Pandemias, hambrunas y guerras: la arquitectura del capital

 

 

Por Humberto Cardenas Motta

 

La quinta publicación del dossier “Escrituras de #Cuarentena, una crítica política de la cultura y la lucha de clases”, una iniciativa conjunta de las revistas Sonámbula y La Luna con gatillo, es una reflexión de Humberto Cardenas Motta sobre la pandemia como una construcción histórica que responde a procesos de acumulación y de concentración de riqueza. A lo largo de toda esta semana iremos compartiendo artículos de ambas revistas con distintos acercamientos a la pandemia mundial desde la cultura.

 

"Cuando el poder brutaliza el cuerpo, la resistencia asume una forma visceral."
Achille Mbembe

"Por entre las grietas de la sombra, brota incesante
el bondadoso susurro de la hierba."

 

Esta construcción histórica de la pandemia es el producto y el insumo (producción y consumo) de una estructura social para el sometimiento absoluto, total, de los pueblos y de los cuerpos; pueblos y cuerpos producidos por la estructura del sistema mundo capitalista para la extracción de riqueza. Pueblos y cuerpos sometidos al poder absoluto del estado corporativo (fascista) de los intereses de las transnacionales.

Esta construcción histórica, hasta nuestros días, va produciendo todos los cerrojos, todos los dispositivos para asegurar el ciclo de la producción y del consumo (la reproducción del sistema), anulando, aniquilando, matando la consciencia. Un ejemplo paradigmático de esta historia es la denominada “revolución verde” (años 50s), sistémicamente siamesa de las políticas del “desarrollo”. La “revolución verde” aplicó y continúa aplicando a la agricultura, a la farmacéutica, a la educación y a la sociedad, la tecnología, el conocimiento científico y la organización empresarial industrial militar resultante de las dos primeras guerras mundiales: tecnología, conocimiento científico y organización empresarial industrial-militar hecha para matar y que, en nombre de la producción de comida, continúa matando. Para ello, concentró y continúa concentrando la tierra en todos los países del mundo, destruyendo los saberes tradicionales para la producción comunitaria y campesina de alimentos, y destruyendo las semillas que expresan la visión de mundo de los pueblos; para ejecutar esta tarea macabra, aplica masivamente los productos tóxicos y el conocimiento técnico empleados en la guerra para matar la tierra y a las hijas e hijos de la tierra; con estos productos tóxicos lo han contaminado todo contaminando sistemática y planificadamente el planeta, acumulándose, bioacumulándose y biomagnificándose en todos los organismos, generando una sociedad domesticada, sometida, esclavizada y enferma, desgarrando el tejido de nuestras relaciones con la tierra al matar nuestro fluir con los ritmos del universo. Hablamos hoy de pueblos y cuerpos por donde ya no transita la tierra; de semillas que ya no guardan en su corazón el silencio de las palabras; de frutos que ocultan bajo su apariencia alimentaria una compleja tecnología de guerra que mata a los pueblos y a los cuerpos envenenando el espíritu que compartíamos con la naturaleza. Todo esto sucede bajo la pandemia tóxica del desarrollo que nos deja el corazón baldío y el cancerígeno fragor de los agrotóxicos socavando el sentido de las palabras, socavando las prácticas agrícolas tradicionales, las relaciones sociales y las consciencias: el éxito de cada mercancía producida por el sistema mundo capitalista es la muerte de la consciencia. Así se acumula y se concentra la riqueza. La muerte es el fundamento del mercado y el terror garantiza su funcionamiento. La pandemia, dentro de la construcción histórica que es esta sociedad, es una más de sus mercancías. A los muertos de las villa-miseria, a los muertos de los tugurios, a los muertos de las favelas, a los desterrados y desterradas, a las mujeres violentadas, a los millones de niños abandonados como deshechos humanos por las calles y las alcantarillas del mundo bajo sociedades que se ufanan de ser “democráticas”, “tolerantes”, “inclusivas”, “multiculturales”, les tocará cavar su propia tumba porque las leyes del mercado del sistema mundo capitalista continúan matando, matando, matando. 

