Cómo se edifica una decisión: Crítica de “Canela”, de Cecilia del Valle



Por Lea Ross


La incertidumbre sobre la relación entre cuerpo y alma se remontan desde los confines de la civilización. Y también, se subyace en gran parte de los relatos narrados, que pasan de los primeros orales hasta los últimos audiovisuales. Puede presentarse como una inquietud retórica o documentando un testimonio que lo carga con una fuerza desde lo más íntimo.


Canela, dirigida por Cecilia del Valle, es la historia de una arquitecta rosarina, trans, docente universitaria, con risita grave y dueña de una chata de resaltado naranja-amarillento. Su decisión de cambio de género ha sido relativamente reciente. El inicio del filme es uno de sus lugares de trabajo, en plena construcción de una obra; a pesar que la figura del obrero se lo ha referenciado como alguien que descarga verborragia misógina a todo cuerpo feminizado al pasar, aquí no habrá nada eso. Pasan también mecánicos, médicos y de otros rubros, donde se encuentran, se saludan y charlan con Canela. Para aquellas personas que esperan encontrarse una película típica sobre discriminación se equivocan de proyección. Aquí, el conflicto pasa por un costado más interno del personaje, pero no por eso externo al mismo.


A pesar de haber logrado cambiarse el documento, Canela no permanece conforme con su cuerpo latente, cuya parámetro sexual le impide concretar ese ser que busca. Someterse o no a una operación de inserción vaginal es un dilema que lleva por aristas de posibles problemas biológicos (la carga de tener un sexo del cual unx no nació), de salud (daños colaterales), económicos (cómo afecta en los ingresos), de compañerismo (los cambios de relación con el resto) y de compromiso (por parte de ese resto). Es así que juega un rol clave la interacción y diálogo con el resto del elenco: ¿es la identidad una contención misma que marca una conformación completa de un sujeto individualizado? ¿O es una permanente construcción, donde el alrededor es una extensión de nosotros mismas?


El riesgo se explicita en los encuentros con sus pares. Y ahí es donde Del Valle nos pone a prueba en cuanto ya no a discutir de géneros, tanto en el sentido identidad como narrativo. Las palabras intercambiadas son difíciles de traducir si se guían por el respeto a rajatabla de un guión o todo pasa por una charla doméstica de “lo real”. No genera confusión, porque la cineasta nos permite meternos en esa fluidez, donde ignoramos si es ficción o documental, donde el género narrativo enjaula y ordena normas a respetar.


Eso no significa que el fluido se corte, a partir de la aparición de tomas claramente pautadas. Por ejemplo, en el interior de una clínica, en la sala de espera, Camila tiene un intercambio con otra trans, de edad más pequeña pero que cuenta con esa experiencia transformista corporal. La sintaxis se corta con un plano entero del médico saliendo de su oficina para pedirle a Camila que entre, al ser claramente una puesta en escena “ficcionalizada”.


Y es que la película tiene presente oportunas tomas, donde ciertos elementos, como los cuerpos, los automóviles u otros objetos, se posicionan bajo un cierto criterio de equilibrio visual-geométrico. Como si estuviésemos bajo la óptica de una diseñadora urbanística. Y es que la ciudad en sí no es ajena ante ello. Los edificios, ya sea de fondo o enfocados en un plano general, merodean a Canela y ella, desde la profesión que ha elegido, no podría ignorar por más que no veamos un momento de contemplación por parte de ella. En el interior de un aula, como docente, dice sin prurito que la especulación inmobiliaria y la academia solo podrían unirse bajo el encanto del dinero sucio. ¿Es Canela la representación de una Rosario madura en cuanto a su diversidad antropológica? ¿O es Canela el reverso de Rosario?


Apacible, encantadora y cálida, Canela es una película sobre la constante metamorfosis de lo material y de cómo los espíritus lidiamos con esas transformaciones. Es también un parate hacia cierta cosmovisión posmoderna de reducir la problemática política de lo personal como un acto mero de individualismo. Ante un mundo donde observa cómo implosiona la figura del individuo liberal, la contención y el acompañamiento de otrx demuestran que las decisiones trascendentales siempre se corporizan de manera colectiva.