Lo esencial de vivir: Crítica de “Mis muertos tristes”, de Pablo Larraín y basado en los cuentos de Mariana Enriquez
Una serie ambivalente por sus distintos desniveles, pero que resulta más que bienvenida para trasladar a la pantalla una literatura intrigante.
Por Lea Ross
Los fantasmas generan un interés tan duradero como su inmortalidad. Pensar que una identidad pueda deambular por fuera de su cuerpo luego de derrocar la mortalidad es una inquietud tan milenaria como trascultural. Para el cine, filmar un fantasma es un dilema en cuanto a la agudeza sensorial. En la época más contemporánea, lo desafiante podía ir en el cambio de perspectiva, como lo proponían filmes como Sexto sentido o Los otros. Un espíritu incorpóreo se diferencia de las criaturas vivas por el hecho de que no tienen preocupaciones materiales y su razón de ser sería extrapolable a su período con vida. La distancia de intereses entre los vivos y los muertos pueden explicar la falta de interacción perceptiva, y un eficaz modo de crear una metáfora sobre nuestras propias alineaciones.
El chileno Pablo Larraín se obsesiona ahora por esta eterna temática, a partir de los relatos cortos de la argentina Mariana Enriquez. En la serie de cuatro capítulos Mis muertos tristes, basada no solo en la historia homónima sino también en otros textos de la autora, los espectros se focalizan en un territorio cuya infraestructura permanece en declive.
Aquella que sí logra alcanzar la percepción con estos seres es la recientemente echada del hospital Ema (Mercedes Morán). Entre sus muertos tristes, está su madre, quien fallece en la casa donde ahora vive ella. La convivencia con los espectros no problemática si se lo compara con la que ejerce con el resto de su familia. Por un lado, mantiene evasivas con su hija (Dolores Fonsi), dedicada a la fotografía. Y por el otro: expresa su escasa algarabía por la visita, llegadas desde Estados Unidos, de parte de su hermana y su cuñado, quienes traen a su hija Julie para ser internada en un psquiátrico, sacando provecho las bondades de la salud pública gratuita. Paralelamente, el resto de la vecindad cede ante el uso de la violencia criminal como un modo de interacción costumbrista y las preocupaciones por sus consecuencias serán moneda corriente.
Que todo esto esté bajo el sello de Netflix, una factoría que impone un criterio sobre la apreciación de una paleta cromática saturada, no termina siendo menor al contrarrestar ese tópico mercantil. La presencia de colores fríos y con tonos de bajo espesor no solo es concomitante para la trama, sino también una capacidad a contracorriente de otros modos de apreciar lo fotográfico desentonado con la estetización vacía. Puede estar bien acompañada con ciertos planos generales en movimiento, que permiten apreciar más los espacios que circulan los personajes. Pero no así el persiste uso de contrapicados en los momentos de diálogos, que generan una especie de inquietud al director de no animarse a que la cámara encare a sus criaturas a la altura de sus ojos.
Las asambleas vecinales, preocupadas por la inseguridad, parecen ser tribunas con la dopamina a la baja, señal de alguien que no está acostumbrado a encarar esos ámbitos vecinales. La selección musical global puede tener un giro creativo, como ocurre con el tema No de Shakira, que pasa a ser diegética al ser escuchada y cantada por tres amigas. No así el country de John Denver, con Take Me Home, que parece más pensado para un público continental que con un atino estético.
No hay dudas que el personaje de Julie (Carolina Álvarez) es la más atractiva y no porque se pretenda democratizar los cuerpos en el cuadro frente a aquellos que son más hegemónicos. Su perfil psicológico otorga una mayor profundidad de lo que pudiera alcanzar al resto del elenco. Si bien es incierto que cuenta con más herramientas por el deterioro clínico mental, no se convierte en una premisa para hacer emerger determinados síntomas que nos haga recordar esa idea, como si la actitud desquiciada fuese un ejercicio actoral por excelencia. Los momentos en que ella busca sus orgasmos logran ser intrigantes a nivel cinematográfico desde distintos sentidos, sea desde una cama con determinados fantasmas, o a punto de hacerlo con un empleado de una clínica. Sin mencionar que ella protagoniza giros importantes en la trama, que involucra por ejemplo una toma de agua.
Mis tristes muertos es un nuevo paso al valorado interés en ofrecer nuevas perspectivas audiovisuales sobre la literatura de Enriquez. Empezó con la película La virgen de la tosquera, preseleccionada para los Oscar, que tenía su límite por la falta de osadía a la hora de encarar el horror. En el caso de esta serie, la escasa hemoglobina resulta ser suficiente. Lo sanguíneo aquí no compenetraría con el ambiente lúgubre. Los muertos existen para recordarnos lo esencial de estar vivas.
