Ampliar la lente: Crítica de “Crímenes de familia”, de Sebastián Schindel



Por Lea Ross


El cineasta Sebastián Schindel es un buen narrador. Luego de realizar algunos documentales, decidió saltar a la ficción con la muy comentada El patrón: Radiografía de un crimen, para luego recurrir a otro thriller, no muy logrado, como es El hijo, ambas protagonizadas por Joaquín Furriel. Schindel es uno de los pocos que recurre a un subgénero poco trabajado en el cine argentino, como es el judicial. De ésta manera, Crímenes de familia toma los elementos más logrados de esos dos filmes y corrigiendo otros. El resultado no deniega de su contexto y se abstiene de no aceptar las interpelaciones.


Todo gira alrededor de una familia, de clase media alta, de la Capital Federal. Cecilia Roth interpreta a Alicia, una matriarca que cumple con cualquier rasgo estereotipado del habitante de Recoleta, a partir de sus encuentros con amigas. Su casa tiene un living lo suficientemente amplio como para que junto con sus compañías puedan realizar yoga, sumado a otros rituales como comer sushi y permitir que el chisme funcione como regulador de los lazos amistosos. La persistente presencia de Alicia en la película, pone en un segundo plano al resto de su familia, como su esposo Ignacio (Miguel Ángel Solá), su hijo treintañero, su empleada doméstica (Yanina Ávila) y su hijo Santiago, de tres años de edad, pero no por eso dejarán de ser cruciales a la trama.


Los crímenes, que alude el título, transcurren en distintos tiempos. De ésta manera, la tercera ficción de Schindel se estructura en un relato con montaje alternado entre las distintas secuencias sobre los momentos delictivos y sus correspondientes procesos penales. Resulta notorio el orden de las mismas, sin generar confusión alguna.


Aquí, por más que haya un detallado trabajo en las puestas en escena, en partículas la profundidad de campo, los delitos y las pruebas materiales se presentan por fuera del cuadro. Es en la exposición de testimonios de los personajes, donde se adquiere su mayor acción a la interpelación, donde la palabra trabajada en conjunto con el peso actoral pone a prueba sobre la confianza y la verosimilitud en cuanto a la hora de trazar la radiografía de un crimen.


Criticada por ciertos momentos de referencia obvia a la “marea verde”, el filme podía abstenerse de esos momentos de “bajada de línea”, porque no los necesita, el propio relato ya es un testimonio en sí. El límite pasa por el hecho que la historia en sí presenta una triada de maternidades: Roth, Sofía Gala y Ávila. No hay equilibrio para las tres, ya que el privilegio de una de ellas es a priori para poder cumplir la función del recurso de la intriga. Decisión valedera, si no fuera que de las tres, es la que tiene mayores privilegios de clase. Frente a instituciones públicas que benefican a un sector de la sociedad, como lo ratifica la película, el camino de la heroína se reduce a un voluntarismo bienintencionado.


Crímenes de familia resalta sus logros narrativos, como también su lectura de su(s) tiempo(s). Si anteriormente, el juzgamiento por violencia familiar solo se enfocaba cuando la víctima era un menor de edad y los adultos eran los victimarios, el “Ni Una Menos” amplificó la lente para complejizar esa fórmula. Resta de ver cómo el cine podría llegar a ser más transversal a la hora de construir subjetividades. La estética también se define por quienes adquieren o no los medios de producción.