La tierra estaba de antes (tercera parte)

Hay una guerra en el paraíso”.

Nubes Verdes


Supercampesino esta guerra va a estallar.

El plan te quiere aniquilar”.

Flordelhito

Indios que con valentía y fuerza en sus corazones

con justicia y pervivencia hoy empuñan los bastones.

Son amigos de la paz. Van de frente con valor.

Y levantan los bastones con orgullo y sin temor.

Adelante compañeros dispuestos a resistir,

defender nuestro derechos así nos toque morir”

Himno de la Guardia Indígena del Cauca

Por Tomás Astelarra

Fotos: Ignatz B para HBA


Locombia es un raro país, donde el buen vivir generoso es lo suficientemente atractivo para desviarlo a uno de cualquier investigación geopolítica (que de cualquier manera uno siempre intuye o desea). También existe un fuerte hermetismo en sus gentes: nadie habla de política. Y sobre todo: un misterioso halo de violencia e inseguridad que aún en el caso de almas viajeras, irreverentes y atrevidas, te deja meditando ante cualquier posible acción. Cualesquiera que sea.


Después de un par de años de recorrer y habitar el país sin que nadie me diera mayores precisiones o explicaciones acerca de su historia y las razones de su extendida pobreza y violencia, me llegó el llamado de un poeta caleño que pretendía comenzar un proyecto de revista de la calle. Con la venia de mi amiga Pato Merkin de Hecho en Buenos Aires, nos dirigimos a Bogotá a reunirnos con funcionaries de una ong gringa de gran renombre.


Durante el almuerzo en el restaurante del Planetario de Bogotá rogábamos no tener que pagar la cuenta (que era casi igual a nuestros ingresos del mes). Finalmente no solo nos pagaron la cuenta, sino que uno de los funcionarios, un joven gomelo que había estudiado administración de empresas en la Javeriana, nos invitó a su lujoso apartamento de Chapinero a fumar y emborracharnos toda la noche mientras nos mostraba ropa interior italiana de precios inimaginables (como el almuerzo). En un momento de la noche, nos advirtió en un acto de profunda sinceridad: “Olvídense de cualquier financiamiento”.


-¿Por qué?- preguntamos


-¿Ustedes se creen que estas ongs financiadas por los grandes capitales multinacionales van a dar plata para un proyecto para que ustedes saquen de la calle a la gente del campo y encima le den voz?¿Qué van a decir? Que fueron desplazados de sus tierras mediante la violencia, en complicidad con el estado, para grandes proyectos extractivistas que no pagan impuestos. Acá en Colombia la misión de las ongs es que la gente siga siendo pobre. Y sobre todo que no hable. ¿Vos sos periodista?¿Querés investigar? Anotá estos teléfonos.


La guerra de la abundancia


“Desde el principio los compañeros afiliados entendieron que el del sector agroalimentario es un problema que esta atravesado por el hambre que padecen todos los colombianos. Hemos hecho diagnósticos muy importantes sobre está problemática en el país, y hemos encontrado que las grandes transnacionales se han apoderado de la tierra, de la industria, y eso ha conducido a que halla un desplazamiento muy grande. En Colombia hay cerca de 4 millones de desplazados internos, 26 millones de personas que tienen algún grado de desnutrición, y cerca de 4 millones con la posibilidad de morirse en cualquier momento de hambre. Entonces desde aquí se dijo: hermano, tenemos que buscar como proponer una salida a este problema. Comenzamos a buscar sindicatos de otros sectores de la economía para que hagan los mismos diagnósticos previos y generen propuestas para facilitar un modelo de desarrollo distinto para este país. Hoy hay mucha información, y hace falta sacar mas, pero en cada uno de los sectores de la economía hemos visto que hay tres patas para el problema tan grave que se vive. Una es la de los recursos naturales, otra es la de las transnacionales, y la tercera, la del terrorismo de estado. Colombia es un país muy rico: tiene oro, tiene petróleo, tiene carbón, tiene biodiversidad, aguas, lo que uno quiera. Como es un país muy rico, las multinacionales vienen detrás de todos esos recursos naturales. Pero para que puedan beneficiarse de ellos es necesario que no halla comunidades organizadas que luchen para impedir que nos roben estos recursos que son de los colombianos. Entonces las transnacionales necesitan quitarse del medio esa resistencia popular. ¿Cómo se la han venido quitando? A través del terrorismo de estado agenciado por gobiernos como el de Álvaro Uribe y todos sus antecesores”.


