Honestidad brutal (2001: Odisea en el Conurbano)



Por Mariano Pacheco



Era tan nítida la imagen que parecía de verdad. Estábamos, ella y yo, abrazados en un banco del Parque Lezama. Desperté como a las seis de la mañana, apenas unas horas después de haberme dormido. Todavía era de noche.

Días antes había abierto un libro de Jean Paul Sartre leído veintipico de años atrás y, sorpresivamente, allí estaba la única fotografía impresa que conservaba de Natalia. En la imagen estamos con una nariz de payasos, disfrazados, quien sabe dónde. Supongo debe ser el barrio José Hernández, donde ella se había criado, y donde vivía entonces, en ese año en el que yo también pasé gran parte de mis días allí.

La foto es de 1998, tiene que ser agosto porque recuerdo que ese día festejamos el Día del niño, pero como entonces teníamos un trabajo territorial en más de un lugar, y como buscábamos que el activismo de un barrio entrara en contacto con el del otro, no puedo asegurar que ese festejo sea el de José Henández.

Entonces tenía diecisiete años, y ella, dieciocho.

Fue un año glorioso y lleno de cambios. Con la agrupación 11 de Julio hicimos el pasaje de la militancia de Quilmes a esa zona de frontera entre Quilmes y San Francisco Solano. Seguimos sosteniendo la revista Grito de Estudiantes, con el suplemento cultural “El Roña” (por Beckerman, militante de la UES asesinado en Quilmes por la Triple A, en agosto de 1974), pero le agregamos el “Carlos Mugica”, ya que vía María –que estudiaba conmigo en el Normal de Quilmes, pero vivía en José Hernández-- pasamos a tener un trabajo territorial más intenso allí, donde ella además tenía una inserción en la Parroquia del barrio. Parroquia y revista suena un poco despampanante en realidad: la revista eran unas hojas oficio dobladas y fotocopiadas, que confeccionábamos tipo fanzine entre un armado un poco artesanal a mano (recortando y pegando textos e imágenes con plasticola) y otro poco “industrial”, con las hojas escritas en computadora que nos tipeaba y diseñana “La cristiana”, hermana de un compañero de la agrupación que era la única persona que conocíamos que tenía una computadora, y se ofreció a darnos una mano -antes de sumarse ella también a la militancia-; y la parroquia, bueno, era una de las sedes de las Comunidades Eclesiales de Base, esos centros comunitarios de reunión de los vecinos (y, sobre todo, las vecinas), que ni cura tenían, sino que eran autoorganizadas por la propia comunidad barrial.

Antes de eso –los dos años anteriores, pongamos-- íbamos a un barrio cerca del río de Quilmes a dar apoyo escolar y hacer actividades recreativas con los niños, pero sólo los sábados a la mañana. Habíamos llegado a ese lugar a través de un contacto que teníamos con el curita Luis Farinello, que había abierto allí una Fundación, pero además, nos había abierto las puertas de su parroquia para que hiciéramos en su radio un programa de rock, juventud y política, que se llamaba “La era de la boludez”, hasta que me hice cargo y le cambié el nombre por el de “La patria rockera”. El cura Luis había “guardado” en plena dictadura a compañeros montoneros, que dos décadas después nos formaban políticamente a nosotros, en pleno menemismo, mientras hacíamos las primeras armas organizativas conversando con los vecinos y las vecinas del asentamiento, que mandaban a sus hijos al apoyo escolar. A ese barrio, creo, nunca fue Natalia, aunque sí venía María, de estoy seguro.

En 1998 la lucha docente-estudiantil contra la Ley Federal de Educación entró en un cierto reflujo, así que tanto en los Centros de Estudiantes que habíamos comenzado a conformar, como en la FEQ (Federación de Estudiantes de Quilmes), la actividad ese año fue menor. La agrupación 11 de Julio, de todos modos, seguía con su propio ritmo de actividades: mucha “agitación y propaganda” (pintadas, afichadas, volanteadas, radios abiertas), sea para “reconstruir la memoria histórica” o para intervenir en la coyuntura, en pleno intento por poner en pie una juventud en y para la resistencia.

En José Hernández activamos no sólo el grupo de jóvenes en la parroquia, sino también otras dinámicas ligadas a la realidad del lugar, que incluso ya funcionaban desde antes de que llegáramos. Así nos sumamos a la “Comisión de Medio Ambiente” de la que participaban madres y abuelas de nuestras compañeras, en la lucha contra la contaminación que generaba la fábrica Massú y en mi caso (que estaba bautizado por mis padres), comencé a cursar el ciclo de encuentros que me llevaron a tomar la confirmación. ¡Alto bardo se armó cuando me dijeron que no podía salir con la catequista! Pero no lo sabía, y para cuando me enteré, ya era demasiado tarde…

Así comenzó mi vínculo con Natalia.

Incluso ese año fantaseaba con ser sacerdote, pensando en que era una buena forma de tener más y mejor prédica entre los sectores populares (“¿Y el celibato?”, preguntó una vez mi hermana, pero yo por eso no me hacía problema, ya que todos los curas que conocía de la zona tenían mujer).

