Cosecharás tu lucha – Primera Parte


Hay diferentes formas de encarar una etapa de crisis y un período de lucha. Diversos modos de planear estrategias a mediano y largo plazo que sostengan objetivos y convicciones por igual. La Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) supo hilvanar en diez años de existencia, esas cuestiones tan complicadas, tan relativas, en un país a veces, inexplicable.


Por Santiago Somonte


En los caminos paralelos que surcan la vida de quienes integran la organización, está el común denominador de modificar el estado de cosas. Senderos distintos en los orígenes y las clases sociales, pero unificados a pura templanza, esquivando los obstáculos clásicos hechos de burocracia, inflación y represión, por nombrar tres componentes habituales de nuestra realidad. Organización y lucha.


La historia de Zulma Molloja y Estela Miranda, no se parecen en principio a la de Facundo Etcheverry. Compañerxs de la organización que cuentan sus historias, enlazadas por la construcción colectiva. Nacida en Bolivia, Molloja pasó su infancia y parte de la adolescencia con su familia en Alto Comedero, cerca de San Salvador de Jujuy, en la producción de lechuga y frutilla. Una vida con magros jornales y días de larguísimas horas bajo el sol. Madre, padre, hermanxs, todxs trabajando. Desde entonces supo que nada sería fácil: un devenir siempre incierto, en el que ella y los miles de trabajadorxs golondrina alrededor del país, -sobre- viven. Una situación parecida vivía Miranda, nacida en Monterrico, Jujuy, trabajando en las plantaciones de tabaco con su compañero de vida. Desde joven supo que “quería salir”: dejar de ser medianera por una comisión miserable. Liberarse del yugo diario, progresar, trabajar la tierra sin ser explotada.


En 2009, Zulma y su familia, bajaron a Buenos Aires en busca de un mejor empleo. Alentadxs por su hermana, también llegada desde Jujuy, se instalaron en Abasto, una zona que entrelaza sectores comerciales y semi-rurales en el Gran La Plata. Tiempo después llegó Estela con su pareja. Sin conocerse, atravesaron los primeros años trabajando en las cosechas ajenas. Lo vivido en la inestabilidad del noroeste argentino se reproducía en la capital bonaerense: malos tratos de los dueños de campos, viviendas precarias y bajísimos ingresos. Sin descanso. Un estado de semi-esclavitud en pleno siglo XXI.


Hace algo más de dos años, Etcheverry ideaba junto a un grupo de amigos, “un canal de venta directa, sin intermediarios”, en Luis Guillón. Desde el enorme galpón de Valentín Alsina, Lanús, uno de los frutos de la cosecha de la U.T.T. recuerda el punto de quiebre que colectivizó aquel momento: “Al principio, traíamos una camioneta con veinte, treinta bultos de verduras cada dos días. Se fue generando un vínculo entre los vecinos de zona sur y los trabajadores de la tierra de La Plata. Con el crecimiento surgieron relaciones con organizaciones de distintas provincias. Trajimos cítricos de Entre Ríos, manzanas y uvas de Mendoza, y nuevas variedades que nos permitieron aumentar las ventas, ampliar el público. Ahí decidimos abrir el local de Almagro…”, cuenta Facundo, un viernes caluroso, rodeado de cajones apilados a su alrededor y compañeros que van y vienen con carretas largas y pesadas, cargadas de verduras que bajan de los camiones estacionados en las puertas del centro de abastecimiento.


Mientras Etcheverry y decenas de compañerxs se integraban a la organización, la inflación crecía abruptamente y la recesión económica parecía no tener freno. Inclaudicables, Molloja y Miranda apostaban por una independencia parcial: transitorios alquileres de una hectárea en Abasto para una producción propia. “Una posición”, como se la conoce en la jerga rural. Ese objetivo implicaba una inversión extra: además de pagar el arriendo mensual al dueño de las parcelas, debían autofinanciarse el armado, de la quinta: lonas, postes, semillas, instalación de luz para riego…. La idéntica situación que atraviesan aún hoy, muchas de las doscientas familias del Gran La Plata que militan en el colectivo. “Hoy en día alquilo, y puede decidir qué producir, cómo curar. Ya no dependo de un patrón que me diga cómo trabajar y me envenena con los químicos…”, destaca Miranda en una suerte de catarsis, un alivio que se reproduce en cada sitio donde la organización tiene presencia; donde hay un campesino que se libera de las viejas prácticas que sólo favorecen a los propietarios de los campos.


