En la economía del bien común: ¿la libertad avanza?
Lejos del deseo de Adam Smith, la mano invisible del Mercado ha logrado copar el Estado destruyendo los mercados. El estado de las cosas.
Por Tomás Astelarra Ilustraciones: @fuskavisual
Durante mucho tiempo me desvelaba el adjetivo detrás de la palabra economía para determinar si mi visión de este área de la vida y la divulgación era “social”, “solidaria”, “popular”, “circular” o “alternativa” (entre otras posibilidades). Hasta que escuché que una vez la abuela yuyera, biósofa y divulgadora Ana Domínguez le aclaró a un médico moderno, o alópata, o seguramente esclavo de la industria farmacéutica multinacional: “medicina alternativa será la suya que tiene como mucho trescientos años. La que yo represento, la andina, tiene al menos cinco mil”.
La fecha no es anecdótica. Hace trescientos años, además de la sudochica ciencia, nacía la revolución industrial, el liberalismo político, el sistema financiero y el dichoso capitalismo patriarcal. Alimentado por la quema de brujas, el oro del Potosí y la acumulación de conocimientos multiculturales que van de los números árabes a la pólvora china. Incluso, dicen las malas lenguas, que la revolución industrial no solo fue posible gracias al shock monetario del “descubrimiento” de Amérika, sino también a los sofisticados conocimientos de aleación de metales de los recientes esclavos andinos de los socavones.
Si se trilla, es decir, si se separa la paja del trigo, la gran mayoría de los inventos del capitalismo patriarcal europeo son de otro continente. Como las piezas de sus museos. Incluso hay pruebas arqueológicas de que, mucho antes de Colón (la colonia) y Américo Vespucio (la américa), hubo muchos europeos (vinkingos, celtas o vascos, entre otros) que pisaron estas tierras intercambiando saberes sin por eso generar un proceso de acumulación, expropiación o extractivismo.
El descubrimiento de la dizque Amerika se sitúa entonces en 1492, de la misma manera que en Argentina situamos en el 2001 la crisis económica y las revueltas populares que tumban gobiernos sin tener en cuenta los anteriores movimientos piqueteros en Cutral Co o Tartagal o el Santiagazo que ya tumbó un gobernador un diciembre de 1993.
La historia, como la economía, la historia económica, se teje desde arriba y el centro.

La capacidad de capitalizar voluntades
¿Que hubiera sido de la teoría de la evolución de Darwin sin sus viajes por estas lejanas patagonias? ¿Que sintieron los conquistadores al ver que aquellos indios brutos tenían unas quinientas variedades de papa y sofisticados sistemas agrícolas?¿Alguien recuerda que una de las primeras empresas multinacionales mineras fue la del cholo Patiño Mines?¿Qué tan influenciado fue Adam Smith por los curiosos sistemas de comercio en los mercados americanos (mucho antes que la palabra fuera monopolizada por Estados Unidos)?
Precisamente en su famoso libro, La riqueza de las naciones, uno de los fundadores de la economía moderna liberal, alegaba en contra de los monopolios del mercantilismo español que priorizaba la acumulación de oro por sobre la productividad. Aunque fuera esta acumulación originaria la que permitió el desarrollo de la revolución industrial gracias al exceso superfluo de, por ejemplo, la demanda textil de los nuevos ricos españoles, que permitió la escala necesaria para desarrollar la tecnología del vapor o el concepto de fábrica.
Salvo que había otra acumulación originaria. Por ejemplo, la de Nathan Mayer Von Rothschild, nieto de Amschel Moses Bauer, un artesano judío que, aprovechando su exceso de oro y plata, quizás fundó el primer banco moderno. De nombre Rothschild, águila roja, por el escudo que ostentaba su tienda de artesanías de Fráncfort del Melo, Alemania .
No sabemos si fue el primer banco moderno. Si sabemos que fue uno de los más exitosos. Hoy la banca y familia Rothschild es parte del 1% de la población mundial que posee la misma riqueza que el 95% restante (según los informes de la organización no gubernamental Oxfam).