Incluso llegué a representar a Cristo en un Vía crucis…

Por suerte en esa época no había cámaras digitales, y aunque sé que hay registros de ese día, las fotos nunca circularon. Eso sí: el Negro Fabio --nuestro responsable-- dijo varias veces que iba a publicarlas, dando a entender que él sí las tenía, pero al fin y al cabo nunca nadie las vio.


La relación con Natalia fue intensa y ambivalente: llena de momentos de gloria y de enormes frustraciones, pero no es de esas alegrías y tristezas de lo que quiero hablar ahora, sino de los pasadizos secretos que a veces se cuelan en nuestra memoria.

“Necesito/ escuchar tu vos/ volver a hacernos, el amor”. La canción de Andrés Calamaro sonaba dentro de mí cuando desperté, esa noche, dos décadas después de haber conocido a Natalia. Mientras intentaba volver a conciliar mi sueño, diversas imágenes se comenzaron a intercalar en mi cabeza: una de ellas fue la de Villa Corina, Avellaneda, donde viví un tiempo, y donde escuché por primera vez Honestidad brutal, cuando Pablo lo bajó y lo grabó en dos CDs, entre los tantos de cumbia villera que bajaba y grababa para que saliera a vender por el barrio. Entonces tenía 19 años y vivía con ellos (con Pablo, su compañera Flor, su pequeño hijo Juan, su perra Lola). Natalia tenía veinte, pero ese año ya no estábamos juntos, aunque hay canciones que más que por sus años de salida las registro por un determinado período, y qué duda cabe que todo eso aconteció en el ciclo inmediatamente previo a la insurrección de diciembre de 2001. De todos modos, después de que mi relación con Natalia se terminara y que dejáramos de militar en ese barrio, seguía pasando por José Hernández siempre: en ese tiempo solía ir desde Corina a Don Orione, desde la casa en la que vivía junto a Pablo y Flor hasta la de Darío, donde comenzamos a desplegar esa nueva aventura de ser parte de un Movimiento de Trabajadores Desocupados (José Hernández está situado justo entre Corina y Don Orione, y todos los colectivos que van por Camino General Belgrano recorren de una punta a otra el barrio); incluso cuando me quedaba en la casa de mi viejo, en Bernal, también tomaba un colectivo --el 263-- que para llegar a Orione pasaba por Hernández.


La imagen de Natalia se presenta indisolublemente ligada a los rostros de Vero (“La Comandanta Cuca”, de quien aún conservo el ejemplar de El principito dedicado que me regaló en aquel tiempo) y de Nico (“El Compañero Willy”, de quien conservo en mi memoria cada instante compartido entonces), pero de ellos, de nosotros cuatro, de nuestra hermosa amistad, no voy a hablar ahora.

Con el sumergimiento de nuestro pequeño grupo en la dinámica del movimiento piquetero, entre el 2000 y el 2003, todos los contactos del período anterior se desvanecieron en el aire –como lo sólido descripto por Marx en el Manifiesto Comunista--. La ruptura de nuestra organización, a fines del 99, trajo consigo la ruptura de los vínculos con todos aquellos, con todas aquellas que habíamos transitado la militancia, desde la pueblada de Cutral Có hasta la derrota electoral de Menem. Así que a Vero y a Willy los dejé de ver. A Natalia, no; siempre nos cruzamos cada tanto, durante algunos años. Aunque durante el período del gobierno de la Alianza no la vi ni una sola vez, cuando asesinaron a Darío ella se acercó hasta Avellaneda, a una de las actividades que hicimos por esos días, y nos dimos un fuerte abrazo y cruzamos unas miradas al pasar. Creo que fue en la marcha del 3 de julio, cuando nos movilizamos bajo la lluvia desde el Puente Pueyrredón hasta la Plaza de Mayo. Estoy casi seguro que fue ese día, porque la siguiente vez que nos cruzamos ella me recordó que me había visto en el programa de Lanata, cuando fui junto a Néstor Pitrola (del Polo Obrero) a dar cuenta del proceso que estábamos atravesando. Y al programa del gordo fui en la noche de ese 3 de julio de 2002.

Después vinieron los años kirchneristas, y con nuestros antiguos compañeros casi ni nos cruzamos. Ellos en el gobierno, nosotros sin saber muy bien qué hacer, tomamos nuestras posiciones coyunturales como declaraciones de principios a partir de las cuales se nos hacía muy difícil conversar. Natalia, de todos modos, después del menemismo ya no volvió a militar. A Willy, por años, no lo volví a cruzar. Creo que la noche en que murió Néstor Kirchner, y que Pablo me pasó a buscar con su auto para ir juntos a Plaza de Mayo a ver qué pasaba, nos cruzamos todos en alguna esquina.

