Latinoamérica dislocada: Diálogos a pocos días de la guerra III


Por Juan Manuel Corbera


—Hace semanas que en algún momento de la jornada pienso en Oscar Cortez. En mi mente se reproducen una y otra vez las imágenes del auto blindado que hacía trizas su espalda estrellándola contra otro furgón de Carabineros. Veo ese video en mi cabeza y al cerrar los ojos creo escuchar el crujir de sus huesos, los siento míos. Veinte años tiene. ¡Veinte años! Veinte años y las caderas en tres partes. Pienso en él y entre todo el asco y la rabia me entra el miedo. El miedo a de nuevo no estar haciendo lo suficiente, a sentirme lejano a la lucha. Al dormir pienso en él, en sus veinte años, en su cadera quebrada, en lo mucho que le dolerá ir al baño, en que no podrá hacerlo con comodidad el resto de su vida...


—Seguro él pensaba en Gustavo Gatica cuando se encapuchó pese a la infame ley contra los que protestan. ¿Te acuerdas de Gustavo? Él tenía veintidós. Tiene. Ya pocos hablan de él, pero te apuesto a que Oscar lo tenía en cuenta. En qué comodidad podrá pensar Oscar, con todo y su cadera quebrada, con todo y sus veinte años, si Gustavo sigue por ahí, con sus dos ojos inservibles, también arrebatados por la represión policial.


—Son héroes. Ni más ni menos que dos héroes entre los miles que dejaron su cuerpo en esta guerra. Porque a estas alturas, sí, estamos hace rato en guerra. Si un gobierno hace crecer el terror y luego tiene el descaro de salir a hablar de paz, entonces merece todos nuestros ataques, todo nuestro odio. Esta también será una generación marcada por el odio al que nos llevan los extremos. Una generación que sostendrá ante sus hijos y nietos la pena que hoy nos invade. Habrá que hacer memoria siempre, aunque nos duela, aunque hayamos querido otra cosa para nosotros. Ya no podemos elegir. Tenemos muertos, tenemos ciegos, tuertos, lisiados y torturados, violados de todas las formas en que se puede violar un cuerpo.


—Si nos duele escribir, nos duele despertar con la comodidad de aún poder escribir en vez de solo llorar, recordemos lo que este chico, Oscar, a sus veinte años y desde una camilla de la que no puede levantarse, escribió. Déjenme que les lea algunas partes: Somos el alma colectiva de la liberación, no somos de la casta política vendida, somos el espíritu del bosque nativo sobre el que hoy se encuentran los laberintos de cemento. Así empieza, luego sigue: No solo defendemos a la naturaleza sino que somos parte y una extensión de ella. Nos parte el corazón el hecho de que ella esté siendo destruida, saqueada y contaminada por gente que no quiere ver más allá de su ego y sus privilegios, la codicia y el afán de poder. Desgarrador es el hecho de que ellos sean quienes controlen nuestras vidas y delimiten lo que podemos o no hacer, que nos críen para producir y consumir, para moverle los engranajes a su máquina y así poder hacerse de más bienes para ellos y sus familias. No lo entienden, no lo van a entender, viven en una burbuja de comodidades desde la cual no pueden siquiera imaginarse el nivel de desigualdad que existe en este país y en el mundo.


—Una veintena de años y tiene las cosas más claras que la mayoría de los idiotas que sin vergüenza compran felices en los centros comerciales de moda, haciéndole el jueguito al sistema, como si no pasara nada, como si no hubieran muertos, torturados, como si fuera esta gente la que hace tiempo perdió la vista y no la pudo recuperar aun cuando otros fueron los ojos llenos de perdigones.


—Pareciera que hay que perder gente u ojos, o aunque sea un poquito de sangre y comodidad, para ver qué pasa.


—Por favor, sigue leyendo.


—Sigo. Aquí dice un poco de lo que decías: En nuestro espíritu vive la libertad de todos los caídos, las manos ásperas de mis abuelos campesinos, los poemas y cuentos que me contaba mi tata incitándome a aprender cada vez más, las extensas jornadas de trabajo de mi padre y mi madre. Y sigue más adelante, todo en lenguaje inclusivo: Cabros, somos libres y salvajes como el viento, de corazón y fogoso, llenos de amor a reventar, y por más que nos atropellen, quiten los ojos, violen, asesinen, repriman, y encierren nuestros cuerpos, aquí seguirá el espíritu colectivo de libertad, que existe en cada alma libre y sedienta de justicia para los suyos y la tierra... La carta continúa, búscala en internet completa, ayuda leerla, a mí me recordó por qué se lucha.


