Memoria y espacio: Crítica de “Lluvia de jaulas”, de César González


Por Lea Ross


Lucrecia Martel decía que el cine argentino esquivaba los espacios donde hay conflictos sociales, y que en las generaciones venideras de cineastas veía que quedaba ausente el gran conflicto del rico contra pobre. Quizás la secuencia más comentada de Lluvia de jaulas, la última película de César González, sea el recorrer de su protagonista, el joven poeta Alan, por las veredas de la city porteña, en particular cuando encara los enormes edificios en contrapicado. Una voz en off que compara lo que roba los pibes choros con el JP Morgan refuerza aún más esos contra-planos, rémora de La hora de los hornos.


Pero en realidad, y sin menospreciar ese momento, el quinto largometraje del cineasta plebeyo está plagado de secuencias que, autónomamente, tienen su propio peso literario dentro de un esquema narrativo no lineal, incluso dentro de sus primeros minutos. César no para de filmar. Filma y encuentra, a lo Vertov. Todo un desafío de montaje con filmaciones realizadas de años de separación. Quizás, no tienen una distribución lo suficientemente equilibrada, ya que por momentos se amontonan, donde al comienzo hay un breve trecho entre niños apuntando con armas y el interior de una sala de hospital, atendiendo a un joven y un anciano maltrecho. Y también, en otras, toman mucho aire, como un relativo extenso picadito de fútbol bajo la lluvia. A esto se le suma una definida marca de autor, donde muy poquísimos planos alcanzan la duración de diez segundos.


Lo mismo podríamos decir de algunos de sus recursos, como es la ya mencionada voz en off –con múltiples funciones informativas y poéticas, que por momentos tiene enorme ausencia y con arribos sin previo aviso-, como también lo es el diálogo entre personajes.


¿No será acaso que ese límite sea, en realidad, la cualidad borgeana de la película? ¿Es de alguna manera el aleph de César González, buscando ese punto donde convergen todos los puntos, en lugar de los laberintos mitológicos que nos pregonaron los “elefantes blancos”? Quizás no; el alter ego de Camilo Blajaquis quiere acercarse más a Godard que a Borges. Tal vez sea ese ahogo perceptivo la que nos permite interiorizar aquella poética que remite al cielo como una de las cárceles más antiguas. Los recorridos exteriores de los barrios, sus interiores de dimensiones más reducidas, la noche que despliega la oscuridad que oprime los rostros juveniles, son tan opresivas que generan una verdadera agorafobia cuando la cámara recorre a cielo abierto las avenidas y alrededores del Obelisco, donde el cemento que le faltan a las villas le sobran en esa zona céntrica.


Y es en esos encierros (pre-cuarentena) que a César no se le escapa nada: una dialéctica entre cuerpos y Casa Rosada, un revolver frente a imágenes de filósofos, una pirotécnica noche con sonido editado para emular la Franja de Gaza, una fiesta infantil, hasta una cocina, todo se capta y se detalla, y se recurre a todo recurso estilístico habida y por haber. Es de mencionar las secuencias de la preparación de la comida a nivel familiar, donde en estas contemporaneidades audiovisuales, sean desde la televisión actual o incluso los tutoriales en la web, relegan los almuerzos como un privilegio para la elite o para competir ferozmente a lo masterchef en primerísimo plano, en detrimento de una mirada general sobre la construcción innata de reforzar la cohesión comunitaria.


En ese sentido, no parece que la película esquiva aquellas construcciones extra-cinematográficas. De por sí, las polemiza, no reniega su contexto. La secuencia de un allanamiento policial advierte que la “espectacularización” de la represión alcanza su legitimidad estatal directa, al ser un material extraído de una página web oficial de la policía. Es decir, el Estado compra los encantos que ofrece las perspectivas foucaultianas del gran angular GoPro y la aérea drone.


Hipnótica, ruidosa e incandescente, Lluvia de jaulas es quizás el ensayo cinematográfico de mayor carga creativa sobre la tan estudiadas desigualdades sociales, y que en el transcurso de su hora y media, requiere un esfuerzo, sin aviso previo, de mantener activo la memoria para procesar esas imágenes que requieren más tiempo de lo permitido por el goce de ver y escuchar en el ahora (recomendable verla más de una vez). Frente a ello, ante tanta pérdida de seres queridos, en particular los hermanos de Elías, será la danza la que re-significa su rol libertario; quizás el momento más bello de la película.


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