LITERATURA Y FILOSOFÍA

Un amor bolchevique en el Río de la Plata

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Por Mariano Pacheco

Rojo amor, primera novela de Aníbal Jarkowski, en la Sección Libros y Alpargatas de La luna con gatillo.

“Existen diferentes maneras de iniciar una carrera literaria”, escribe Soledad Quereihac en el prólogo a la segunda edición de Rojo amor, primera novela de Aníbal Jarkowski, reeditada a dos décadas de su primera edición por Clubcinco editores en 2015, inaugurando esta iniciativa impulsada por Martín Hain, Virginia Gallardo, Yair Magrino y Edgardo Scott para reeditar autoras y autores de literatura argentina contemporánea cuyos ejemplares dejaron de circular en el mercado. En ese caso, como el propio Jarkoviski cuenta en unas notas agregadas para la ocasión, su inicio de escritura apareció entremezclado con el del mundo editorial, ya que el libro se editó primeramente por Tantalia, un proyecto autogestivo destinado a publicar primeras novelas, que el autor trama junto a sus compañeros de ruta Martín Kohan y  Miguel Vitagliano. Jarkowski también cuenta allí, en esas notas, que escribió el libro entre 1988 y 1991, es decir, en pleno proceso de desintegración de la Unión Soviética y el advenimiento del Nuevo Orden Mundial Neoliberal, con toda su ideología del fin de las ideologías, el trabajo, la historia. 

Leí por primera vez Rojo amor en su primera edición, cuando me lo prestaron a inicios de los dos mil. Cuando se reeditó en 2015 vivía en Córdoba y no conseguí entonces el ejemplar. Pasaron los años y atesoré en mi recuerdo su lectura, pero no el hecho de la posibilidad de adquirir un ejemplar. Hace unos días, caminando por la avenida Corrientes –como suelo hacerlo desde que retorné a Buenos Aires– husmeando entre estantes de librerías de “Usados y saldos” –anhelando cada vez ese efecto de sorpresa inesperado que no tiene, en mi caso, punto de comparación con el “googleo” o la búsqueda en esos sitios donde se supone que todo se encuentra– me topé con un ejemplar de la primera novela de Jarkovski, que obviamente fue a parar a mi biblioteca, y que rápidamente me puse a hojear, en la búsqueda por reencontrarme con esa experiencia sublime que implicó para mí leer pasajes inolvidables.

En la novela hay historias que cruzan: la de un mundo aristocrático de nobles y diseñadoras de moda y otro proletario, de amores bolcheviques en el Río de la Plata, sostenidos con una escritura que posee “una belleza casi anacrónica”, pero también la subversión y el misterio de la tradición contemporánea. “Novela múltiple: decimonónica, rusa, de vanguardia, de ideas. Un estilo que sabe dosificar intensidades y equilibrios, peripecias e imágenes, reflexión y lirismo”, según puede leerse en la contratapa de la segunda edición. Es que en esta novela la complejidad y precisión de la escritura deslumbran por su belleza, que por tramos acerca la narrativa a los momentos cumbres del lenguaje típicos de la poesía más elaborada.

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El erotismo, la política, la historia y la lógica propia del folletín, todo entremezclado, hacen que Rojo amor no sea una novela histórica. El libro está dividida en tres partes. Una primera que contiene las grabaciones de un extenso reportaje que un periodista le hace al duque ruso Dimitri Pavlovich (último heredero de la familia Romanov) para una revista femenina; una segunda que presenta un relato (en primera persona) del redactor de la revista; finalmente, “Rojo amor”, nombre de la novela proletaria que el periodista escribe, inspirado en su encuentro con el duque, y su propia historia ligada a la cuestión rusa.  