Después que dejamos de vernos con Natalia la sociabilidad comenzó a cambiar a ritmos acelerados: primero apareció messenger en las casillas de correo de hotmail, luego de yahoo y gmail, y más tarde, facebook; nuestras vidas comenzaron a tener nuevos vínculos, pero también, numerosos reencuentros. En 2011 comencé a publicar en un blog (¡otra novedad después del fotolog!) breves notas con la historia de los montoneros silvestres que había comenzado a investigar en 2003, retomando relatos que venía escuchando desde 1996; en 2013 me mudé a Córdoba, y en 2014, la historia de los montoneros silvestres fue publicada como libro. Entonces ya había dejado la organización que contribuí a formar en 2004 y mis antiguos compañeros de los noventa –entonces en el Movimiento Evita-- comenzaron a sostener posturas críticas frente al kirchnerismo y a decir que había que escribir el segundo tomo, que había muchas cosas por resolver, que el cristinismo sólo no podía. Así que la salida del libro, en ese contexto, fue una buena oportunidad para el reencuentro. De Natalia hacía años ya que no sabía nada. Mis últimos cruces por messenger con ella me habían dejado perplejo: siempre había sido de fabular, y de hacer cosas locas, pero sus comentarios de entonces me parecieron disparatados, y creyendo que me estaba tomando el pelo le dejé de contestar los mensajes. Que casi se quedaba ciega, que había contraído malaria en África, que andaba por no sé que remoto lugar del mundo... No le creí nada, y hasta me dio un poco de pena escucharla (leerla en realidad) decir esas cosas; y un poco de rabia también.

Nos habíamos amado tanto...


La historia de los montoneros silvestres nos permitió volver a reencontrarnos todos, después de tanto tiempo: la banda de Avellaneda y la Quilmes; Cacho, Beto y Lila…. El Comandante Tito, no (ya estaba mal para ese entonces, y moriría tiempo después).

Willy seguía siempre firme junto al Negro, nuestro responsable durante los primeros pasos en la militancia en Quilmes. El libro se presentaría en Avellaneda, pero los quilmeños también se había comprometido a asistir a la actividad.

Recuerdo que una noche de ese invierno de 2014 estaba en la redacción del diario El Argentino--donde trabaja en Córdoba, desde 2013-- cerrando la edición, cuando recibí un mensaje de Willy por facebook.

Hablamos trivialidades, de lo lindo que sería reencontrarse toda la banda otra vez y no sé que otras cosas más.

—¡Che, vénganse a hacer el aguante he!

—Sí bolo, vamos. La semana pasada lo crucé a Facu justo, ahí cerca de la cancha de Quilmes. Le conté del libro, me dijo que iban a ir con los pibes de la banda del Comandante Tito, ¿te acordás?

—¡Cómo no me voy a acordar! Ese hijo de puta aún me debe un sombrero de Tuqui, la loquilla de mi ex novia…

—...

—¡Qué lindo va a ser verte Willy!

—Si, hace mucho no nos cruzamos

— ¿Sabías que Natalia se murió?

— Creo que la última vez que te vi fue en Plaza de Mayo, con el quilombo de la 125

— ¿Qué?

— ¿Me estás jodiendo?

¿Natalia se murió?

—No, boludo.

Se murió de muerte súbita.

Yo me enteré el año pasado por Vero...

—Ahhhh

—Pobre mina, se había agarrado malaria en África, y no se que más.

Después se corto las venas en el tren, hace como 6 meses atrás.

Y a fin de año le agarro muerte súbita y palmo…

—¿Y ahora cómo está?

—Se murió, boludo, se murió.

—La concha de la lora, bolu, estoy en medio del laburo, haciendo varias cosas a la vez.

No te había entendido, no sé, o no quería entender, ¡no te puedo creer!

—Lamento darte la noticia loco.

Dale que se te haga leve.

Te mando un fuerte abrazo loco, y espero a que nos veamos pronto...


Desplazamiento y condensación.

El día y la noche que se cruzan junto con el sueño y la vigilia.

Estoy como drogado, pero sólo es el efecto del sueño (el sueño que tengo mientras estoy despierto, el sueño que tuve mientras dormía).

La imagen del sueño es muy similar a la última noche que pasamos juntos con Natalia. Fue en marzo de 1999. Estuvimos toda la madrugada en el Paque Lezama, intercalando caminatas con abrazos, parados y apoyados en algún árbol, o sentados en un banco, donde el amanecer nos sorprendió entre los últimos apasionados besos que nos dimos, antes de patear hasta Constitución, en esa odisea que implicaba tomar el primer 148 que partiera rumbo a Solano.

Ese año terminaría nuestra relación, el gobierno de Carlos Saúl Menem y la etapa “juvenil” de nuestra militancia. Transitábamos los pasadizos secretos de la historia previa a la insurrección de diciembre de 2001. Esperábamos el bondi fumando y conversando, por momentos, y abrazados en silencio por ratos. No había apuro, más allá del cansancio. Teníamos la vida por delante.

O eso, al menos, creíamos entonces.


*Adelanto del libro de relatos 2001: Odisea en el Conurbano (en elaboración).