Cautivas del sistema patriarcal: El Metal como empoderamiento de las mujeres

En el género metalero, se reproducen estereotipos patriarcales que son desafiados por un número creciente de mujeres que se dedican a hacer música de este estilo. Ellas, que históricamente fueron invisivilizadas, hoy se apropian de un elemento característico de esa música como el grito para poner el cuerpo y empoderarse haciendo oír su propia voz.


Imagen de la banda metalera femenina de Brasil, Nervosa.



Por Noelia Adamo


En el nacimiento, la primera expresión es un llanto, un grito primal que enlaza lo interior con lo exterior. A medida que las personas van creciendo, la vocalidad se ve mediada por normas y códigos del entorno en donde prima la regulación del potencial expresivo de la voz, y pronto se aprende que el grito queda asociado a lo salvaje, a lo irracional. La ira, el miedo, el dolor e incluso la felicidad son mediadas y su expresión es contenida. La inserción en la sociedad y la funcionalidad de les individues en ella están atravesadas por un aprendizaje del silencio en los mandatos como “las nenas no gritan”, “los hombres no lloran”. La música pesada, el metal, permite la recuperación del grito, permite la expresión visceral de la pasión y se convierte en un recurso para la rebelión, la emancipación y el empoderamiento. Esta recuperación, ¿se da de la misma manera cuando las que gritan son las mujeres?


Como en todos los ámbitos y expresiones de nuestra sociedad occidental, en el Metal, los valores de la sociedad patriarcal están profundamente arraigados y forman parte de la heteronomía que produce y reproduce estrategias, símbolos y prácticas que en su contexto de circulación social, glorifican el dominio del poder del varón y la subordinación de la mujer. A su vez, la identidad del “metalero” se construye en torno a un ethos que tiende hacia una idea universalista de resistencia, de poder, de liberación, en donde la mujer, como sujetx, desaparece como tal. En el metal nacional, las palabras como “aguante”, “resistir”, “destrucción”, “poner/tener huevos” son frecuentes. La supuesta liberación que tanto el rock como el metal prometen al exteriorizarse como rebeldía y resistencia al orden establecido, se presenta como práctica cultural masculinizante, reforzando, difundiendo y afianzando los estereotipos de género forjados por el patriarcado.


No obstante, ¿qué pasa con las mujeres que resisten la opresión? ¿Qué pasa con aquellas que no se identifican con los modelos naturalizados de construcción de identidades y lugares de pertenencia? ¿Qué pasa con esos cuerpos metálicos que escapan a la norma de la genitalidad heterosexual testicular? ¿Qué pasa con aquellas que en, por y desde el metal, se autoperciben poderosas, libres y resistentes? En definitiva, ¿qué pasa con aquellas que se identifican con ese ethos metálico y quieren gritar de furia o de placer, pero a la vez se encuentran con actitudes y discursos que reproducen los estereotipos y prejuicios de la sociedad patriarcal con vehemencia?


La música pesada permite que los varones cis forjen sus identidades como hombres libres y poderosos, hombres hermanos, hombres amigos, generando una identidad grupal masculina que excluye a las mujeres. Cuando aparecen, las mujeres, lo hacen como protagonistas de historias de amor en donde la identificación es individual y las otras congéneres son sus competidoras. A su vez, las representaciones la colocan como objeto de deseo, decorativo, de intercambio, negando así su subjetividad, y son categorizadas desde la mirada patriarcal en figuras cuyos extremos son la virgen o la prostituta, figuras míticas que Simone de Beauvoir califica como útiles para mantenerlas en un estado de dependencia, ante la amenaza de su posible liberación. Desde ángeles que esperan en la casa la llegada del gil trabajador hasta aquellas que deben morir por ser engendros malignos rechaza hombres.