El que habla es Edgard Páez, en esos momentos director de Sinaltrainal, sindicato histórico en Colombia por haber denunciado los crímenes de lesa humanidad de multinacionales como Coca Cola o Nestle y haber convocado al Tribunal Permanente de los Pueblos.


En un aniversario de la recuperación del territorio de Ambaló, en el Cauca (ahí donde Chucho Yalanda tuvo diez hijes para que cinco mueran y cinco sigan defendiendo su tierra), el especialista en geopolítica Hernando Gómez le muestra a la comunidad indígena organizada un mapa con los grandes proyectos extractivistas multinacionales. Después un mapa de la ubicación de las principales columnas de los ejércitos paramilitares. La coincidencia es asombrosa. Sobre todo porque ahí, precisamente ahí, habitan los pueblos originarios, indios, campesinos y afrodescendientes.


“Si hace 40 o 50 años los pobladores de Irak me hubieran preguntado por qué iba a haber una guerra, mi respuesta hubiera sido clara: están parados en el centro energético más importante del planeta. Así que si hoy ustedes me preguntan por qué los están matando, la respuesta es simple: están parados en uno de los centros hidrográficos más grandes del planeta. No es casual que Valencia (Cauca) sea el tercer territorio con mayor número de hombres armados del mundo”, les aclara Gómez.



Recuperar Tierras


Chucho Yalanda fue uno de los campesinos que comenzaron la recuperación de tierras en Ambaló. Fue a principios de los ochentas, años de franca expansión del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), organización fundado por un puñado de resguardos indígenas que decidieron que era momento de recuperar sus tierras ancestrales expropiadas a punta de violencia y trampas legales. “Empezamos en el 82, con unas 25 familias. Yo tenía 14 años y no entendía bien lo que pasaba. Lo único que teníamos era el rancho, una parcelita, y ni siquiera nos dejaban tener marranos o gallinas. Y un día arrancamos: citamos a la gente y temprano nos fuimos hacia arriba, a las tierras que no se trabajaban. Éramos dependientes de un sueldo que cobrábamos cada 15 días, de 1500 pesos (en ese entonces, 15 pesos argentinos), pero cuando se dieron cuenta de que estábamos invadiendo sus tierras, nos echaron. Con otras treinta personas empezamos a picar la tierra en la parte más alta y luego fuimos bajando y bajando. Nos metieron represión con el ejército, pero no nos dejamos apretar”, cuenta el Chucho.


“Teníamos estrategias”, agrega con cara de picardía. “Cuando el ejército se estableció acá, nosotros nos quedamos quietos, pero le pedimos a los amigos que trabajaban para los terratenientes que atendieran bien a los soldados. Y en dos días se tomaban 500 litros de leche y se comían las vacas. El terrateniente terminaba perdiendo dinero y a los soldados no le daban muchas ganas de trabajar. Así, en un año logramos recuperar cerca de 500 hectáreas. Fue algo histórico.” Entre la acción directa, el apoyo de las comunidades y la asesoría legal del CRIC, los resguardos indígenas del Cauca, como el de Ambaló, se multiplicaron generando la recuperación de 544.000 hectáreas, además de su cultura ancestral y diversas formas de autonomía política y económica. A través de diversas manifestaciones lograron en 1991 reformar la Constitución de Colombia que declara la autonomía de sus territorios. De todas maneras, muchos de los derechos esgrimidos en esa Constitución, como así también muchos de los acuerdos firmados con diferentes gobiernos, suelen transformarse en papel mojado frente a los verdes billetes de los intereses multinacionales y su consecuente represión para o estatal, que hoy es más evidente que nunca, con un escalofriante número de dirigentes sociales asesinados a pesar del acuerdo de paz con las FARC. A esto se suma la lenta deriva de la política internacional contras las “drogas”, que fue de gran excusa para criminalizar a estas pueblas, que según diversos estudios reciben apenas el 2% del beneficio del negocio internacional de estupefacientes.


