Charlas del Monte XLIX- ¡Un virus para la corona!

April 3, 2020

 

Por Tomás Astelarra

 

 

“Todo eso tenemos que procurarlo y va a salir de la actividad popular, de la organización nuestra en el territorio. Tomar iniciativas pequeñitas, compartir lo que tenemos, los saberes, tomar autonomía, juntarnos con otros y con otras. Lo peor que podemos hacer es quedarnos solos en casa. Esta pandemia no es un paréntesis que termina cuando se levanten las medidas. Este es un período histórico que llegó pa quedarse”

-Raúl Zibechi, Una mirada global a la pandemia

 

“Viviremos, porque después de todo, si se siguen haciendo las cosas bien, la pandemia puede no ser tan grave. Y Venceremos, eso sí, porque más allá de lo que sea, la voluntad de vencer solo depende de nosotrxs, de nuestra consciencia, organización y solidaridad. Por ahora se trata de atender la emergencia, mañana será la revolución social”.

-Pablo Solana (militante social sobreviviente del coronavirus)

 

“Esta perla gastada es mi única lágrima y este cuerno es mi bastón. Y este tatuaje que llevo es el mapa que me guía en la casa mayor. Persigo una presa infinita que solo deja sus rastros en sueños.

Fue la primera la noche y luego la sed, y la llama de este ritual que se renueva en la hoguera que brilla en mis ojos y se extiende en espiral.

Un hilo de fuego que abraza en la espera hasta el último rincón de mis huesos.

Bosque adentro el alma va olvidando sus reliquias. Y el tiempo borra los espejos.

No hay mas que hacer. Ni donde volver. Ni a quien pedirle nada”.

-Pato Suarez, Bosque Adentro, Potlach

 

 

Aprovechando la crisis como oportunidad para la reflexión, la salud, renovar el aire de los pulmones para seguir caminando en tiempos de pachakuti e hidra capitalista, antes de acostarme, saúmo, me roció con agua florida, me sirvo un rapé, un chorro de propóleo con tintura de equinaccea y ferne artesanal, me envuelvo en una toalla sobre una ollita de eucaliptu vaporoso y hago unas respiraciones con ánimos de reiki. Estoy logrando un sueño profundo y denso, que cuando me despierta me trae mensajes apolacalípticos.

Esta mañana despierto después de haber sigo guiado por un ángel de un shoping center a una barca que por el delta del tigre de pronto se inmiscuye en una desfiladero y trepa hasta la cima del mundo, donde me suspendo cual nencia sobre un risco. El ángel no tiene alas. Es una mujer común y corriente, siempre bruja, siempre madre, un puñado de tierra se desprende de sus manos y se esparce como semilla sobre el infinito. Siento un vértigo bonito, que me paraliza en la humilde dignidad del observador.

Entonces escucho la moto del Jipi, que no tarda mucho en asomarse a la ventana de la tatusera para afirmar sorprendido: “Estas despierto”. Mientras me desperezo, me despido de mi sueño y prendo el fogón pal primer mate, se arrima al fondo del terreno para acomodar una cajón de abejas debajo de un algarrobo cercano a la sombra de toro que guardiana la construcción del Hotel Polonia y donde ayer, en medio de la mezcla de un pastón, vimos posarse un enjambre con un sonoro pululeo.

Nacidos urbanitas, siempre nuestra intención fue acercarnos a la naturaleza y la producción de alimento campesino y consciente. Sin embargo la cuarentena pandémica, en nuestro obligado ocio y desurbanización, parece sacarnos del despiste del mundo organizado y cibernético para volver a la madre, tierra, como un despertar de una siesta justo cuando la tormenta nos obliga a juntar apresurados la leña.

El siguiente paso es poner yuyos en el mate, el agua en un termo, la bombilla en miel y rumbear por el arroyo seco rumbo a la tierra del Comandante Araña.

Para estar parados sobre el apocalipisis de la humanidad, dispuestos, como dijo Rita Segato, a aceptar que como especie también podemos tener el destino de la extinción (cual plaga, diría Humberto Maturana), el caminar es silencioso y amable, regado de algún diálogo corto, alguna inspección de cuevas de animales en las barrancas que dejó la creciente, cosechar palan palan, unas vainas de esa planta que los comechingones usaban para guíar su viaje a la muerte (sebilero era el oficio) y constatar que, para estar parados sobre el apocalipisis, estamos bien parados. Si algo viene demostrando esta pandemia (o al menos esa es la conciencia que parece aflorar por estos lares) es que en el campo neorural hay mejor calidad de vida que en las ciudades. De hecho ese es nuestro objetivo: después de haber conseguido en compras comunitarias queso, huevos, harina, granos, verdura y hasta chocolate, vamos a lo del Capitán Araña a pedirle carne.

