Diario de los desapasionados: Crítica de “Miserere”, de Francisco Río Flores


Por Lea Ross


Un documental ficcionalizado, donde persigue seis historias de taxi-boys, que habilita un intercalo entre la ironía y el aprecio.


La cuestión de la prostitución es un debate que todavía caldea fuertemente los entretelones discursivos en los debates contemporáneos referidos a la temática sexogenérica. Pero en lo que se reduce a la prostitución masculina, normalmente es referenciado como un microambiente de excepción, como una situación aislada y casi de incógnito. Miserere no pretende saldar ni aportar esas discusiones, pero su narrativa permite quebrar con ese aislamiento, muchas veces despejada por la rosca.


La película configura un espacio geográfico tan definido como lo pauta el título: la estación de Once en la plaza Miserere. Su primera secuencia –concluyendo con el infaltable movimiento del tren- pareciera tener una función de ironía: transcurre de noche, casi despoblada y con la presencia de un par de prostitutas, aparentemente femeninas. Pero en todo el metraje, el cielo está a plena luz, con un permanente movimiento de transeúntes, y una proliferación de mercados y comercios dispuestos a sacar provecho esa marea que cumple su deber civil de consumir.


Allí es donde la cámara acompaña (hasta podríamos decir, casi de metiche) a seis jóvenes “taxi boys” buscando la vuelta para conseguir clientes. Y si bien se trata de testimonios “reales”, la película utiliza una plétora de recursos ficcionales llevando lo documental casi como un registro del ambiente de decoración. Los diálogos son reemplazados por las voces en off de los chicos, donde no solo apreciamos sus percepciones, deseos y vivencias, sino incluso relatando en tiempo presente sobre determinados instantes que transcurren en las escenas, dando la pauta de un trabajo gradualmente puntilloso en el guión.


A esto se le suma los cortes de plano-contraplanos, que otorgan no solo una perspectiva dinámica que privilegia lo que miran los personajes, sino también un punto de interés ante esos rostros que desencadenan dudas, sobre todo cuando no consiguen pescar a nadie.


Los momentos en que las pijas aparecen en el campo visual, ya sea en los mingitorios del baño o en el interior de un cine porno, son los picos de mayor tensión ante la definición de género propia de la obra. Lo que por un lado puede desencadenar el escepticismo sobre su propia funcionalidad ante la duda de que se trate de un registro “real”, por el otro la propia definición estética, que es ética, lleva a que los miembros viriles tengan su propio peso, a la hora de desmenuzar el peso del sentir de esas criaturas que eligieron ese modo de vida, en detrimento a la moralina que otorga la impunidad de la elipsis. Incluso, en un momento en donde dos personajes se meten en la habitación de un hotel, la cámara se posiciona en el pasillo, frente al encierro, y a la vez que se enfoca en la empleada limpiando otras habitaciones. Pero inmediatamente después vemos, a los mismos quitarse la ropa para concretar el acuerdo pactado.


Y es que Miserere busca llevarnos por esos rieles silenciosos de la conformidad objetiva etnográfica, para luego desviarnos hacia rumbos donde lo más pacato se incomoda. El corte directo entre una proyección de un coito en una proyección pornográfica con la preparación asada de hamburguesas parece ser una norma más que una excepción.


Pero lo lúdico no necesariamente banaliza su tema. Frente a éstos jóvenes, que viven en la calle, que tienen una hija que mantener, que son multirubros, que dudan sobre cómo seguirán para el día de mañana, hay un fuerte aprecio ante estos personajes y una notable relación tácita de confianza con los que se posicionan por detrás de la cámara. Es básico en todo documental lo “real” de ese acuerdo mutuo, pero muy raramente se lo puede “sentir” durante la proyección.


Tierna, apacible e insolente, Miserere pretende ser un reflejo de un ecosistema perceptible pero ninguneado. Un ejemplo que con una exploración aguda se encuentran historias ocultadas, incluso por aquellxs que dicen luchar por un mundo mejor.