LITERATURA Y FILOSOFÍA

Escrituras en singular: estampas para una historia cultural de la Argentina

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A Propósito de La lectura: una vida…, de Daniel Link

Por Mariano Pacheco

Dirigida por Graciela Batticuore, la colección Lector@s de la editorial Ampersand ha convocado a una serie de escritor@s para que den cuenta de la historia de sus lecturas. Esta semana, en la sección #LibrosyAlpargatas de La luna con gatillo, recuperamos la publicación del docente y crítico Daniel Link, en una búsqueda por trazar –desde los tramos singulares de una existencia singular— las líneas fundamentales de una genealogía literaria nacional. 

Si la historia de un texto es la historia de los combates por sus sentidos, como escribe Daniel Link, este libro puede ser leído en parte como la historia de la lucha por los sentidos que el autor le otorga a su propia existencia, marcada por la lectura. 

La señorita Celia y la infancia en la provincia de Córdoba. La profesora María Inés y el colegio secundario en Buenos Aires. Muchos recorridos de lectura están marcados por el vínculo con determinados personajes de la vida escolar, más que con las instituciones en sí, más allá de que estas jueguen un rol importante a la hora de “enseñar a leer”, de formar públicos y ciudadanías. “La escuela media delimita un público nacional, una comunidad más o menos homogénea de lectura respecto de la cual intervendrán los escritores a lo largo de la historia”.

En ese sentido, La lectura: una vida…, es también la historia de una educación sentimental: de la señorira Celia a la profesora María Inés, de los suburbios de Córdoba al barrio porteño de Pueyrredón, pero también, de la fragilidad corporal que marcó la salud de la infancia a la fortaleza subjetiva que comienza a conquistarse durante la adolescencia. En el medio los problemas familiares, y los quilombos del país: una biblioteca que se adquiere por compra intrafamiliar y a través de la cual se heredan lecturas poco habituales para una determinada edad. Pero también esa marca que ya no es tanto una marca sobre la piel singular sino sobre todo un tajo sobre el cuerpo colectivo: el primo lector que también es militante (¿o que es militante porque es lector?) en una Argentina convulsionada como la de los años setenta, hace que el cuento termine mal, y el joven primo, lector-militante, culmine engrosando las listas de los detenidos- desaparecidos por razones políticas. “Mis amigos de la escuela secundaria y yo entendimos el verdadero significado de la Dictadura recién hacia finales de 1976, cuando fue evidente que ni mi primo Fernando ni otros conocidos iban a volver a sus casas, ni tampoco iban a pasar un tiempo en alguna cárcel. Algo más grave había sucedido. Entonces la lectura adquirió una potencia que hasta entonces para mí eran desconocidas: se podía tener problemas con el Estado por leer tal o cual libro. Es decir: ciertos libros tenían una potencia antiestatista y antiautoritaria que podía llevar a la muerte”. 

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El nombre de Enrique Pezzoni funciona como bisagra en el libro. La lógica del desafío que atraviesa muchas lecturas deviene por este nombre singular un duelo cuerpo a cuerpo en épocas en que –reconoce el autor— la literatura “ocupaba un lugar social más importante que el que ocupa ahora”. 

A Enrique Link dice haberlo conocido en el Profesorado (en el Joaquín V. González donde fue a estudiar Letras). “Pezzoni fue el niño mimado de Victoria Ocampo, pero también de Anita Barrenechea, con quien trabajó en la Universidad de Buenos Aires hasta la Noche de los bastones largos”, podemos leer, es ese movimiento de la escritura en el que el autor de este libro va tejiendo toda una genealogía, que incluye su propio recorrido personal mientras traza una sucesión de estampas de la historia cultural de la Argentina, ya que Pezzoni terminará dirigiendo (y reordenando) la carrera de Letras en la UBA, cuando finalice el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional y Link empiece a trabajar allí con él. 