Se promulga la ley y el derecho que promulga la ley, el derecho que pregona la ley, el derecho que proclama la ley, que promete la ley, es un derecho de muerte: la ley es otra mercancía. El derecho a la salud es otra mercancía. El derecho a la vida… Ayotzinapa del mundo, jóvenes del mundo, niños del mundo, mujeres del mundo asesinadas por la pandemia del patriarcado bajo el estado corporativo… La ley es la historia narrada por los vencedores, la historia narrada por los mercaderes de la muerte. La ley es la historia del crimen narrada por los asesinos. La pandemia, que no es un suceso extraordinario sino la NORMALIDAD del sistema, no anula ni suspende las leyes del mercado: la miseria y la muerte continúan y continuarán siendo socializadas entre los pueblos perseguidos por los burócratas del terror.

La pandemia, como parte de esta construcción histórica del sistema mundo capitalista, profundiza el derecho de ser esclavas y esclavos; el deber de ser esclavas y esclavos. Asistimos a la metamorfosis de los escenarios de los derechos que develan, con el impacto de la imagen terrorífica de la pandemia y una vez más, el rostro primigenio del capital dibujado por la sangrienta escritura del mercado, omnívoro y brutal, que nos gobierna; asistimos a la metamorfosis hacia nuevas formas de esclavitud en las fábricas-gueto, en los barrios-gueto, en las favelas-gueto, en las villas-miseria-gueto, en las pandemias-gueto, en las iglesias-gueto, en las escuelas-gueto, en la miseria-gueto, en el hambre-gueto, en los cuerpos-gueto, en las infancias,-gueto, en el calentamiento global-gueto. Sin consciencia, obediencia irracional. Se nos degrada, se nos inferioriza, se nos deshumaniza, se nos desnaturaliza. En este contexto, el derecho y el deber de ser esclavxos no nos permite pensar en términos de autonomía, de cooperación, de reciprocidad, del poder asambleario de los pueblos y de la Madre Tierra, del poder asambleario de la Madre Tierra para la minga de la rebeldía. En esta sociedad corporativa, la ley y los derechos han venido cosiendo cada célula, dándole puntadas atroces a cada nervio, a cada músculo, a cada hueso, a cada aliento, a cada gesto, con los hilos del miedo, del odio, del egoísmo, de la competencia, de la normalidad: el sistema mundo capitalista socializa la violencia para acumular y continuar concentrando la riqueza. Asistimos, con las pandemias visibles, pero más con las invisibles, a la producción de “…una nueva especie de población predispuesta al aislamiento y al encierro” (Mbembe, 2016).

La pandemia, como una de las formas de dar muerte, es una construcción histórica realizada por las instituciones del sistema mundo capitalista en el contexto de una profunda crisis que construye pueblos y cuerpos sometidos, aplastados por todas las vulnerabilidades, insumos propicios para alimentar al hambriento estado corporativo de las empresas transnacionales: la pandemia se construye como se construyen todas las violencias: construyendo cuerpos para abastecer los mataderos del mercado.

 

 

 

No, no nos encontramos frente a un hecho terrible: pandemias, avalanchas, sequías, hambrunas, transgénicos, desplazamiento forzado, desaparición forzada, proyectos de muerte, de estupidización, de contaminación, de embrutecimiento colectivo; golpes de estado, vuelos de la muerte, colonialismo, inquisición, esclavitud asalariada, cosificación de las mujeres y de la tierra para la extracción de riqueza, para la violación, para sembrar el terror y cosechar en los campos de concentración a las muchedumbres del miedo, a las muchedumbres del olvido, a las muchedumbres del silencio. No, no nos encontramos frente a un hecho terrible: este es el rostro primigenio del capital dibujado por la sangrienta escritura del mercado, omnívoro y brutal, que nos gobierna.

El sistema mundo capitalista acumula riqueza bajo los múltiples procesos productivos del progreso que mata, del desarrollo que mata, de la democracia que mata, de la civilización que da muerte, que da muerte a cántaros 1, tempestades de muerte, ciclones de muerte, avalanchas de muerte: la “historia” del desarrollo, la “historia” del progreso, la “historia” de la democracia, la “historia” de la participación y de la representación democrática en el marco del desarrollo es la “historia” de las masacres que ejecuta la racionalidad del capital.