—Gracias. Inspira tanta verdad salida de la boca de un mártir, porque ya son mártires de esta guerra, abrazados por los miles de héroes que salen a rifarse la vida tratando de mantener viva la esperanza de... Bah, para qué decirlo. Cualquiera que lea la carta, que sepa de estos casos, o que salga a la calle todos los días y mire un poquito más arriba del yugo que le pusieron en el lomo, cualquiera se daría cuenta.


—Y si no se dan cuenta por lo actuales de estos textos que relean a Walsh, la carta que le escribe a su hija luego de que la matan. Es un desgarro hecho de palabras.


—Nosotros que aún no lo perdemos todo, tendríamos que recordar estos textos, a diario si es posible.


—Sí, nosotros... Nosotros, nosotros... Nosotros podemos recordar, pero ¿y la gente?

—La masa, querrás decir.


—Así es, la masa, ese monstruo de demasiadas cabezas, tan manipulable, hedonista y violento, tan presto a obedecer irracionalmente. A inicios del siglo XIX la aristocracia europea estaba horrorizada con lo que esa masa podía hacerles.


—Y cómo no iban a hacerlo si una revolución le había cortado la cabeza al rey, la reina, a los príncipes y hasta a sus nietos. ¿Una niña no fue violada antes de que la decapiten? ¿O la violaron después de muerta? Yo también habría tenido miedo de que eso le suceda a mi familia.


—¿Tu familia decía tener derecho divino a comandar por sobre todo el resto?


—No, y sin derecho divino supongo que también las familias de toda la oligarquía chilena y latinoamericana, con el estallido de octubre habrán sentido frío en sus espaldas.


—¿Tú crees? Muchas de esas cabezas no viven siquiera en el continente, su patrimonio está resguardado en los paraísos financieros y sus herederos en alguna islita del primer mundo, sin siquiera hablar español. El sistema los protege. Y uno puede amenazar o presionar personas, pero ¿todo un sistema económico y político? Imagino que solo amenazando a una gran cantidad de políticos, empresarios y dueños de medios de comunicación...


—Que suelen tener el mismo apellido.


—Exacto. Amenazar a las familias reales con quitarles la cabeza, algo que solo la masa puede hacer, jamás un individuo por sí solo.


—No creas, mira lo que despertaron sacrificios como los de Simón o Severino.


—Y, ya que hablamos de mártires, poco menos de cien años después de esas vidas ejemplares, tenemos esto: una sociedad en la que una pareja de jóvenes apenas mayores de edad mueren trabajando en el McDonalds y luego de unos días de cierre ya están los limeños de todas las clases de nuevo en la fila, esperando darle a ese emblema del sistema capitalista explotador un poco de su dinero. ¿A cambio de qué? Una hamburguesa que ni siquiera es barata, que ni siquiera es rica, que se sabe, que hasta ellos dicen, que hace daño a la salud y quienes se informen sabrán que toda su industria hará invivible al planeta para nuestra especie.


—¡Si nosotros tampoco somos vegetarianos!


—Pero al menos no asistimos a votar a los que controlan la industria alimentaria. Leemos, nos informamos, tratamos de estarlo, pensamos, escribimos... Ay, pero digo todo esto y vuelvo a la pregunta de siempre ¿será suficiente? ¿Walsh acaso estaría de acuerdo con estos escritos?


—Quizá lo que nos duele, lo que realmente mueve gente, es que esta verdad tenga que salir de una vida arruinada por los poderes estatales. Los chicos muertos en el McDonald que ya no se volverán a dar un beso, Walsh que ya no abrazará a su hija más que en cartas, Gustavo que no podrá ver de nuevo, Oscar que quién sabe si algún día caminará para marchar otra vez.


—Que la tristeza no te consuma la esperanza. No se nos deben atragantar los sueños entre tanta muerte. Y si sientes que te vuelve a dar arcadas esta guerra, hazle caso a Oscar, que desde la camilla escribió la carta que leímos y nos instó a seguir luchando, cada uno desde el frente que pueda, pero no podemos bajar los brazos. Si dudamos, si miramos para otro lado, si les creemos a quienes nos dicen que estos fueron accidentes, la muerte de cualquiera de nosotros, cuando vengan por nosotros, se perderá también, en ese mar de injusticia en el que quieren ahogarnos.


Ilustración: Nico Mezca