Recuerdos móviles: Una respuesta a Horacio González por sus críticas hacia las organizaciones anti-e


Famatina 2012. Ph: LR.


Por Lea Ross


Hace unas semanas atrás, dentro de la plétora de artículos locales que se vienen generando para profundizar sobre la cuarentena en el contexto de la pandemia del Covid-19, el ensayista Horacio González publicó un extenso artículo en el portal Lobo suelto, titulado La inmovilización. Lo que sigue a continuación es, en realidad, una respuesta al tramo final de ese texto, que apunta particularmente a realizar una apreciación sobre las organizaciones socio-ambientales del país (a pesar que se refiera al ámbito mundial, es difícil no descifrarlo en base a la coyuntura reciente sobre el rol de la militancia y lxs intelectuales sobre las discusiones contra el extractivismo).


Según el ex director de la Biblioteca Nacional, el coronavirus desencadenó dos recuerdos como contracaras de una moneda. Por un lado, “el virus recuerda la fragilidad de los cuerpos por la vía de una inducción externa anómala de más biologismo, cargando una enfermedad que surge de un problema finalmente ético, la ruptura del lazo admisible con animales y plantas”. Un recuerdo que, por lo que se interpreta, emerge en un amplio y difuso sector de la humanidad. Sin embargo, el segundo recuerdo aparece en un sector más particularizado.


Porque “además –dice González-, ante el anti productivismo de los movimientos que critican el extractivismo y la industrialización exorbitante (o la industrialización sin más), recuerda que su desarreglo de todo tipo de productividad afecta todo tráfico inter humano, el comercio en general y por lo tanto la producción, como mínimo, del auto sustento”. Es decir, de repente, todo aquel que critique al extractivismo toma a la producción como algo que está por fuera de toda discusión de proyecto superador.


Finalmente, reitera en el comienzo de su último párrafo: “El movimiento anti productivista que se basa en la crítica al capitalismo productivo, no al financiero, y toma la idea de la salvación del planeta, ve la solución mesiánica en lo que en décadas pasadas se llamó el crecimiento cero. La saga estentórea del Coronavirus, que en la iconografía mundial aparece como un sustituto del planeta tierra con unas chimeneas que sobresalen en toda la redondez de su superficie -es un robot simpático sino encarnara la muerte, bien lo saben los estrategas de los grandes medios de comunicación-, permite dar a luz tendencias latentes de nuestras discusiones. Invita a restituir la producción luego de la inmovilizada. Si es así, ¿qué producción será digna de restituirse?”. No queda claro si es una pregunta retórica u honesta, porque hasta acá llegaron sus reflexiones.


Dejemos a un lado que varios de esos movimientos, desde sus territorios, exigen como propuesta proyectos sustentables ligados a la producción agroecológica, familiar, sistemas de reciclado, trabajos cooperativos, etc., etc., porque en definitiva, lo que podría retrucar el autor del ensayo es que en los mismos solo son paliativos para determinadas geografías, desprovistas de todo un programa de alcance nacional, que sería una discusión pendiente, porque eso también sería re-discutir qué rol tendría el país, junto con el resto del continente, dentro de la división internacional del trabajo.


Es cierto que, en general, los intelectuales críticos al extractivismo han tenido un papel más ligado al “denuncialismo”, que el de generar propuestas. Pero en realidad, no obligatoriamente debería ser esa su función, porque para que eso se concrete se requiere más que nada que el propio Estado genere los mecanismos de participación, donde se permita deliberar sobre cómo lograr esa etapa superadora frente a un planeta al borde de su colapso. En lugar de eso, por décadas, prefirió seguir creyendo en las multinacionales.