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El Verdurazo en la plaza de Constitución, en febrero de este año, fue una bisagra sustancial para la UTT. La represión, insólita y feroz de la policía de la ciudad de Buenos Aires, rociando con gas pimienta los alimentos y atacando con balas de goma a integrantes de la organización, mientras se viralizaba la imagen de una anciana recogiendo una berenjena del piso rodeada de uniformados, pintó la situación imperante en la alicaída economía nacional. Ciudadanxs buscando precios bajos en un espacio público y las fuerzas de seguridad atacando a todxs por igual. A partir de allí, el Ministerio de Desarrollo Social del gobierno macrista, con quien mantenían un diálogo fluido, dejó de responder los llamados de la organización, que replicó el Verdurazo en otras plazas del país, ya sin excusas burocráticas que justifiquen represiones, ni agoreros del prime time ávidos de mano dura para voltear manifestaciones desde las pantallas. “No vamos al conflicto de cortar una calle… tratamos de generar una idea más creativa, con el público, con la persona que está en la calle. Es una forma de mostrar la realidad, la problemática que hay en las quintas. El precio de diez pesos con el que vendemos, es el que muchas veces pagamos la jaula completa de verduras”, explica Facundo, marcando la necesidad de los productores de cobrar un precio justo.


En la constancia de cada Feriazo luego de aquella represión, la UTT encontró mayor repercusión, más venta en los almacenes: “Ese paso nos dio mayor posibilidad de responder las demandas de las quintas y animarnos a abrir acá”, recuerda Facundo. Las trabas impuestas por la municipalidad de Lanús no le permitieron abrir el espacio para la venta directa con precios mayoristas. Avances y retrocesos que no declinan el paso firme de la organización.


¿Cuáles son los métodos de la UTT para aunar comercio justo y crecimiento colectivo? Un aceitado funcionamiento interno que va desde la cosecha en las quintas al centro de abastecimiento o los locales comerciales, con la sola intervención del camionero que la transporta. ¿Con qué costos? Ambas transacciones se dan bajo un común acuerdo multiplicando las pobres ganancias antes percibidas: un productor ganaba una décima parte del precio estipulado en el mostrador de cualquier comercio. Esta operación que se lee y quizás piensa de un modo simple, “pueblerino”, es el corolario de años de lucha. Una suma de factores que surgen de la organización democrática y horizontal: el precio lo discuten y votan lxs productorxs en asambleas cada seis meses. La organización se esfuerza por coordinar y financiar la logística, al servicio de lxs trabajadorxs de campo adentro: aquellxs como Zulma y Estela que han resistido atropellos y maltratos junto a sus familias, motorizaron un enorme cambio, junto a una construcción colectiva, novedosa y en franco crecimiento: la mitad más una de la provincias argentinas cuentan con la presencia de la UTT en sus territorios.



Agroecología, un cambio de paradigma definitivo


Hay un aspecto fundamental, una condición inalterable, innegociable, que atraviesa a toda la organización: la agroecología como forma de producción saludable. “Queremos generar un consumo consciente; que la gente empiece a saber lo que consume y quién lo produce”, señala Etcheverry. Para ello, comenzaron desde cero, ensayando una pequeña producción de tomates, sin echar fungicidas o herbicidas. Luego generaron bio-insumos, preparados naturales, para controlar a los insectos sin matarlos, con la producción convencional. “Hoy, cada vez más familias se dan cuenta que este sistema de comercialización funciona. Ya saben cuánto van a ganar por lo que tienen en el invernadero”.


A contramano de las producciones gigantescas apiladas en camiones, barcos o silobolsas según las variables del billete verde, lejos incluso, de las pizarras pintadas a mano en las verdulerías de cualquier barrio o pueblo, las frutas y verduras de la UTT son el proceso consciente y sin agrotóxicos. Un camino costoso donde técnicos-militantes, capacitan en las quintas a familia de productorxs, que en algunos casos duplican su edad. El cambio de paradigma, que valga el juego de palabras, rinde sus frutos. Ese traspaso, el convencimiento por los modos de trabajar la tierra, es también un paso racional que pone en jaque todo tipo de especulación –venenosa-, que evita cualquier riesgo mortal: “Mi cuñado estaba curando con veneno, supuestamente ´para el bicho´, y se le internó acá…”, recuerda Molloja señalando uno de sus brazos. “Se infló, enseguida se desmayó y empezó a convulsionar (…), a partir de ahí dejamos de usar químicos”. El patrón le había pedido que “curara” hasta los postes de madera que sostenían el invernadero. “Eso no tenía que estar en circulación! Si eso llegaba a una persona directamente lo mataba…. ¿Y de quién iba a ser la culpa, de nosotros o de la agroquímica…?


Preguntas con respuestas obvias, cuestiones que preocupan y movilizan a la UTT, entre tantos dilemas preestablecidos lejos de los espacios de poder. Con el respaldo de las instancias de discusión interna y objetivos trazados a fuerza de voluntad propia y vigor colectivo, continúan las compañeras narrando sus experiencias transformadoras…