De buena herencia, no solo en dinero, sino también en saberes financieros y rosca política, mudado a Inglaterra, Nathan fue uno de los primeros empresarios textiles que aprovechó su fortuna para contratar empleados. En ese momento bautizados como proletarios. Palabra que viene del latin proletarius y definía, en la antigua Roma, a los ciudadanos de la clase más baja que, al no poseer propiedades ni tierras, solo podían aportar al Estado su prole (hijos). O trabajadores, del latín tripalium, un método de tortura y descuartizamiento para los esclavos rebeldes, que luego habría evolucionando de tres a cuatro estacas en el descuartizamiento de Tupac Amaru (que comerciante autónomo cholo fue ejecutado por pedir una baja de impuestos al Estado español).
Comienzan aquí algunas trampitas del naciente capitalismo. En primer lugar que aquella división productiva entre capital (herramientas) y trabajo (esfuerzo) comenzó a ser confusa. Ya que señores adinerados como Nathan podían pagar ambas cosas. Sobre todo porque las nuevas máquinas de la revolución industrial eran bastante caras. De ahí que hoy cuando hablamos de capitalismo, hablamos más de dinero que de herramientas.
Los luditas del siglo XIX no necesariamente estaban en contra del progreso o la tecnología, sino en contra de su propiedad. Como dijo hace poco la directora de cine Lucrecia Martel: “no me preocupa en si la Inteligencia Artificial, sino en manos de quien está”. El problema no es la herramienta sino la ética. Los famosos medios de producción. Difíciles de conseguir para el ejército de reserva de empleados, proletarios o esclavos, según que época se mire.
El sujeto empleado viene del verbo emplear, en latín implicare, que quiere decir implicar, envolver, comprometer… No necesariamente a través del dinero, la expropiación o la tortura.
El naciente feminismo (heredero de las brujas que no quemaron), también denunciaba el curioso 2×1 según el cual los nacientes empresarios como Rothschild le pagaban su salario a un obrero varón que podía trabajar un montón de horas porque había una mujer que realizaba gratuitamente las tareas de cuidado del hogar. Mientras paría nuevos proletarios, o trabajadores, o empleados. No necesariamente esclavos.

Capitalizar el Estado
Nathan Mayer Von Rothschild, que había conseguido su título de Von gracias a las aceitadas relaciones de su padre, Mayer Amschel, con Guillermo I en Hanau, no solo fue uno de los primeros empresarios industriales del naciente capitalismo. También fundó el banco del mismo nombre en Londres, con el que financió al ejército inglés en las guerras napoleónicas. Dicen las malas lenguas que fue uno de los primeros en enterarse de la derrota, en Waterloo, de unos de los tantos intentos de emperadores europeos. Esa información privilegiada le permitió hacer una operación millonaria en la Bolsa de Valores de Londrés.
Quizás gracias a esos ahorros, durante la Ley de Abolición de la Esclavitud, de 1833, Nathan le prestó al gobierno inglés el dinero suficiente para indemizar a los empresarios esclavistas mediante la Ley de Compensación por la Esclavitud de 1837. El préstamo fue devuelto, con suculentos intereses, gracias a un impuesto extraordinario que pagaron todos los contribuyentes británicos. El propio Nathan fue compensando, además de con los intereses, con 2.571 libras esterlinas gracias a su plantación en Antigua (que incluía 158 esclavos negros).
Poco antes (1835), gracias a su fortuna e influencias, Nathan había conseguido un contrato monopólico con el gobierno español que le otorgaba los derechos exclusivos sobre las minas de mercurio de Almadén. Para el momento de su muerte, Nathan contaba con un patrimonio personal equivalente al 0,62 % de la renta nacional británica. La chancha, las veinte, y la máquina de hacer chorizos.