Rojo amor no es un tratado de filosofía, ni una monografía sociológica ni un ensayo político. Es una ficción. Pero como también sucedió con El camino de Ida, la última novela de Ricardo Piglia –y como sucedió también con algunas de las novelas de Martín Kohan– estamos ante un texto literario que contribuye a repensar la historia, el presente y devenir de los ideales revolucionarios. Sin embargo, como sucede con los grandes textos literarios que huyen a las pretensiones didácticas y propagandísticas, esta novela logra ejercer la crítica de un modo que termina aportando tanto o más a la reflexión que un simple panfleto.

“Interpretar la realidad comienza a bastarte. Crees hacer política. Todo es político te dices y te lo repites. Pero ¿hay política si no se disputa verdaderamente el poder? Yo veo que no hay experiencia de uno sólo como no hay socialismo en un solo país. No veo el mérito de revolucionar el cuarto si luego no cambia la casa. Y nuestra casa es el mundo. También desde afuera podemos apedrear a los burócratas, ese no es el problema sino saber con quién se está. De qué lado se está. Hasta los burgueses de cuando en cuando se renuevan. Desordenan un poco su futuro, cambian de lugar las alfombras y desde las ventanas te saludan. `¡Ey, camarada! ¿Eres revolucionario? ¡Pues mira como yo también estoy por el cambio!`. No son tontos. Te ven cruzar la calle nervioso, te moran y gritan `¡Cada uno debe comenzar por su interior, camarada! ¿Me estás escuchando? Nadie puede amar a los demás si primero no se ama a sí mismo. Todavía no puedo luchar por los demás. Discúlpame. No puedo todavía. Mi alma me llevará un buen tiempo aún. Pero dile a los pobres que me esperen. Ya iré, claro que sí. ¡Te asombrarás de mí! Cada día falta menos. Diles que me esperen. No voy a defraudarlos. ¡Todos queremos el cambio!`. Y no se equivocan. Están cambiando el tapizado a sus sillones, han comprado escritorio nuevo y viajarán a un país desconocido el año próximo. Es muy instructivo viajar. Fortalece el corazón. Pero yo no estoy con ellos. Uno, dos, tres octubres precisamos…”.

Esta consigna guevariano-leninista, incorporada de este modo en la novela, no puede sino hacer aquello que los formalistas rusos atribuían a la literatura: desautomatizar la mirada. La mirada neoliberal, de 1993, pero también la mirada de 2015, y la de 2023, ya que en el fondo –y más allá de los cambios de coyunturas—hay algo de esas ideas neoliberales en auge entonces –cuando salió por primera la novela—que siguen dando vueltas en nuestra sociedad. Por eso esas palabras no deja de resonar en nuestros oídos, como maravillosa música, en tanto contribuyen a reinstalar en la actualidad la “hipótesis comunista”, esa que sencillamente podría definirse como la posibilidad y el anhelo de estructuración la sociedad regida por una dinámica que nos sea la de la explotación del capital sobre el trabajo.

El libro tiene el valor de sumergirnos en un mundo ficcional donde nos vemos atrapados por las historias de los personajes, y sobre todo, por el preciosismo de la escritura de Jarkovski. Como adelantándose a la “mirada violeta” que instalaron los feminismos contemporáneos, casi en simultáneo con su reedición, Rojo amor trabaja de manera muy enfática y a la vez sutil, la cuestión del punto de vista –que hoy podríamos caracterizar como feminista-revolucionario–: “Sus ojos eran pura mirada bolchevique… Ese sentimiento era su forma de ver las cosas y los sucesos del mundo; unas gafas rojas que ella llevaba como otros llevan el dinero delante de sus ojos”, puede leerse en un tramo en el que se describe a la heroína de la novela, en la que aparecen pasajes que además del disfrute estético de la lectura literaria, pueden funcionar como insumos para repensar nuestra realidad y las formas críticas en que podemos intervenir en ella, incluso en tiempos sombríos:

“Acabará el siglo y aún habrá explotadores en el mundo… Prepara el olfato por si llega ese día, muchacho, y no te cargues de pena si sucede. Se puede comenzar de nuevo”.