Mirar hacia arriba: notas psico-políticas ante las elecciones peruanas
El domingo 7 de junio hay segunda vuelta en Perú. En una primera vuelta fragmentada, las opciones son entre la liberal Keiko Fujimori (17% de votos) y el popular Roberto Sánchez Palomino (12%).
Por Carlos Alberto Castro para Revista Resistencias
I. La colonialidad de las pasiones políticas
Las elecciones en el Perú suelen producir, como algunos relatos de horror, una pregunta sobre la geografía durante la recta final de los conteos: ¿de dónde llegan los otros? Entre encuestas desacreditadas por la idiosincrasia popular y la subrepresentación estadística de los votos rurales, la pregunta vuelve cada cinco años como constatación del desconcierto de los sectores acomodados ante los sujetos, razones y deseos detrás de aquellos votos que perturban, una vez más, la continuidad de las reglas de juego establecidas. Se trata de reglas que han permitido a este país tener siete presidentes en ocho años, más de cincuenta asesinados impunemente por la represión estatal durante el estallido social del 2022-2023, un golpe perpetrado por su propio Congreso y, sin embargo, una “singular” estabilidad macroeconómica que gana en el control de la inflación lo que pierde en salarios, derechos sociales y reducción de la pobreza.
En el escrutinio de abril de 2026 presenciamos la respuesta esperada (y ya casi cíclica) del sur y norte andino ante el continuismo del pacto neoliberal de los noventa. A medida que la última porción de votos era contabilizada, el candidato de la ultraderecha conservadora, Rafael López Aliaga, fue desplazado del segundo lugar por Roberto Sánchez, candidato de la reivindicación castillista y heredero declarado del último personaje que logró representar el descontento de las clases subalternas peruanas. La reacción de los sectores acomodados (y de algunos no tan acomodados) desbordó sus contenciones habituales: insultos racistas y clasistas llenaron las redes, denuncias de fraude sin pruebas promovidas por voceros y candidatos, campañas televisadas para invalidar actas de zonas rurales.
Lo que estalló en abril fue la operación visible de una ideología que defiende, desde arriba y también desde abajo, una estructura de dominación de clases organizada sobre la clasificación racial y territorial. La explosión discriminatoria brotó de estas capas (des)enterradas de la historia peruana durante el último proceso electoral. La marginación de los votos por Juntos por el Perú (JP, actual plataforma electoral del castillismo) operó como defensa activa de los privilegios construidos sobre la exclusión histórica de los grupos oprimidos. Privilegios que, desde los noventa, sostienen la fantasía de desarrollo y apariencia democrática del país.
El temor de las élites y las clases medias (beneficiarias del proceso de neoliberalización) a perder los privilegios conseguidos es el suelo en el que trabaja la oferta política de las nuevas derechas peruanas. El asunto con los privilegios es que generalmente no son reconocidos como tales. Las condiciones estructurales que permitieron su obtención y la imposibilidad de que sean extensibles a todos son factores invisibles, o peor, naturalizados por la narrativa del éxito individual y el voluntarismo mágico del emprendedor capitalista.
El proyecto político de las nuevas derechas se sostiene en la promesa de mantener, recuperar o ganar privilegios, no de ampliar derechos. El miedo, la competencia y el odio funcionan en este engranaje emocional como mecanismos de autopreservación ante un contexto percibido como caótico, inseguro y sin garantías; en el que cualquier posición que pretenda una redistribución más equitativa del bienestar y desarrollo material será recibida como amenaza. Renovación Popular, el fujimorismo y los desprendimientos congresales que hoy se reciclan construyen su base popular movilizando las pasiones que esa amenaza despierta.
Judith Butler ha llamado furia nostálgica por un pasado imposible a ese tipo de proyectos políticos, haciendo hincapié en su inviabilidad e inexistencia, pues se afirman sobre fracturas hoy imposibles de ocultar. Basta observar para notar cómo la ganadora de la primera vuelta, Keiko Fujimori, encarna en gran medida esa fantasía: el fujimorismo de los noventa es recordado por franjas significativas del electorado como tiempo de orden por mano dura y crecimiento económico desigual pero asegurado.
Desde este registro, la denuncia de fraude lanzada por López Aliaga tras conocer su derrota puede leerse también como una operación deliberada en el plano afectivo. Se trata de activar la desconfianza ante el sistema político, pero redirigiéndola hacia el otro subalterno. Hacia esos “indios” a quienes, desde hace dos siglos, se presenta como “el problema” de la adecuada integración del Estado-nación, y que para González Prada y J. C. Mariátegui eran los sujetos llamados a realizar la revolución social. La falsedad del fraude es secundaria; importa que funcione afectivamente y que se repita en bucle algorítmico.
