Esquizofrenia cuántica: Crítica de “Pienso en el final”, de Charlie Kaufman para Netflix




Por Lea Ross


"Nos gusta pensar que avanzamos en el tiempo. Pero creo que es al revés. Estamos fijos, y el tiempo nos atraviesa, como el viento helado". Algún que otro crítico definió al guionista Charlie Kaufman como el referente del realismo mágico estadounidense. Autor de los guiones ¿Quiéres ser John Malkovich?, El ladrón de orquídeas y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, debutó como director con Synecdoche New York, protagonizada por el inolvidable Philip Seymour Hoffman, y luego continuó con la película animada en stopmotion Anomalisa. En Pienso en el final, hecha por y para Netflix, Kaufman recurre a su obra más surrealista, quizás la más inquietante, la que empuja a un mayor esfuerzo intelectual y no por eso bajo un diseño exento a polemizar.


Tenemos a una pareja que lleva siete semanas de noviazgo. La mujer, interpretada por la irlandesa Jessie Buckley (Chernobyl), que en su devenir tendrá distintos nombres y profesiones, todas ellas con notable acervo intelectual y delicada sensibilidad. Las citas y referencia literarias y cinéfilas estarán tan presentes como para profundizar ideas al borde del suicidio. Y del otro lado, está Jake, encarado por Jesse Plemons (El irlandés, Breaking Bad), de notable parecido a Philip Seymour Hoffman. Ambos viajaran en auto, rumbo a un almuerzo con los padres del segundo. Un viaje más que incómoda, sabiendo que ella tiene pensado en cortar la relación.


Con esa idea, Kaufman despliega secuencias que se amontonan a punto tal de quebrar todo sentido básico de la narrativa, y no por ello logra esquivar lo efectivo. Para empezar, hay un uso en la edición que perturba, cortes que resultan intempestivos como el paso de una nevada, que tuerzan eso tan asimilado en el cine como es el raccord, es decir, la continuación de toma a otra toma. Quizás, los momentos más degustables son aquellos que permiten generar una chispa humorística.


Lamentablemente, eso último no es lo que más se despliega en sus dos horas y cuarto de duración, aún con la presencia grotesca de los propios suegros. Encarar a la actriz Toni Collete a una personaje desequilibrada es, a esta altura de su carrera, una redundancia. Aquí es donde la película, o más bien su director, nos pone nuevamente a prueba: la superposición de distintas escuelas teatrales que se conjugan en un mismo espacio. La escena de ese encuentro “familiar” no será la excepción.





La misteriosa alternancia con breves secuencias sobre un avejentado conserje de un colegio secundario, más la metamorfosis corporales y psíquicas de los personajes, nos lleva a mantener una lectura por fuera de la linealidad causal que caracteriza la convención narrativa. En ese esquema de relato, el tiempo y el espacio tendrán su propia lógica. Una referencia a Robert Zemeckis, el director de la trilogía de Volver al futuro, no se desencaja con esa advertencia.


Pero quizás la secuencia que mejor sintetiza la película es una performance donde la danza adquiere el monopolio del escenario, donde en un primer momento, tenemos un plano secuencia por el pasillo de un colegio, y luego pasar a un clímax en esencia trágica, donde aquí el montaje sí se torna convencional y la muerte sea el único momento que aparece en escena. Lo que hay al comienzo es una entrada de armonía, aún con un narrativa desfluída, pero manteniéndose estable por el trabajo de lxs dos protagonistas y la fotografìa del polaco Lukasz Zal (Ida) -cuya iluminación permite evitar que el filme se vuelva más tétrico de lo que es-. Lo que viene después es todo un rompecabezas con múltiples formas, que se agrava con la superposición de perspectivas. ¿Realmente la historia está enfocada en la protagonista, por más que se encuentre la imposición de la voz en off? ¿O es toda una construcción imaginaria?


Aquí es donde se esconde secretamente Pienso en el final: si hay algo que Kaufman se obsesionó en sus filmes es el rechazo en la redención frente a la identidad. El tiempo nos inmuta y en ella se presentan las relaciones con el otro; eso es lo que vivimos en tiempos de pandemia y cuarentena. Pero si nuestra propia construcción como persona, gira en entorno a la obsesión por la materialidad de solo el individuo, todo lo demás es superfluo. Incluso el otrx, que puede ser una invención o un desequilibrado, pero ambos casos no tienen historicidad. Y ese supuesto libertinaje que brega la película no es más que su propio encierro, el afuera es solo un cosmos cuántico moldeado por una mente psicótica. Un guiño a la sobrevalorada película Una mente brillante es su broche de oro. Por eso hay más libertad en un filme David Lynch, porque siempre nos recuerda que nosotros también somos parte de ese universo.