Los Rothschild también financiaron la guerra de la Triple Alianza que permitió la destrucción de la economía autónoma de Paraguay (el primer país de América en tener tren por meritocracia propia). O la independencia de Brasil, que luego de participar en la guerra junto a Argentina o Uruguay, optaron por los trenes ingleses.
Y le prestaron al gobierno británico 4 millones de libras esterlinas para comprar las acciones del Canal de Suez a Egipto, asegurando el control británico de la ruta a la India y evitando que hiciera lo propio el Estado francés. Con varias modificaciones y ampliaciones, el canal había sido inaugurado dos siglos antes de Cristo por el faraón Sesotris de la duodécima dinastía de Egipto. Una civilización, la egipcia, que, según los expertos historiadores modernos y científicos, duró 3.181 años. Mucho más que el imperio inglés, el francés, y hasta el cristianismo.
Alrededor de 1880, Los Rothschild también ayudaron a su amigo Cecil Rhodes (magnate minero curiosamente apodado “el Napoleón del Cabo”), financiando la creación del Estado africano de Rodesia (actual Zimbabwe), asegurándose el monopolio mundial del mercado de diamantes.
Cuando a fines del siglo XIX la Baring Brothers estuvo al borde de la quiebra por el préstamo que Bernardino Rivadavia había contraído para la Argentina, los Rothschild también fueron parte de la primera reestructuración de la deuda externa de nuestro país.
Digamos entonces que la familia dueña del principal banco de la historia moderna (como muchas otras de las familias más ricas del mundo) no fueron precisamente ni liberales ni libertarias, ni antiestado. Y si tuvieron algún grado de meritocracia, fue hace más de tres siglos. Digamos entonces que no estaba debidamente delimitada la frontera entre el naciente Estado y el naciente Mercado.

La mano invisible del Mercado
Precisamente eso era lo que denunciaba Adam Smith en La Riqueza de las Naciones. El surgimiento de formas monopólicas e ineficientes de acumulación monetaria. Para evitar eso propuso la libertad de mercado. Solo cometió el error de hablar de la mano invisible del mercado, que tramposamente se transformó en la mano invisible del Mercado. Quizás si hubiera usado el plural, mercados, el concepto hubiera quedado más claro. Las manos invisibles de los mercados. Lo plural es importante.
Pues precisamente, Smith habló de reducir el Estado y fomentar la propiedad privada para generar mayor dinamismo económico. Un mercado diverso, plural, dinámico, atomizado, competitivo, mucho más cerca de los coloridos, olorientos y folklóricos mercados bolivianos o de la economía popular en Argentina, que cinco tipos grises de traje empleados en Wall Street.
Porque Smith argumentaba que la verdadera riqueza provenía del esfuerzo (trabajo) y la libre competencia. No de la acumulación de metales americanos (luego dòlares, bonos financieros o bitcoins) con los cuales pagar tanto esfuerzo (trabajo) como herramientas (capital) con métodos poco ortodoxos de empleo (compromiso). También denunció el control del Estado de ciertos sectores estratégicos de la economía. Nunca imaginó que los empresarios modernos (el Mercado) iban a ser más codiciosos, adinerados e influyentes que el Estado español.
La historia de Nathan Mayer Von Rothschild sembró una forma de hacer negocios que en sus particulares tretas puede traducirse hoy al secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro para obtener negocios petroleros; la nacionalización que el mingo Cavallo determinó en los ochentas de las deuda empresaria del hoy hombre más rico de la Argentina, Paolo Rocca; o los beneficios financieros de los amigos del Toto Caputo gracias a informaciones privilegiadas sobre la suba del dólar o el precio de la soja y sus retenciones. O el dichoso dólar soja de don Sergio Massa. O el RIGI. O los préstamos inmobiliarios del Banco Nación para una segunda o tercera casa a funcionarios libertarios mientras se cancela el plan de urbanización de los barrios populares. O los favores del Estado argentino a Marcos Galperín gracias a su apoyo a la candidatura de Mauricio Macri o Javier Milei. Siendo incluso, que al vivir en Uruguay, Marcos no paga impuestos.