Pero resulta que curioso que González asegure que los “anti-productivistas”, sentencia previa otorgada a lxs que criticamos al extractivismo, se basan en que sus críticas apuntan al “capitalismo productivo” y no al “capitalismo financiero”, como si una cosa estuviera desprobista de la otra. Dentro de la amalgama de artículos en América Latina, cuyo objeto de discusión sea el extractivismo, será probable encontrar el término “capitalismo financiero” que “capitalismo productivo”. ¿Qué pensadorx actual se le ocurriría criticar al capitalismo actual solo reducido a su costado “productivo”? ¿O por lo menos, todx pensadorx que haya trabajado desde la crisis del petróleo en 1973? ¿Hablar críticamente de la crisis del petróleo de 2020, es criticar al “capitalismo productivo” y no al “financiero”? Solo un "capitalista financiero" podría separar lo productivo de lo financiero.


Si algo se explica que la soja, que no forma parte de la dieta habitual de la población argentina, está presente no solo en la pampa húmeda sino hasta en las banquinas o al borde de los colegios rurales, es por el aval mismo de las cotizaciones de la bolsa de valores de Chicago. Y de ahí, por el Estado, por supuesto. Todo amén por esa fiebre de generar dinero a partir del dinero mismo, despreocupado de toda factibilidad material, es decir, productiva. De lo contrario, en un “capitalismo productivo” de tendencia nacional (si existiese tal cosa), como mínimo esas tierras se destinarían para el consumo interno.


De hecho, en cierto grado de maduración, no hay nada más crítico al “capitalismo financiero” que cuando se profundiza las raíces mismas de la generación de divisas –esto es: la destrucción violenta de territorios, mediante agronegocio, mega-minería y extracción de restos fósiles- para beneficiar a los acreedores de la deuda externa. Es el mismo tiempo de maduración que le llevó a algunos organismos de Derechos Humanos a profundizar el rol de la deuda con el terrorismo de Estado. ¿No es ser un condescendiente del propio “capitalismo financiero” pagando a los bonistas extranjeros con los ojos vendados ante lo que pasa en los territorios? ¿No es ser más condescendiente al “capitalismo financiero” reducir la discusión de la deuda en un mero tecnicismo sobre el tamaño del valor nominal y los plazos de intereses, desprovista de toda historicidad, que nos llevaría a su costado criminal?


Como decíamos, queda todo un trecho por delante conseguir una superación misma del extractivismo. Pero por algo se empieza: como decía el escritor David Viñas, decir “No” es un inicio. Toda experiencia territorial sobre un saqueo de índole extractivista -esto es, arrancar bienes comunes para venderlos al comercio internacional-, comienza con una crítica al capitalismo financiero, no con la “industrialización”, como dice caricaturescamente Horacio González (de hecho, si algo caracteriza la reprimarización de la economía, es el abandono de la industrialización en el desarrollo económico). Y cuando se obtiene un análisis histórico, la crítica alcanza al capitalismo per se o a todo proceso colonial que arranca desde 1492. Para Horacio González, eso sería sinónimo que critizar al "capitalismo productivo". Quizás se conforme con un "capitalismo nacional" y por ende hasta allí llegaría su crítica, aceptando su papel en el mundo. Y de lo que no se puede hablar, es mejor callarse, como diría Wittgenstein.


De hecho, no parece casual que el extenso ensayo en discusión terminara con realizar esa apresurada apreciación denigratoria hacia las organizaciones que critican el extractivismo, y que concluye con un hasta “acá éstas reflexiones”, como quien tira una piedra y después se va a su casa. Es como si le saltara el “García Linera” que lleva adentro. Pero a diferencia del vicepresidente depuesto, el pensador boliviano por lo menos ha generado frenéticos ensayos que permiten inquietar y avivar más las llamas de la discusión.


No así en el caso del ex referente de Carta Abierta, cuyo aporte sobre éstas discusiones fue igual a cero. Es como si el coronavirus, lejos de hacerles recordar a los "antiproductivistas" de la existencia de la producción, le recordara al autor señalado sobre el gran tema que estuvo presente en nuestro país, previo al Covid-19, que fue la lucha de Mendoza contra la megaminería, cuyas movilizaciones hicieron mover también a lxs que viven por fuera de la cordillera. No es el caso de González, que prefiero quedarse en la inmovilidad.