetivo de llegar sin avisar, aún cuando se trata de escenas muy aisladas, posiblemente para poder concretar ese efecto.
Pero la centralidad intimista sobre aquello que está reprimido en Natalia, a punto caramelo de ser expulsado, empuja a sus amigas a la periferia. Como si quien posee los dotes mágicos merece ser la atracción del espectáculo. Eso la aleja de aquellos textos cortos que permitían funcionar en una dirección contraria.
El filme tiene más peso en Bryan de Palma que en Lucrecia Martel, dos cineastas que fueron muy evocados en las críticas a la película. No solo porque es inevitable la invocación a Carrie. Sino porque además el sonido hace alejar a la película del universo marteliano. Basta con escuchar la primera escena de Las ciénagas, donde el chirrido de las sillas arrastrándose o los ahuecados volcamientos en primerísimo primer plano del vino sobre el interior de los vasos muta lo real en un ambiente cercano a lo onírico. En el filme de Casabé, no hay nada lírico: cuando Natalia está por expulsar su costado brujeril, el rugido de una bestia se presenta. Es un recurso que pareciera no despegarse de la demanda de todo reel de que debe siempre ser explícito.
La virgen de la tosquera invoca el terror pero sin ponerlo en un pedestal. Y se enreda en un formato mainstream, donde pareciera ser que ante la crisis de un cine nacional que peligra sus recursos, la vía de escape sería la de apegarse al tradicional cine industrial, como bregan los canales de stream o las productoras tradicionales, tal como ocurrió en Argentina 1985 o Belén. Pero se diferencia en que, al mismo tiempo, pretende retornar a un cine postépico, donde las inquietudes individuales son las que se imponen en un mundo donde la conectividad carnal se va desintegrando. Estamos en tiempos donde la sangre necesita brotar con más abundancia.
