Punta Querandí, navegando contra el olvido y la marginación – (Segunda Parte)

November 12, 2019

 

 Por Santiago Somonte

 

Sobre el márgen del Río Luján la reserva arqueológica y ambiental sigue resistiendo contra los megaproyectos inmobiliarios rescatando las cultura de los pueblos originarios.

 

Hay una pausa en Punta Querandí a la espera de Marcelo Valko, psicólogo, escritor y viejo conocido de lxs habitantes de la comunidad. Se cierran las ventanas del salón principal, hecho de paredes de madera y piso de tierra, para que todo quede a oscuras. Allí se proyectarán imágenes de su nuevo libro: Pedestales y prontuarios: arte y discriminación desde la conquista hasta nuestros días. Afuera, se levantan las sobras del almuerzo, lxs visitantes recorren la hectárea vitalmente verde, y quizás, en algún rapto fugaz, en un efímero dejavú mental, viajen al pasado: al margen de las vidas signadas por la cultura occidental, tal vez puedan ver en este rincón del peri-delta, un lugar hermosamente salvaje, torrentes de agua surcando campos eternos, y alguna barcaza navegando por canales sin rumbo, entre comunidades viviendo en paz. Idealizaciones al margen, la vida de lxs pueblos originarixs era realmente libre, en muchos casos nómade, con un sentido ecológico miles de años antes del propio concepto y sus variantes interpretativas. En todo caso, lo idílico es lo que se ofrece en las pantallas y carteles camino a Punta Querandí, sin contemplar sacrificios personales y colectivos, para alcanzar los niveles de confort que bajan desde los anuncios.

 

 

“Nací en el Chaco, mi viejo tenía el oficio de maestro carbonero, pero había poco laburo, entonces trabajaba como peón golondrina, en las carpidas, en las cosechas, en los obrajes… Cuando uno nace en el monte, vivir y moverse hacia otros lugares es complicado”, cuenta con voz pausada, Santiago Chara de 57 años. De cuerpo fornido y mirada calma, indaga en el largo camino recorrido con su familia. “Me enteré hace poco”, cuenta al repasar la historia enlazada con los ancestros, completada con la ayuda de Fabián Romitti, un historiador santafesino: el impulso necesario para bucear en la memoria perdida, objetada por los genocidas de ayer y oculta por la educación oficial. “Vengo de un linaje muy antiguo de caciques. Mi tatarabuelo fue Juan Chará, cacique en San Antonio de Obligado, Santa Fe. Tiene un monumento en la plaza principal. Fue reducido junto a su tribu por el coronel Obligado. El 80% del pueblo lleva el apellido nuestro…”. En tanto, la comunidad de Benavídez de la que es cacique Santiago, lleva el nombre de Ramón, hijo de Juan, es decir su bisabuelo.

 

En el medio de tantas historias, de al menos siete generaciones, hubo explotación y sufrimiento; diásporas obligadas y discriminación. También, la segregación impuesta por “la cultura blanca” que los marginó, anulándoles la posibilidad de hablar en lengua qom, y que en el largo camino para realzar definitivamente su identidad, les quitó entre tantas otras cosas, la tilde en la última vocal de su apellido. “Eramos diez hermanos, ahora sólo quedamos tres. Viví el sufrimiento desde chico, porque no habitábamos en comunidad. Mi padre se había alejado porque no tenía laburo. Sufrió mucho la discriminación, y se perdió en el alcohol y el cigarrillo, pero nunca nos dejó sin comida; se dedicó a trabajar. Siempre se reconoció como indio y nos pidió que nunca olvidemos nuestra raza”. Promediando la última dictadura militar, cuando cursaba cuarto año de la secundaria en Escobar, Chara viajó a La Leonesa, pleno campo en el norte chaqueño, convocado por su abuelo, que le había garantizado trabajo y tierra. Al llegar, había perdido todo. Con dolor y las urgencias más elementales acuciando cada jornada, hubo que empezar de vuelta: “Es muy dura la vida en el campo, la persona que lo vivió, sabe de lo que hablo. Trabajaba toda la familia, de sol a sol y nunca alcanzaba la plata. El colono nos explotaba…”

 

Hubo que trazar nuevas “estrategias”. Santiago viajó en busca de dinero y ayuda en Benavidez donde había pasado parte de su infancia. Así lograron financiar la partida del resto, buscando otros destinos, siempre ligados al trabajo en las cosechas. Al regreso consiguió trabajo estable en la empresa Durlock en 1980, aunque rápidamente resalta: “Siempre me gustó la libertad, andar libre”. Desde hace muchos años conformó su propio camino trabajando en obras junto a sus hijos, a los que se sumaron con el paso del tiempo algunos de sus nietos.

