El poder asambleario de la madre tierra

Grande era su fuerza, grande era su danza.

Su fuerza eran las flores. Su danza eran las nubes.

Miguel Ángel Asturias

Hombres de Maíz

4. El poder asambleario de la madre tierra


Humberto Cárdenas Motta


Escribo a hierba limpia y las palabras se nutren de la tierra… escribo a hierba limpia buscando en las raíces los caminos que van hacia los frutos que maduran en la huerta. De silencio son los árboles frondosos que se beben la luz de las estrellas, esta luz del universo que se oculta en lo hondo de nuestras huellas. Porque solo somos tierra; porque solo somos frutos de la tierra; porque solo somos semillas de la tierra; hormiguitas que acarrean los perfumes de las flores de la huerta. Caminamos, como el Gaspar Ilóm que fue hecho de maíz; caminamos “por todos los que anduvieron, todos los que andan y todos los que andarán”; y hablamos, como el Gaspar Ilóm que fue hecho de maíz, “por todos los que hablaron, todos los que hablan y todos los que hablarán. Esto decían los ancianos del pueblo” (M. A. Asturias).


Estas palabras, estos pasos, estos silencios, tan solo son semillas sostenidas por el sol danzando en las ceremonias del viento. El universo teje. Anida el olvido en mitad de la casa para que no se mueran los recuerdos. Si nos sentamos alrededor de los fogones tejeremos la memoria con todos los hilos de los recuerdos. Los fogones son las mesas donde compartimos la memoria. Los frutos son la memoria del universo. La memoria es la tortilla de maíz con la que nos alimentamos los pueblos. En silencio volveremos. Volveremos a la casa donde anida el olvido para que no se mueran los recuerdos. Con los pasos de la lluvia volveremos. Resistiremos con la lluvia. Y las semillas volverán tejiendo surcos que dejen la ternura de sus frutos en la canasta de los sueños. Se escribe con la savia que sabe del dolor, del martirio, de la rabia de nuestros pueblos. Terribles las historias que traza el capital con las leyes alambradas de la expropiación, el asesinato, el femicidio, el genocidio, la destrucción, el destierro. Porque las leyes son las alambradas que cercan a los pueblos para su destrucción ninguneados con el olvido por la arrogancia criminal del capital.


Hay que “cortar el alambre pa´ que nadie se sienta acorralao” (José Larralde).Hay que cortar los alambres… todos los alambres… El poder asambleario de la madre tierra nos convoca: la vida fluye: el pensamiento danza. Las semillas danzan en las ceremonias del viento, como estrellas fugaces en el infinito tejido de la luz. Con los pasos de la lluvia volveremos.


Somos seres de maíz, de quinua, de papa, de sol, de montañas, de árboles, de agua, hijos e hijas de la Madre Tierra. Las semillas nos enseñan que nada tiene nombre si con el nombre no evocamos el Todo. Semilla es el nombre del universo en la palabra de los pueblos. Porque las semillas son las que nos crían; porque las semillas son las que nos crían y nos enseñan. Las semillas nos enseñan las historias del agua, y de cómo el agua va pariendo pueblos y frutos anudándolo todo con los hilos de la luz.


La luz agoniza en la memoria de los frutos; los frutos nos convocan, y los frutos expresan el poder asambleario de la luz. Y los fogones expresan el poder asambleario de la memoria de los frutos, de la memoria de la tierra, de la memoria del agua y de la luz. Alrededor de los fogones nuestros cuerpos evocan el universo. El universo teje. La vida fluye. El pensamiento danza.

El universo escucha los latidos en el pecho del niño que agoniza sobre el cadalso del destierro: desterrados sobre los mapas de la expropiación, del asesinato, del hambre, desterrados sobre los mapas trazados por los intereses del sistema mundo capitalista. La sangre derramada de nuestros pueblos hunde sus raíces en la tierra y busca el camino de las palabras para nombrar los frutos en la memoria de su nacimiento. Se lucha para nacer de nuevo. “Nuestro deber es ser intérpretes”, escribió el poeta Ernesto Cardenal; “vuestro deber –y el mío- es nacer de nuevo”, concluyó. Nuestro deber es nacer de nuevo; nuestro deber es el fluir de la vida, la liberación de la Madre Tierra, la liberación de nuestros cuerpos. Nuestras luchas anticipan las palabras de la primavera para que dance el pensamiento y se exprese el poder asambleario de la Madre Tierra. Somos el indio que baja de la montaña al valle de la civilización (Quintín Lame). Como los ríos que bajan embistiendo los escombros de este sistema agonizante bajaremos al valle de la civilización. Es ley de vida.


Humberto Cárdenas Motta

Abya Yala

Diciembre 2019, Enero 2020

Ilustraciones: Rosmery Mamani Ventura