“Nuestro gran desafío es mantenernos en nuestra identidad. Sabemos que la globalización, el modernismo y toda la propagando mediática externa ha hecho que nuestro pensamiento valla cambiando. Y ahí se nos va perdiendo la identidad. El otro desafío es la autoridad y control territorial, nuestra justicia propia, nuestra soberanía alimentaria y la organización”, explica Eduardo Camayo, consejero mayor del CRIC a casi cincuenta años de su fundación. “Como pueblos indígenas es importante la unidad en el marco de la solidaridad y la reciprocidad y de la tierra, que es el otro principio. Tenemos que avanzar fuertemente en el saneamiento y la ampliación de nuestros territorios, que es el objetivo fundante del CRIC. En eso los gobiernos no vienen metiendo talanqueras diciendo que las propiedad privada en manos de terratenientes tienen igual sentido que los resguardos indígenas. Por otra parte destruyen nuestra autonomía, que está siendo debilitada porque hay otros actores armados, hay las mismas leyes que están desconociendo la Constitución por falta de consulta”, agrega Victor Manuel Urrutia, gobernador indígena de Totoro.



Liberación de la Madre Tierra


A fines de 2014 varios resguardos indígenas del CRIC decidieron iniciar una “liberación de la madre tierra”, recuperando cuatro estancias propiedad del importante empresario Carlos Ardila Lule, dueño de INCAUCA, la mayor productora de caña de azúcar del país.


En Colombia 0,4% de los propietarios abarca el 60% de la tierra. Desde 1986, las 140 mil hectáreas de ese cultivo que endulza el café de las grandes ciudades (y que como bien explica Eduardo Galeano en sus Venas Abiertas de América Latina sirvió para desertificar Haití y el norte de Brasil), se han convertido en 225 mil. Mientras las y los trabajadores de la industria, los llamados cañeros (con quienes las organizaciones indígenas ya se había contactado durante la Minga de los Pueblos) ganan 400 mil pesos al mes (muy por debajo del salario mínimo legal vigente), los ingresos del conglomerado económico Lulle ascienden a más de 6 billones de pesos al año. Por otro lado, los pueblos del Cauca han venido siendo desplazados de las zonas altas por el avance de la minería y una reciente y densa historia de masacres paramilitares como las del Naya o El Nilo.


“¿Por qué la liberación de la Madre Tierra? Es un tema fundamental para nosotros y para toda la humanidad. Tenemos un planeta totalmente descompuesto. El clima es impredecible por la contaminación que tenemos. El sentido de Liberar la Tierra viene de los mayores, los sueños, la sabiduría de los mayores. Los territorios convertidos en mercancía, puestos en venta para explotarlos, destruyen la vida. La tierra no es mercancía, es nuestra madre y debemos ponerla en libertad. Todo lo que sucede es para enfermar más la tierra y esa enfermedad se trata liberando la Madre Tierra”, explica Abel Coicué, parte del Tejido de Comunicación y Relaciones Externas para la Verdad y la Vida de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte de Cauca (ACIN). Como director de la radio Pa´Yumat ha participado en numerosas reuniones de comunicadores populares a nivel nacional e internacional, expresando y tejiendo la lucha de los pueblos en sus territorios contra los planes económicos del estado y las multinacionales, pero también llevando al mundo una causa personal: el 16 de Septiembre de 2011 los combates entre la guerrilla y el ejercito colombiano mataron a Maryi Vanesa Coicue, su hija, de sólo 11 años.