La presencia de mujeres en la escena metálica es un fenómeno creciente y los discursos vinculados a la cuestión de género interpelan cada vez en mayor medida a la sociedad, por lo que aquellas representaciones se van tornando obsoletas y hacen necesarios nuevos roles para las mujeres dentro de la escena. Hoy las mujeres del metal, apoyadas también por la sanción de la ley de cupo femenino en espectáculos musicales, logran identificarse más cómodamente con ese mensaje de empoderamiento y libertad universal, del cual hasta el momento eran excluidas y/o invisivilizadas. Aquel ethos metálico hoy día se articula mejor con aquellas mujeres que buscan un estilo que exprese el corrimiento de la norma tradicional ocupando espacios de poder y control, que antes eran entendidos como inherentes al varón. En este estilo, la pasión impera y las emociones se expresan de manera vehemente. Es en el metal y sus prácticas donde los sentidos estallan y las mujeres pueden hacerse un camino para encontrar su voz, empoderándose y desafiando los roles establecidos, a través de la deconstrucción de lo que el metal reproduce. La creciente presencia de mujeres que se vinculan como protagonistas empoderadas de ese ethos metálico amenaza al patriarcado metálico y sus prácticas. A su vez, brinda nuevos modelos a seguir para las entrantes generaciones de metaleras.


No obstante, el lugar de las mujeres en el metal continua en estado de paradoja, pues, se enfrentan al prejuicio estético que opera en función de los estándares de belleza, siendo juzgadas como cuerpos objetos deseables; también aparece el juicio sobre su interpretación musical y sus capacidades técnicas con el típico “tocás como chabón” el instante aprobatorio. A su vez, el control de los medios de producción musicales sigue estando en dominio masculino, lo que dificulta que las bandas de mujeres salgan de los circuitos emergentes. En este contexto, los mecanismos de discriminación y opresión se vuelven más sutiles, enfrentando a productores con el desconocimiento sobre la oferta de bandas de mujeres que están obligados a invitar a festivales.


Por su parte, las bandas de mujeres desafían la lógica del romance formando grupos y armando fechas basadas en la cooperación y no en la competición. Su existencia es revolucionaria, no por una utilización diferente de las estructuras musicales, sino porque dotan a esas estructuras de una nueva significación de género: por un lado, brindan modelos a seguir positivos y reales para las nuevas generaciones de mujeres libres; por otro lado, su presencia deja de ser un hecho anecdótico o novedoso, al apropiarse de esas estructuras resignificándolas y deconstruyendo los supuestos patriarcales que les subyacen, como por ejemplo “el aguante”.


Múltiples son las maneras en las que las mujeres ponen el cuerpo en la música, pero sin duda el rol más frecuente es el de cantante. La voz, como algo natural que emerge del cuerpo femenino, como la sangre, se asocia a la irracionalidad. Sin embargo, la mujer del metal hará oír su grito de emancipación. En el metal, las voces limpias de mujeres están asociadas con la técnica lírica, calificada como bella. Lo interesante sucede en aquellas que optan por un estilo vinculado al metal extremo a través de un grito visceral que se corre del canon de lo bello. El estilo gutural del growl permite a las mujeres expresarse con agresividad y contundencia, y transgredir las figuras que las objetivizan como seres deseables y “femeninas”. El grito podrido de estas mujeres las empodera al apropiarse del poder, la agresividad y la libertad. Es un grito de rebelión contra todo aquello que desde afuera se impone. El gruñido de las mujeres metálicas implica esa conexión con el cuerpo cautivo y regulado: vientre, vísceras, caderas, genitales, entrañas, flujo y sangre. Esas mujeres rugidoras están enojadas y gritan “¡Basta!”. Basta de ignorar el deseo de la mujer. Basta de ser sistemáticamente invisibilizadas en tanto artistas. Basta de decidir sobre nuestros cuerpos. Basta de ser abusadas, violadas y asesinadas.


La mujer que grita lo hace porque su voz importa, porque su mensaje importa, porque marzo tiene a hoy más femicidios que días, y porque callar es obedecer. El grito, hoy, es una necesidad ante el silencio que el patriarcado y el Estado imponen. Gritar es hoy un medio de rebelión de las mujeres tras años de silenciamiento y obediencia que tienen a la muerte como posibilidad cercana.