Las nuevas derechas peruanas se construyen como un producto político que promete el retorno a un estado de orden, seguridad y privilegio. Para ello se nutren de las pasiones tristes (miedo, competencia, odio de clase) que perduran en países (post)coloniales como el Perú y las redirigen hacia los sospechosos habituales y sus supuestos representantes (serranos, indios, “terrucos”, el lobby “caviar”, woke o comunista). El correlato de esa operación es el retorno nostálgico a los métodos con los que se implantó el neoliberalismo peruano: el terror de Estado noventero dirigido contra los derechos, la agencia política y la existencia misma de las clases subalternas.
II. Mirar hacia arriba: ¿un vacío en la imaginación o en la praxis?
Una de las apuestas para entender escenario descrito es leer la noción de colonialidad del poder de Aníbal Quijano en clave psicopolítica; es decir, desde las dimensiones anímicas y afectivas involucradas en la sujeción y emancipación respecto a la dominación capitalista. La colonialidad del poder nos permite explicar cómo una infraestructura material y simbólica basada en la noción de raza sigue clasificando (después de la Colonia, la República y la democracia liberal) quién puede gobernar y quién debe obedecer, qué regiones cuentan en el cálculo nacional y cuáles aparecen sólo como paisaje, mercancía o amenaza.
Desde otras latitudes, las ideas de Frantz Fanon también nos dan herramientas para pensar uno de los pliegues más complicados del momento: por qué cierta franja de sectores populares y medios urbanos reproduce, a veces incluso con más virulencia que la Lima criolla, la sospecha contra lo “andino”, lo “cholo” o lo “indígena”. En Piel negra, máscaras blancas Fanon describe el modo en que el colonizado aprende a verse con los ojos del colonizador y a interiorizar la jerarquía racial como un orden natural, inevitable y hasta deseable. La máscara blanca está disponible para cualquiera que quiera diferenciarse hacia abajo y acercarse hacia arriba. La comerciante informal, el taxista, la maestra y el trabajador de plataformas aprenden a admirar arriba y a sospechar abajo, construyendo una suerte de estatus sobre la distancia ganada respecto al otro más pobre, más serrano, más quechua o aimarahablante.
En clave peruana, el fundador de la vanguardia andina, Gamaliel Churata, acuñó la figura del “limeño de la sierra” para nombrar al migrante andino que, absorbido por un limeñismo alienante, acaba renegando de su matriz provinciana y reproduciendo el desprecio capitalino hacia el Perú subalterno. El apoyo de los sectores populares y emergentes de los centros urbanos a Renovación Popular y al fujimorismo, así como su respaldo a streamers y creadores de contenido que insultaron a los electores campesinos e indígenas después de la primera vuelta, son un caso textualmente fanoniano y churatiano: pánico de clase con código racial, miedo a que “los de abajo” lleguen arriba, o a perder la posición ganada dentro de la jerarquía.
En el Perú, los sectores emergentes crecieron a fuerza de informalidad, migración y asimilación cultural ante la segregación capitalina. Con un “chorreo” hecho a base de sudor y, a veces, de odio a la propia procedencia. Escapar de la precariedad cuesta tanto que defender la escalera que te lo permitió (aunque nunca te dejen subir del todo) se convierte en una nueva identidad. Desde estas experiencias sedimentadas se gestionan las pasiones tristes con las que operan las nuevas derechas: odio, competencia, nostalgia, resentimiento y miedo de regresar al lugar del subalterno absoluto.
Lo que junto a Gabriel Rodríguez Varela hemos llamado el teatro de operaciones psicopolíticas es el terreno donde se construyó la infraestructura emocional que facilita las operaciones de las nuevas derechas latinoamericanas. Radios evangélicas, influencers, cuentas anónimas, púlpitos del capitalismo cognitivo, son los espacios de captura de afectos y malestares colectivos, antes de que puedan tramitarse como deseos de emancipación. Nuestra hipótesis es que la izquierda tradicional (y centralista) ha abandonado en gran medida ese plano, el organizativo, desde las bases sociales y anímicas de la lucha de clases. Notamos que en la práctica las izquierdas tienden a responder al malestar popular producido por la crisis neoliberal con pedagogías moralistas, tutelaje, improvisación electoral y retóricas técnicas y abstractas para la cotidianidad concreta de las mayorías. A partir de esta estrategia, que consideramos fallida, una vía esperanzadora que traduzca el futuro en un horizonte de transformación viable resulta cancelada a priori.
Habría que enfatizar que quien vota a la derecha desde los sectores populares no anda confundido ni ha sido engañado; sino que busca, en los términos que tiene a mano, “una salida donde no la hay” (como dice Diego Sztulwark). Que esa salida se conciba como el retorno a un pasado de exclusión da cuenta de la eficacia afectiva de la ultraderecha, ocupando el espacio que las fuerzas progresistas han abandonado.