La entrada al campo lo confirma: hay ovejas, cabras, gansos, gallinas, vacas y una oriunda chancha en su chiquero, dos tractores, un viejo jeep, una camioneta, un rejunte de parantes de alambrado y leñas, una providente huerta y decenas de frutales. Como si algo le faltara al paraíso, sobre el borde de la laguna escuchamos la voz del Araña y su hijo.

-Hasta mirá si llegamos justo pa la carneada- se esperanza el Jipi mirando hacia el corral.

Alegría, encuentro, mates dulces, reflexiones de las conspiraciones del poder, antología de memes, averiguaciones de trámites, contactos con el movimiento campesino, y sobre el final la pregunta:

-Don Araña, venimos en búsqueda de un poco de carne.

-¿De que bicho?

-Vaca

-¿Cuanto quieren?

-Se la hago al revés. Juntamos entre el barrio unas quince lucas.

-Entonces podemos carnear un ternero. Salé mas caro, pero a ustedes se los dejo por eso.

-Ese bayo que anduve corriendo hoy- dice Hijo.

Reímos. La ceremonia o fiesta popular se organiza para el sábado. Vamos a tener que traer la máquina de hacer chorizos, unas damajuanas de vino, una botellita de ferne artesanal y una guitarra con tambores y melódica.

-¿Viste que era fácil? Lo que vinimos a hacer. Solo que nos despistamos.

Surcando el apocalipsis o crisis civilizatoria, oportunidad pachakutiesca, aquí y ahora, volvemos a encontrarnos para reflexionar sobre este otro mundo o economía posible. No una economía a secas, de la escasez, de la ganancia, del saqueo y la muerte, sino, bien sabemos, una economía de la abundancia, del buen vivir comunitario, de la madre tierra, pachamama, como siempre la vieron, sentipensaron, soñaron y resguardaron en resistencias milenarias nuestras pueblas originarias, las abuelitas que hoy nos dicen que está chingada la cosa, pero debemos tejer la esperanza, reconstruir la casa, organizar la libertad colectiva. No estamos ante una nueva crisis como nos vende el sistema mundo capitalista para ocultar su fallida estrategia de muerte con tierno rostro de hidra-tiempo- consumo. Sabemos que nuestro proyecto corre paralelo a sus políticas. Hoy es un nuevo día en que el sol tata inti surge ahí donde nacen los ríos para respirar este aire neorural donde nos hemos posicionado para supervivir en estos tiempos donde vuelve a ser necesario mirar las acciones y palabras dentro de la comunidad, que son la vida.

Surcaremos esas experiencias, que hoy más que nunca, nos empoderan en esta nueva realidad que definitivamente, cada día, tomamos más conciencia, no es la alternativa, sino la acción concreta que siempre soñamos y cobijamos como semilla con la sonrisa anónima y delicada de una simiente en la noche de esta tierra.

 

Tomó la mochila con la compu y unas frazadas rumbo al pueblo para trabajar en la tienda colectiva, en medio del monte me cruzo con un vecino haciendo treking, me mira asustado, como si fuera a denunciarlo. Lo saludo. Después el Damiel me cuenta que tiene un vecino que lo botonea cada vez que sale a correr. Armaron un grupo de wup para avisarle a la policía. Al Jipi lo pararon varias veces.

-¿Sos del pueblo?- le pregunta el cana

-El que no es del pueblo sos vos, sino ya me conocerías- le responde el Jipi.

 

La municipalidad está vacía, pero el bar del Mario sigue abierto. Algunos ya comienzan a saludarse con abrazos. Ya pasaron quince días y técnicamente no hay infectados con coronavirus en el valle. “Esto es un ida y vuelta, ahora descubren un caso en el pueblo de al lado y volvemos todos a la paranoia”, dice Shushú Da Sierra. Sin embargo el de la ferretería intercambia recetas con la policía y en el cajero, a un metro de distancia, les vecines charlan animadamente. Si alguien filmara y borrara la fecha, nadie diría que estamos parados sobre el fin del mundo. No hay mas que hacer. Ni donde volver. Ni a quien pedirle nada.

 

Aclaración o Advertencia: Por si no se dieron cuenta pero estas charlas, relatos, columnas, son ficción. Ciencia Ficción Jipi. Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia.

 

Ilustración: Nico Mezquita.

 

 

 

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