Mientras la motosierra cancela subsidios a la diversa, dinámica y competitiva economía popular (y de cuidado), la casta empresarial monopólica ve aumentar sus beneficios. Ellos pueden pagar los miles de dólares que cuestan una cena con Javier Milei. Ahí no importa si son libertarios o peronistas (como José Luis Manzano).
Tampoco importa mucho que la mayoría de su vida el presidente de Argentina haya recibido un jugoso sueldo de uno de los empresarios más prebendarios del Estado argentino, Eduardo Eurnekian. O compartido oficina con importantes ex funcionarios kirrchneristas, como su jefe, Rafael Bielsa.
La historia económica se escribe desde el centro y arriba. Quizás por eso Argentina es el país con la mayor concentración de población en su capital, Buenos Aires. Con un amplio sector popular meritocrático e individualista que aspira llegar alto lo más rápido posible. Una ecuación cuyo multiplicador bien puede ser la corrupción o la falta de valores humanos. Aún sin capital (dinero). Ni apoyo del Estado (Mercado).

Un Estado para la libertad de mercados
Adam Smith pretendía, efectivamente, que la libertad avance. Pero para eso, aclaró, debía existir un Estado, reducido, pequeño, limitado, pero que fomente los mercados y su libertad natural a través de ciertas iniciativas.
Como la obra pública; la defensa nacional (no solo militar sino también comercial y de recursos naturales); la administración de justicia que proteja a los ciudadanos de la injusticia o la opresión por parte de otros miembros de la sociedad (léase ley de alquileres o regulaciones de seguridad alimentaria); educación universal; regulación comercial gradual (Smith advertía que una apertura comercial brusca podría destruir sectores económicos enteros) y protección de la libertad económica para evitar monopolios (léase leyes de defensa de la competencia o la estatización de monopolios naturales como la distribución energética o la producción de papel).
La teoría económica tiene una curiosa frase en latín: ceteris paribus (todo lo demás constante). Siempre se guía por supuestos. La teoría económica liberal, de Adam Smith a esta parte, dice que para que haya libre mercado debe haber “competencia perfecta”.
Vamos a un ejemplo muy concreto para explicarle al fantasma de Adam Smith la situación actual de los mercados de esta Argentina donde Javier Milei y los catorce millones y medio de argentinos que lo votaron (55,65%, la mitad más uno) pretenden que la libertad económica avance. Algo tan sencillo que Adam y cualquier persona en los albores del capitalismo podría entender: el pan.
Por dar un ejemplo, en Argentina, las empresas Molinos Río de la Plata y Molino Cañuelas comercian el 82,1% de las harinas de trigo. Molinos Río de la Plata también monopoliza el 79,4% de la oferta de fideos secos. Y está entre las tres empresas que concentran el 90,5 % de las ventas de aceite (junto a Aceitera General Deheza y Molino Cañuelas).
Molinos Río de la Plata es de la familia Pérez Companc. En diciembre de 2024, Luis Pérez Companc (heredero del fallecido Don Goyo) figuraba como la cuarta persona más rica de Argentina, con un patrimonio de 4.200 millones de dólares. Al igual que la familia Macri o Rocca (la más rica de la Argentina según Forbes), la familia Perez Companc fue una de las 70 familias beneficiadas por la nacionalización de deuda que en 1982 implentó el prócer de la economía liberal argentina Domingo Cavallo. Nunca la devolvieron. La chancha, las veinte, y la máquina de hacer chorizos.
Al ver estas estadísticas y políticas económicas (que se repiten en casi cualquier sector de la economía argentina y mundial), Adam le diría a Javier: “Mi hijo, la libertad económica no avanza si no hay competencia”. Entendería su error al hablar de la mano invisible del mercado y no de las manos invisibles de los mercados.