Pero antes –antes de ese trabajo y antes de que los militares se replieguen sobre sus cuarteles— adviene otro de sus vínculos fundamentales. Link relata que durante un buen tiempo asistió a lo que hoy es para nosotres –lectores y escritores más jóvenes—los emblemáticos encuentros de los días sábado en la oficina porteña de la revista Punto de vista, donde el autor y otros jóvenes apasionados por la literatura, estudiaban con Beatriz Sarlo al formalismo ruso y checo, y también las vanguardias criollistas argentinas.

Los ochenta –según cuenta Link– fueron para él no sólo el ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA sino también años de su vínculo con el mundo editorial, nada más y nada menos que  a través de Daniel Divinsky, lúcido hacedor de la cultura que –entre otros proyectos— parió en los sesenta Ediciones de la flor, proyecto que retomó tras la última dictadura. Allí Link conoció a Patricia Walsh, la hija del escritor, periodista y militante montonero Rodolfo Walsh –también detenido-desaparecido durante el terrorismo de Estado–, a quien el autor de este libro le dedicó gran parte del trabajo de aquellos años, producto del cual se publicará en 1995 y 1996 –aunque por editorial Planeta—los textos Ese hombre y otros papeles personales y la Obra periodística

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La operación se repite a medida que el libro avanza: nombres singulares  significativos en la vida del autor que un relieve mayor al dar cuenta de procesos culturales de nuestro país. Además de su trabajo editorial, de las clases en la UBA –que incluyen las del Ciclo Básico Común por un buen tiempo—y de su ingreso a CONICET, cuenta Link que en aquellos años ochenta otro proceso que llegó por el lado de las letras marcó su vida. Se trata de su vínculo con Leopoldo Sosa Pujato, quien había sido profesor suyo en “El Joaquín” –donde se recibió Profesor en Castellano, Literatura y Latín—y que luego terminó siendo el primer Director del Centro Cultural Rojas (de la UBA). “Leopoldo nos enseñó (a quienes no habíamos vivido el Di Tella, ni la Facultad de la calle Viamonte) a leer una sensibilidad, un clima y a crear un ambiente”. 

Claro que la sensibilidad, el clima y el ambiente de entonces era muy diferente al de una década atrás, ya que habían cambiado radicalmente producto de lo que el genocidio había hecho con la sociedad argentina. De allí la importancia de la labor docente, en general, pero sobre todo en esos años ochenta en particular. Y de allí la reivindicación de Elvira Aroux –quien había dirigido la colección de Teoría lingüística y literaria para la editorial Hachette, en la cual durante la última dictadura cívico-militar se había publicado el manual de Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano titulado Literatura/ sociedad— con quien Link dice aprendido a leer la literatura como “formación discursiva”, pero sobre todo, con quien aprendió a dotar la práctica docente de un sentido político muy preciso: “se trataba de preparar alumnos para las carreras universitarias, enseñarles competencias que durante la dictadura habían sido secuestradas junto con los cuerpos”.

Finalmente, el nombre de María Moreno –quien también publicó un bello libro en esta colección, que comentaremos en otra ocasión—y un tramo final del texto en donde el narrador muta de la primera a la tercera persona: “él cree que ella no lo sabe, pero quiso ser ella, devenir María Moreno. ¿Cuándo la conoció? No está seguro si fue en algún pasillo de La opinión”. Como ya se ha dicho, en La lectura: una vida…, la historia del lector Daniel Link permite, además de conocer su propio recorrido biográfico, sumergirse en algunos tramos de la historia cultural de la Argentina. Por eso, sobre los diferentes nombres propios que recorren las páginas de este libro, podríamos decir algo similar a aquello que el autor expresa respecto de María Moreno. A saber: que no son nombres identitarios sino topónimos, porque expresan el nombre de un pueblo en el que se crece, se aprende y en el que no podemos dejar de experimentar una íntima sensación de comodidad.