¿Hay consenso para el consenso?
Un análisis desde el interior de la Comisión Organizadora del Encuentro Plurinacional de MLTTBINB, que se realizará en la ciudad de Córdoba, con un debate todavía sin cerrar: ¿juntar votos o llegar acuerdos?
Por Yunga
Edición de portada: @fuska.visual
1 Uno de los debates más interesantes que estamos teniendo los feminismos y transfeminismos en Córdoba, de cara a la organización del Encuentro Plurinacional de este año, gira en torno a la metodología con la que se tomarán las decisiones en las asambleas. Históricamente, dicen, se ha utilizado el consenso: se discuten las distintas posiciones (todo el tiempo que haga falta) y se intenta llegar a un punto medio en el que todes acuerden. Hay, sin embargo, una importante excepción: la elección de la sede, que se viene resolviendo “por aplausómetro” y que este año ha generado mucho debate.
El aplausómetro es una versión más flexible del voto, donde se mide también la pasión que cada persona le pone a su voto (aunque también su capacidad para expresarlo en público) e involucra una decisión final más ambigua que “numérica” y que puede llevar a distintas interpretaciones sobre quién ganó. Una solución que está sonando mucho (o que quizás yo la escucho mucho, porque me gusta) consiste en que cada taller elija una sede por consenso y que esos sean los “votos” (pesados, si se quiere, por la cantidad de participantes de cada taller). Sin embargo, hay un problema más serio: ¿Qué pasa, si, por ejemplo, hay un grupo que no está de acuerdo con este cambio, y entonces “no hay consenso para el consenso”? Es decir, ¿cómo puede la Comisión Organizadora decidir cómo decidir? Quizás parece que nos estamos ahogando en un vaso de agua (¡Habiendo ya tantos problemas “serios”! ¡Voten y listo! ¡Más fácil!); sin embargo, con Occidente enfrentando su mayor crisis de representación política, vale la pena ponerse a pensar un poquito sobre las distintas formas de organizarnos.
Voy a poner un ejemplo muy concreto para que lo tengamos en mente: al final de la asamblea de la Comisión de Logística había personas que entendían que la próxima reunión tenía que ser un sábado, mientras que otras (rompiendo el acuerdo de alternar entre días de semana y días de findes) presionaron para que vuelva a ser día de semana. Para sumar al contexto: eran las nueve y media de la noche y, después de tres horas y media de asamblea, estábamos ya cansades y con más ganas de irnos que de tener razón… ¿Qué pasa, entonces, con estos grises en la toma de decisiones “por consenso”?
2 ¿Por qué no votar? Empecemos por ahí. Como a esta altura muches sabrán, el voto invisibiliza las minorías, homogeniza las opiniones y (lo que es peor) se puede comprar. En el caso de una Comisión Organizadora del Encuentro Plurinacional, al ser una asamblea pública, la forma de “comprar” ese voto podría ser a través de los partidos, que podrían organizarse para asistir masivamente el día de una votación importante. ¿Soluciona el consenso este problema de “aparataje”? Hasta cierto punto: un grupo podría oponerse a la decisión tomada por esa mayoría que sólo fue a votar y, aún así, cuando no se logra conseguir un acuerdo en un tiempo razonable (que debería tener en cuenta las posibilidades de les presentes) se llega a una calle sin salida.
Cuando a las que participamos de una Comisión Organizadora por primera vez se nos dice que “históricamente se hizo así”, ese argumento busca invocar una memoria activa de respeto hacia los 40 años de organización del Encuentro. Lo cual está muy bien, pero obviamente no alcanza, pues está claro que si algo caracteriza al espíritu feminista es la voluntad de cuestionar y transformar las estreucturas pre-existentes. Buscando en internet alguna historización sobre este debate, encuentro muy poco. Todo registro de lo discutido refiere a la elección de la sede o a la dinámica de los talleres (donde si el consenso llega un punto muerto simplemente se lo agrega en Conclusiones que se leen el último día), pero no encuentro discusiones específicas sobre cómo debe la Comisión Organizadora tomar sus decisiones.
Un ejemplo histórico interesante fue cuando en el Encuentro de La Plata (2019) un sector propuso cambiar el Nacional por Plurinacional y agregar LTTBINB al nombre. No hubo consenso. Otro sector, indignado, organizó en 2021 un Encuentro Nacional paralelo al Plurinacional al que fueron 15 mil personas (mientras que al Pluri fueron 100 mil). Más allá de la alegría que me genera que el 90% de las encuentreras reconozcan la importancia de reconocer las naciones originarias, a les encuentreres de otros territorios y a las identidades no hegémonicas, hay también otro ejemplo en esa misma dirección que muestra que la división no es necesariamente algo malo (sino hasta deseable, diría yo, como anarcosindicalista): el Encuentro de Masculinidades Transgénero, Transexuales y Travos, cuya primera edición se realizó el año pasado en Córdoba. Aunque hay muchas causas para esta división que quizás no vienen al caso, una obvia es que, cansados de sentirse perseguidos en los Encuentros (pues a veces se los confunde con varones cis), organizaron su propio encuentro (que salió precioso, según dicen, y que se repetirá este año en Tucumán).
3 Volviendo entonces al debate sobre el consenso: reafirmo mi posición anti-voto, aunque entiendo que a veces es inevitable (cuando ya se han discutido tres horas, por ejemplo), pero quisiera revalorizar sobre todo lo que pasa cuando no hay consenso para el consenso, es decir, cuando dos grupos deciden seguir su deseo renunciando a convencer al otro. Mucha gente tiene miedo de las divisiones porque ven que hay diez partidos de izquierda peleados a muerte por diferencias que, al lado de la aparente homogeneidad de una derecha populista, parecen ínfimas… y sin embargo, el fascismo no consigue la presidencia porque haya entre sus votantes un consenso que las izquierdas no están sabiendo conseguir. Simplemente, es porque el 1% más rico la subsidia y nuestro sistema de gobierno es (¡OH, casualidad!) tan centralizado que resulta muy sencillo para ese 1% comprar los votos de los funcionarios que deciden por la vida de millones de personas y kilómetros cuadrados.
Quizás parezca que salto de la escala Comisión Organizadora a la escala Cámara de Diputados con demasiada ligereza. Y sin embargo, ¿acaso no es obvia la maravillosa incidencia en las políticas públicas que tuvieron los feminismos y transfeminismos organizados en las últimas dos décadas? ¿Acaso creen que es (solo) porque los vestiditos me quedan preciosos que hoy una vez más reivindico mi derecho a ser una princesa anarcosindicalista? ¿Acaso no es Milei, Trump y Netanyahu el manotazo de ahogado de una derecha que agoniza ante una disidencia ecotransfeminista que no para de crecer?