Y hasta, ante esta situación mundial de obscena concentración económica y de la riqueza, quizás reformularía la idea de un Estado pequeño. Porque hoy, para generar la libertad de mercado que Adam Smith pretendía para empoderar a los pequeños agentes económicos, para solucionar este quilombo o emergencia civilizatoria, para desencadenar las manos invisibles de los mercados, quizás, ya no sea necesario un Estado pequeño, sino un Estado muy muuuuuy grande.
O quizás, reflexione Adan, lo que se necesita son infinitos estados pequeños. Al igual que para hacer un Mercado se necesitan infinitos mercados pequeños, quizás, para hacer un Estado, se necesiten infinitos estados pequeños.
Pues como decía Aristóteles, la escala de la política es aquella donde todos podamos mirarnos a los ojos, conocer nuestros recursos y necesidades. Y también, quién es el pícaro vecino, los tres o cuatros vivos, Nathanes o Marcos o Mauricios o Paolos o Luises, que quiere hacer trampa a través de la mano invisible del Mercado.
Hasta quizás, si es por pedir, tener la posibilidad en estos casos de recurrir a “una justicia que proteja a los ciudadanos de la injusticia o la opresión por parte de otros miembros de la sociedad”.

El emperador está desnudo
Esta serie de ensayos (En la economía del Bien Común: ¿La libertad avanza?) intenta describir por qué el emperador está desnudo. Porque es más fácil creer en brujas o poetizas de la economía popular que en el libre Mercado del liberalismo, el neolibertarianismo individualista o incluso la revolución industrial de cierto peronismo. Porque no existe destino para esta economía en tiempos de pachakuti o emergencia civilizatoria sin el Cuidado del Bien Común, la Casa Común. Valga la redundancia.
Es que cuando fui a la universidad me enseñaron que la economía era, según la definición surgida en los albores del capitalismo, hace apenas 300 años: “la ciencia que administra recursos escasos para necesidades infinitas”. Una tarea por cierto difícil, sino imposible. Sobre todo si pa satisfacer las necesidades infinitas de unos, se saquean los recursos escasos de otras. Mediante monopolios, trabajadores o empleados comprometidos con el dinero, la fama o la probabilidad infinitecimal de acceder al 1% de la poblaciòn dueña de las grandes fortunas.
No fue la universidad sino el caminar por los barros de nuestra Amerika y sus saberes, lo que me enseñó que la ciencia y la administración estaban en manos de es 1%, cuatro o cinco tipos que buscan intereses de una acumulación individual y no colectiva. La famosa casta. Si. La chancha, las veinte, y la máquina de hacer chorizos. No todos los recursos ni necesidades son iguales. Mucho peor si se administran de esa manera.
Fueron las comunidades de nuestra Ámerica, las poetizas populares, las que me enseñaron que cuando las necesidades son escasas los recursos son infinitos. Mucho más si se administran colectivamente, teniendo en cuenta el bien comunitario y de la naturaleza que nos provee.
Y que aquella etimología de la palabra economía, que dice que es la “administración de la casa”, tiene también sus ribetes. Porque la casa para nuestras ancestras era el planeta, la Casa Común. Por eso ecología y economía tienen la misma raíz.
Eco=Casa Común
Y con respecto a administrar (en griego nomakis), para ellas era una acción que se debía hacer con cuidado (ni dañando el planeta ni descartando personas). Por eso, así como, por más que debería ser una verdad de perogrullo, tengo que poner, antojadizamente, “del Bien Común” luego de la palabra economía, también permítanme definir etimológicamente la palabra economía como: el Cuidado de la Casa Común.
Economía=Economakis=El Cuidado de la Casa Común.
¿No suena más bonito?
En esta serie de ensayos también intentaré describir los hermosos y contradictorios intentos de forjar una economía del bien común desde diversas aristas sociales y culturales. Porque no todas son flores y colibríes en el camino de esta economía.
Esta economía que va más allá del Estado y el Mercado. Surge de las comunidades, que son las únicas capaces de generar estados y mercados que permitan que la libertad avance con su mano invisible.