No, no nos encontramos frente a un hecho terrible: la masacre de la finca El Nilo (Cauca, 1991); la masacre del Naya (Cauca); la masacre de Trujillo (Valle del Cauca); la masacre de las bananeras (Ciénaga, Magdalena, 1925); la masacre de Santa María de Iquique (1907); la masacre de la embajada española en Guatemala (1980); la matanza de Tlatelolco (1968); el genocidio de los jóvenes de Soacha ejecutado por el Estado colombiano; el genocidio contra el pueblo palestino; el genocidio contra el pueblo mapuche, contra los pueblos del mundo; la masacre de nuestras hermanas las semillas por las empresas transnacionales; la masacre de los alimentos acribillados por los químicos de los imperios Bayer, Syngenta, Monsanto; la masacre en Vietnam, cuyos campos y pueblos campesinos fueron bañados con millones de litros de defoliantes y por el agente naranja de la transnacional Monsanto; la masacre de los argentinos acorralados por la fórmula de los agrotóxicos y la soja transgénica; la masacre de la salud de los pueblos por los imperios de las farmacéuticas; la masacre de los pueblos migrantes que huyen de la barbarie del desarrollo muchas veces de manera trágica hacia los espejismos de muerte del desarrollo. Este es el hecho terrible: el sistema mundo capitalista es un escenario de muerte.

No, no nos encontramos frente a un hecho terrible: en este escenario de muerte, las madres dan de lactar a sus hijos la leche materna envenenada con agrotóxicos como Lindano, Aldrín, Heptacloro, Clordano, DDT 2. En este escenario de muerte, por el cordón umbilical circula sangre envenenada3 con venenos que marcan los fetos con el hierro candente pero invisible de los agrotóxicos producidos a escala mundial por las empresas transnacionales. En este escenario de muerte, la miseria censa en silencio los estómagos del hambre. En este escenario de muerte, la desnutrición es una pandemia que llena el planeta de obesos por la desmesura del consumo de productos adictivos de una dieta química, letal, artificial, o por el hambre que ha sido inscrita por estas mismas transnacionales en el mercado del simulacro de vida que encadena a los esclavos del hambre con los eslabones de la desnutrición, de las enfermedades y la muerte. En este escenario de muerte, la economía del sistema mundo capitalista expresa su “impulso genocida” (Boaventura de Sousa Santos).

No, no nos encontramos frente a un hecho terrible. Se está poniendo a prueba el sistema de muerte en una nueva fase de su desarrollo: el disciplinamiento de la población mundial para profundizar la extracción de riqueza bajo más atroces regímenes de terror. Los juegos del poder, como bien lo ha reiterado Rita Segato, son secretos. Secretos que estallan como bombas atómicas sobre la vida de los pueblos para que el sistema se reproduzca, para que el sistema refine sus técnicas de exterminio: pueblos disciplinados bajo los intereses económicos del sistema mundial concentracionario.

Nos encontramos hoy frente a la imagen originaria del capitalismo, del actual sistema mundo capitalista. La imagen que muestra el sistema de muerte proclama: todo es posible. Es posible arruinar el sistema de salud, porque el sistema de salud tan solo es parte del sistema de muerte: matar es un negocio muy rentable. Como son parte de la rentabilidad del sistema de muerte las iglesias que erigen a sus mesías patriarcales, violadores, agenciadores de la muerte como Bolsonaro, Trump, Uribe Vélez, y todos los mesías sistémicos, las instituciones sistémicas transnacionales, los líderes sistémicos, las oposiciones sistémicas. Las vísceras deshumanizantes del terror institucionalizado bajo las divisas del desarrollo y de la democracia del sistema mundo capitalista continúan sus recorridos de muerte. El terror es ese conjunto de mercancías puestas en circulación bajo la forma de experiencias, prácticas, creencias, instrumentos y dispositivos de poder producidos por los intereses económicos del sistema mundo capitalista; las mercancías del terror se consumen como patrones de comportamiento con el objetivo único de la deshumanización, y la sociedad autoritaria las mercadea como supuestas opciones y estilos de vida.

 

 

 

 

Manfred Max Neef planteó que el suicidio de ancianos y ancianas en España son, realmente, «asesinatos de un sistema económico perverso»4; en el mismo sentido lo expresó Vandana Shiva: el suicidio de campesinos y campesinas5, arrojadxs a la ruina por el consumo de los paquetes tecnológicos transgénicos de Monsanto, son consecuencia del sistema económico capitalista; es un suicidio que se realiza con los mismos tóxicos que Monsanto les vende para envenenar la comida al envenenar los cultivos… y envenenar el espíritu de los pueblos con la barbarie normalizada del desarrollo: “En los últimos 16 años, más de un cuarto de millón de agricultores se ha suicidado en la India: esa constituye la ola de suicidios de mayor envergadura registrada en la historia de la humanidad. (…) Entre 1995 y 2010 más de 250.000 agricultores se quitaron la vida en India; y más de 50.000 de esos suicidios de agricultores ocurrieron en Maharastra, el estado más rico del país. En 2010, las cifras oficiales arrojaron un total de 15.964 suicidios de agricultores. Estas estadísticas probablemente se queden cortas, habida cuenta, en particular, porque a las mujeres no se las incluye generalmente en estas cifras debido a que no poseen títulos de propiedad sobre las tierras, que son comúnmente exigidos para ser reconocido oficialmente como campesino.” (Zacune, 2012)6

