La caída del halcón negro: Crítica de “5 sangres”, de Spike Lee, en Netflix


Por Lea Ross


Spike Lee es un cineasta ambivalente. Logra crear joyitas como Haz lo correcto y Hora 25, se desinfla con El plan perfecto, se desbarranca con la remake Oldboy, resurge con El infiltrado en el KKKlan y ahora vuelve a desbarrancar con 5 sangres, su película hecha para Netflix. Resulta curioso cómo en ciertos panoramas coyunturales se incide en el enfoque de todo artista. Para el presente siglo, el ocaso del director de Fiebre de amor y locura ocurre, prácticamente, a partir de la desavenencia de George W. Bush y se profundiza más con las expectantes gestiones de Barack Obama. En la actualidad, con un impensado Donald Trump en la Casa Blanca, hay como un borrón y cuenta nueva, donde Lee recapitula nuevamente la historia estadounidense, como así también la del cine. En el ya mencionado El infiltrado…, la ironía sirve para marcar que el conflicto siempre es el motor de la Historia, donde la revancha nunca es ajena. Sobre 5 sangres, no hay ironía que valga. Por lo tanto, su seriedad cae como un helicóptero que tambalea, luego de recibir el proyectil de una bazuca.


Casi toda la película transcurre en la actual ciudad de Ho Chi Min, ex Saigón. Cuatro veteranos yanquis negros de la Guerra de Vietnam se reencuentran bajo la misión gubernamental de recuperar los restos de un quinto integrante de su pelotón, muerto en campo de batalla. Pero ellos, también lo aprovecharan para recuperar un cofre llena de lingotes de oro que habían enterrado en la selva vietnamita, con el propósito de dividirse el botín.


La tesis de la película es explícito: el nacionalismo reaccionario toma a la comunidad negra como carne de cañón. Si no bastara con un vertiginoso compilado de archivos en la introducción, sin tomar aliento entre las referencias de contexto y el apunte de citas declarativas, en la ficción lo mantiene presente en su primera mitad, como el dato que los negros conformaban la décima parte de la sociedad estadounidense, pero eran la tercera parte de quienes tomaron armas en el país asiático.


La cuestión ensayística también se infiltra en medio de tantos géneros que se presentan, desde la aventura como el bélico. Sobre ese punto, y a pesar de su referencia explícita a Apocalypse Now, la música en el filme está lejos de ser memorable como la que logró Francis Ford Coppola. La banda sonora en los flashback de tiroteos entre bandos es extremadamente estorbosa, como si se pretendiera enaltecer la escena que ni siquiera busca en serlo. De ahí que el único momento en donde el suspenso es efectivo es el riesgo de hacer explotar una mina enterrada, donde el sonido cumple su función naturalista, al son del canto de las cigarras.


A pesar que la película dura dos horas y media, resulta incómodo que no haya un equilibrio en el espacio de los cuatro protagonistas, quizás por una presencia innecesaria de personajes secundarios. Pero también por el desbarranque de uno u otro género, donde el enfoque al personaje de Paul, caricaturizado como el negro que votó a Trump, encarna una sociedad patológica, frente a una cosmovisión nacionalista de efectiva influencia.


Insostenible, sobresubrayada y desdibujada, 5 sangres es una proclama contra las inmundicias de las democracias del antes y del hoy que permiten el ascenso de lo peor que puede engendrar la humanidad, quedando todo desdibujado en un disparo tras otro de sus referencias fílmicas y analíticas sin un sostén alguno. Su desvarío no logra opacarse, por más que su cierre mantiene su grito en lo que corre en las calles del ahora. Como si la salvación lo encarara una toma travelling “en silla mecánica”, sello de toda película del director, encarando una foto familiar interracial, muy émula a una campaña colorida bienintencionada.