El racismo y el clasismo que emergen con mayor intensidad son expresiones de la colonialidad presente en el reparto de las pasiones políticas y en la ideología del “mirar hacia arriba”. Paralelamente, que las clases populares miren hacia arriba es un síntoma del vacío en la imaginación política progresista respecto al futuro; pero, sobre todo, de los vacíos en la praxis y las formas de organización político-afectiva de los proyectos emancipadores. Si se mantiene lo que hay es porque no tenemos con qué reemplazarlo, aunque nos resulte innegable que lo que tenemos siempre estuvo roto.
III. Las izquierdas provincianas y los deseos de reivindicación
Pese a lo planteado, los votos por Roberto Sánchez muestran otra manera de tramitar las pasiones populares y subalternas. La promesa de refundación nacional que llevó a Pedro Castillo a la presidencia en el 2021 persiste aún entre muchos votantes de los Andes y zonas rurales. Si bien esa promesa quedó truncada por la destitución de Castillo y la posterior derrota de las movilizaciones durante el estallido social del 2022-2023, pudo sobrevivir como rabia e insatisfacción popular, que en el contexto electoral se articularon como un deseo de reivindicación de quienes experimentaron el despojo de una oportunidad histórica para ejercer el poder político. Esta es una rabia distinta de la que trabajan las nuevas derechas. Aquella es una rabia individualizada, propia de pasiones tristes como el miedo y la culpa, que termina volviéndose contra el propio sujeto y contra quienes podrían acompañarle en una lucha común. En este caso, la rabia emerge de un agenciamiento plebeyo y colectivo que reivindica, desde su lugar subalterno, su potencia política.
La segunda vuelta del 7 de junio enfrentará a Roberto Sánchez con Keiko Fujimori, que llega por cuarta vez consecutiva al balotaje cargando el peso simbólico de la restauración del orden y la continuidad del sistema político-económico de los noventa. Frente a tal proyección, los gestos de Sánchez (ponerse el sombrero chotano, recuperar la consigna de la Asamblea Constituyente, pedir perdón en Puno por los muertos de la represión y plantear la liberación de Pedro Castillo) intentan reabrir un espacio para tramitar aquellas pasiones que aún buscan la apertura de un proceso de justicia dirigido a quienes no llegaron a consolidar deseos de cambio que permanecen desde la fundación republicana.
Sánchez recoge el agravio histórico de millones de peruanos que votan como acto de protesta frente a una oportunidad arrebatada antes que como una adhesión programática. Su campaña se ha construido sobre gestos e identificaciones más que sobre propuestas detalladas de transformación estructural, lo cual muestra a un electorado que vota contra la perpetuación de la exclusión más que por un programa de cambio. Lo que allí se condensa dista de ser un proyecto socialista, emancipador o una disputa frontal contra el sistema capitalista. Se trata de un horizonte más modesto y, a la vez, algo más obstinado, abierto por la posibilidad de que, al menos por una vez, no manden los de siempre.
Algunas izquierdas provincianas asociadas a Sánchez sostienen ese horizonte con un material distinto al de la izquierda tradicional. Se mueven en el plano de la reivindicación anticentralista y antielitista frente al poder criollo, validando prácticas organizativas y formas de autogobierno de larga data (rondas campesinas, asambleas comunales, frentes de defensa, sindicatos), posicionando consignas que prometen nuevas reglas de juego. La propuesta de una Asamblea Popular Constituyente sintetiza el deseo aún esperanzador de ejercer algún poder político efectivo desde el Estado central.
Si bien la reivindicación castillista ha logrado traducir parcialmente el malestar de la oportunidad impugnada por el pacto neoliberal (solo llega al 12% de votos, mientras que Keiko Fujimori llega a 17%), conviene no idealizar la apuesta, pues no está libre de contradicciones y arrastra consigo los riesgos usuales del populismo, los liderazgos personalistas y los vacíos programáticos. Además de contar con ciertos personajes cuestionables y con antecedentes desleales al movimiento popular dentro de la alianza vigente. La crítica del capitalismo se mantiene implícita en su discurso, sin desembocar en un programa claro de transformación estructural. El castillismo no produce una alternativa sistémica, pero sostiene pasiones que la izquierda tradicional no ha logrado convocar. La figura de Sánchez cristaliza los deseos de revancha de un voto que todavía espera ver al sistema político cambiar de manos.
En el largo horizonte de un proceso emancipatorio esto es poco. En el corto plazo de un país que viene de un estallido reprimido a balazos, es lo que se tiene para enfrentar al continuismo de las élites que lo manejan hace doscientos años como su chacra privada. Para quienes aún apostamos por la emancipación social desde coordenadas nacional-populares, una cosa debe quedar clara: cualquier elaboración sobre el futuro del Perú deberá incluir las pasiones y los deseos que el castillismo sigue congregando, aun de manera muy limitada.