En este escenario de muerte, los asesinos gobiernan y el crimen es una virtud de estado (Vargas Vila). Esta es una historia terrible: el desarrollo es la política de los asesinos, y la democracia la pantomima sangrienta del estado corporativo de las empresas transnacionales que gobiernan el mundo. Este es el hecho terrible.

Para la búsqueda de alternativas, se deberá partir de las premisas que nos lleven a destrozar las políticas y las instituciones del desarrollo que han saturado con la atmósfera de las cámaras de gas del sistema mundo capitalista, donde se envenenan los cuerpos, las semillas, las consciencias, las organizaciones, los sueños, y buscar, organizar y desarrollar alternativas antisistémicas, anticapitalistas, asamblearias, de apoyo mutuo, autónomas: volver a la tierra, a nuestra Madre Tierra; agrarizar el corazón; poblar de árboles el río de las palabras.

Sobre las manos envejecidas del silencio, la hierba verde, mecida dulcemente por el viento, acaricia el rostro de la muchacha que ya no puede ver el terror que duerme sobre sus ojos abiertos. El rostro, dibujado por los rayos del sol, nos deja en la memoria la advertencia de las extensas alambradas de los campos de concentración que, infatigables, cosen en la carne, en los nervios, en la consciencia, en las palabras, las letras patriarcales de la ley, de la justicia corporativa, del orden nazi-fascista económico, político, alimentario, educativo; son las extensas alambradas del sistema mundo capitalista. ¿En cuántos lugares ha muerto esta muchacha sin dejar otro rastro que sus ojos abiertos?

 

 

Referencias:

 

1Se muere a cántaros, escribió el poeta Jorge Enrique Adoum.

2En estudio financiado por la Global Environmental Facility (GEF) y el Ministerio del Ambiente del Ecuador, se lee en la página 21: “En esta investigación se confirmó la acumulación de los plaguicidas clorados al encontrar la presencia de Lindano, Aldrín, Heptacloro, Clordano y DDT en las 160 muestras de leche materna tomadas en madres de las ciudades de Esmeraldas (40 muestras), Guayaquil (40 muestras) y Quito (80 muestras) y en cantidades que superaban en cuatro y cinco veces los Límites Máximos de Residuos (LMRs) establecidos para la leche de vaca, toda vez que no se han fijado límites para la leche materna humana.” Escuela Superior Politécnica del Litoral, I. (2004). https://www.dspace.espol.edu.ec.

3Endocrine Society (Sociedad de Endocrinología, USA), Introducción a las sustancias químicas que perturban el sistema endocrino (EDCs) 2014, pág. 2. En el documento se lee: “El monitoreo químico-biológicos (medición de sustancias químicas en los fluidos y tejidos corporales) muestra que casi el 100% de los seres humanos tiene una carga corporal de sustancias químicas; la observación se basa en los niveles detectados en la sangre, la orina, la placenta y la sangre del cordón umbilical, y en tejidos corporales como el tejido adiposo (grasa). Algunos ejemplos comunes de EDC son el DDT y otros plaguicidas, el bisfenol A (BPA) y los ftalatos (usado en productos para niños)…” La “exposición se inicia en el útero y continúa a lo largo de todo el ciclo de vida.” plantea el documento (pág. 4).

4Max Neef, Manfred. 2016. La economía desenmascarada.

5“Empezando con el algodón Bt en 1998, Monsanto ha estado violando las leyes, corrompiendo a los gobiernos, involucrado en biopiratería, creando monopolios de semillas, destruyendo la biodiversidad y empujando a los campesinos al endeudamiento y al suicidio.” Vandana Shiva, Navdanya, www.navdanya.org.

6Zacune, Joseph. 2012. Lucha contra Monsanto: Resistencia de los movimientos de base al poder empresarial del agronegocio en la era de la ‘economía verde’ y un clima cambiante”

 

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