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“Después de realizar 74 asambleas para recordar el devenir de la comunidad nasa, en Corinto y su relación con los demás pueblos, más de 10.571 personas decidieron liberar la Madre Tierra, por la fuerte afectación al ecosistema, la apropiación de las fuentes de agua, la deforestación, la perdida de la biodiversidad y otros problemas que afectan directamente a la calidad de vida. El 16 de diciembre del 2014, la comunidad indígena decidió recuperar las tierras que les fueron arrebatadas usando el método de la violencia, el destierro y la expropiación a los indígenas; aun los ancianos recuerdan como se apoderaron de estas tierras los terratenientes, cuando estas eran tierra de los indígenas, quemaron las casas, violaron las mujeres, matando los niños y destruyendo sus cultivos, aun estas imágenes permaneces latentes y les fueron transmitido a sus hijos”, dice el comunicado de la ACIN justificando el proceso de recuperación de tres fincas de la empresa INCAUCA en Corinto, y luego la Hacienda La Emperatriz y la vía Panamericana entre Cali y Popayán, en torno de la Hacienda La Agustina. “Solamente esa tierra tomada hoy por la caña sería la despensa del suroccidente colombiano. No es justo que una persona tenga tanta tierra acumulada, y miles de personas no contemos con un terrón de tierra y pasemos hambre. Nos hemos reunidos en varias ocasiones a dialogar con las autoridades. En cambio hemos recibido represión y una gran campaña de estigmatización. Se nos ha acabado la paciencia. No podemos seguir esperando otros 23 años para que el estado cumpla. Cada vez que se levantan los pueblos indígenas el gobierno empieza a cumplir. Si no hay levantamiento, no hay cumplimiento. Acá se protege el planeta, la biodiversidad. Cuando el indio pelea no solo está peleando para el indio, esta peleando también para el resto de la humanidad”, aclara Feliciano Valencia, actualmente senador, tras sufrir cárcel y atentados contra su vida.



Realismo Mágico


En el Cauca, como en tantos otros territorio indígenas de nuestra Amerika, aprendí el valor de la Tierra, a la que ellas llaman Madre. Esa misma Madre a la que yo las he visto defender con la vida cuando en frente de un grupo de gendarmes armados hasta los dientes aquellas cholitas colombianas le gritaban con sus guaguas en brazos: “lean, lean, que cuando lean van a estar de este lado”.


Yo vi a aquelles pobres indies parades, luego de siglos de hostigamiento y múltiples desplazamientos, justo en medio de una mina de oro o una selva de geoestratégica biodiversidad para insumos farmacéuticos, contrabando de estupefacientes o monocultivos de algo que sirva para generar agrocombustible para los insaciables motores de las máquinas armas que consumen los cada vez más escases ganadores de ese sistema mundo capitalista de muerte. Tercos, tercas, como mulas (antes eso que objetos- engranajes), resistiendo las balas, después de haber rechazado los planes sociales de gobiernos y ongs, los sermones evangelistas y mormones, las ofertas de vida urbana de “moderna” esclavitud lejos de su Madre Tierra. “Zanahoria o Garrote”, me dijo exiliado en México el cumpa Manuel Rozental, coleccionista de fracasos, que algún día me regalaría ese hermoso proverbio Nasa que dice: “Las palabras sin acciones son vacías. Las acciones sin palabras son ciegas. Las palabras y las acciones por fuera del espíritu de la comunidad son la muerte”.


Porque yo las vi también, defendiendo a su Madre Tierra con su Vida de austeridad y trabajo campesino, celebraciones de ofrenda, economía comunitaria, salud ancestral y educación popular (que los brutos e ignorantes irresponsables de esta sangrante presente globalizado llaman “analbafetismo” “vagancia” “atraso” “conspiración” o incluso “brujería”).


También escuché de buena fuente como, en el Putumayo, el Taita Querubin destrozó con un rayo camionetas guerrilleras que le impedían llevar alimento a su comunidad. O como hizo crecer el río para deshacerse de los paramilitares que lo buscaban en su rancho para darle muerte. O aquel relato de mi amigo Juan, documentalista rebelde, que en medio de un bloqueo militar a una comunidad nasa fue rescatado a través de sus tehualas por una mariposa que atravesando la densa jungla lo llevo a resguardo.