Colorear lo dramatizado

Una crítica a la serie cordobesa El brete, sobre la fuga de mujeres en la cárcel del Buen Pastor.

Por Lea Ross

Es todo un brete la coalición entre la función de la ficción en una reconstrucción histórica. A El brete, dirigida por Ángela Bertoni, se le suma el hecho de que esta miniserie de nueve capítulos se le comprimen la duración de cada uno en diez minutos, por lo que resulta más que suficiente para acomodarse en un cierto espacio de difusión como es internet. Así la trama, que refiere a la mayor fuga que hubo en la historia argentina, se focaliza en ocho o nueve puntos de vista simultáneos sobre lo ocurrido en la noche del 24 de mayo de 1975, donde más de una veintena de mujeres lograron escaparse de la cárcel del Buen Pastor, en pleno centro de la ciudad de Córdoba y en plena administración pública intervenida a nivel militar.

Al tener todos los capítulos repletos de títulos que contextualizan, detallan y repasan casi a nivel biográfico a los personajes referenciados, la reconstrucción de los hechos se asemejan a las dramatizaciones de un docudrama. Es decir, no exceden más que el relleno de lo ya dicho. Para Bertoni, el pasado se colorea con los mismo criterios que podría demandar un canal televisivo pedagógico. Mientras tanto, sus personajes quedan atrapados entre diálogos acartonados, elementales puestas en escena y un quiebre cronológico que no les ofrece la profundidad psicológica y dramática que demandan. Ni siquiera se logra una interacción clara entre los episodios.

La ficción puede adquirir una función libertaria, como la que descubrió Rodolfo Walsh al reconstruir su operación masacre. Pero en El brete, todo pesa ante los eslabones de la cadena que acarrea. Todo cumple una función mecánica, al ritmo de un intercambio de mate o de un vaso de vino; o a nivel más comestible, entre un sandwich de fiambre o de porciones de pizza. Ni siquiera un posible contraste entre una foto de la Coca Sarli y la del Che Guevara es aprovechado en absoluto. Todo lo que se ve se mueve como engranajes dentro planos generales en espacios vacíos o en una interacción de planos y contraplanos. Sujetos y objetos parecieran estar acorralados vidriera de un museo de arqueología. Se mira y no se toca.

En cierta manera, lo que le falta a El brete se presenta en plenitud en aquel documental de Matías Herrera Córdoba y Lucía Torres, Buen Pastor: Fuga de mujeres, donde esas mismas valientes interactúan en la misma arquitectura que se escaparon, pero previa a su transformación como shopping. El filme nos recuerda que la memoria es metamorfosis y también es material. Y eso no parece advertirse en la serie, donde los planos finales en dron pretenden dar una elipsis imperceptible entre la concreción de la fuga y la majestuosidad de ese centro comercial que agradece no ser cuestionada por la propia serie.