 

 

 

Recordar aquella re-instalación en la periferia del Delta, es parte del contraste de su vida. “Siempre fui pobre, pero estoy agradecido por la vida que tuve. Esta zona la conozco desde muy chico. Acá pescábamos ranas, anguilas… navegábamos. Era muy distinto…”. La marginación histórica aflora tal como enfrente han crecido las casas del barrio privado: “A mi padre lo han discriminado, le tiraban gomerazos, le decían indio de mierda (…), ningún compañero mío de la secundaria vino a visitar Punta Querandí”, cuenta sin perder el ánimo, consciente de lo vivido y también de lo que falta tanto en el territorio que habita con lxs compañerxs de la comunidad, como a quienes representa como cacique en Benavidez: una manzana grande de 150 metros de lado en la que habitan más de ochenta personas de doce familias. “Estamos hacinados, los chicos han crecido y ya no tenemos lugar”, asegura mientras los pájaros no dejan de cantar y otro grupo cruza en bote, hacia ese terreno de menos de dos hectáreas donde el cacique, sencillo y luchador, encontró ayuda para su comunidad y un espacio para continuar aquella historia trunca:

 

“Estaba una tarde pescando con mi tío y un grupo nos invitó a un ritual que incluía el entierro de una placenta. Participé y desde ahí no dejé de venir. No quiero dejar de venir”, enfatiza Chara. “Acá nos dieron una mano grande con nuestros reclamos. Somos parte de las 18 comunidades reconocidas entre qom, kollas, mapuches y querandíes, que hay en Buenos Aires. “Hace un tiempo iniciamos el pedido de tierras al municipio de Tigre, para poder mudarnos”, explica ahondando en el presente que trasluce como en toda historia de los pueblos originarios, una larga espera que lleva siglos de destierro. La obtención de becas de estudio, el reconocimiento –parcial- en algunas ayudas puntuales de parte de organismos oficiales, son parte del camino, burocrático y tedioso, de quienes en realidad, son lxs herederxs de estas zonas ribereñas.

 

De espíritus y cruces

 

El concepto de ecología antes de la llegada del conquistador, estaba sostenida por el respeto a la tierra, a la Pachamama en la Abya Yala pre-hispánica, una premisa intrínseca al entorno natural y arraigada en las fuertes creencias espirituales. Lo que vino después fue la colonización cultural, política y religiosa, a través de la fuerza: un genocidio tan grande como Latinoamérica que lxs originarixs y afrodescendientes siguen padeciendo.

 

“Creo en Dios, leí la biblia dos veces. Me tuve que adaptar a la iglesia porque era una obligación del Estado. Es una imposición que vino del otro lado del mundo, de los grandes poderes”, describe Chara, y rápidamente alude a seres etéreos, que rondan la comunidad. Cuando se perdía por las noches en zona de animales salvajes, como pumas o yaguaretés, o debía encender fogatas alrededor de su rancho para espantarlos, hasta este presente rodeado de construcciones confortables, nunca dejó de orar a su modo y también de invocar a aquellos seres que pululan por el aire de Punta Querandí: “El espíritu de los ancestros están constantemente por acá. Lo podemos percibir en los perros, las aves o en la cara de un niño, que es lo más inocente. Cuando me pregunto acerca de quienes somos y por qué estamos en este mundo, obtengo la respuesta en los espíritus”, asegura y ejemplifica. “Para el último Inti Raymi precisábamos madera y teníamos poco tiempo. Pronto apareció un cortador y después una camioneta con leña. Es la fuerza de los espíritus que están abriendo el camino. Por eso estamos acá”.

 

 

 

La llegada de Marcelo Valko apura las charlas y recorridas por la biblioteca, la Maloka, y el dos veces reconstruído Opy: lugar sagrado para lxs guaraníes, pero no para aquellos que lo han destrozado. Paradojas que describen una maldad que no surge precisamente desde la pobreza tantas veces estigmatizada desde los espacios de poder, sino por el individualismo y la “buena vida”.

 

Victorias entre opulencia y esquizoides

 

“Esta es la escuela Estanislao Zeballos, también su nombre figura en clubes, calles, estaciones de tren…, pero Zeballos era nuestro gran coleccionista de cráneos (…). Él cuenta todo, léanlo, esto lo dejó en Viaje al país de los araucanos (…). Esto era un cepo para pies en 1580, lo dibujó un indio, Guaman Poma, en Perú… Esto es Araucanía, en el siglo pasado. Es un mapuche que está en el mismo cepo, y miren que interesante: el mapuche en el último gesto de resistencia, le quita el rostro al fotográfo…”, relata Valko, acompañando con palabras, las imágenes lapidarias, producto de siglos de matanzas y esclavitud. “Miren el mismo cepo!. Esto es en el noroeste argentino, para 1940…”. Hay unos segundos de silencio entre las proyecciones. Valko aporta datos de época, aunque el paso del tiempo no haga diferir demasiado los métodos tortuosos. “¿Saben que quería esta gente?, no cobrar con chapitas… Los ingenios del noroeste le pagaban con chapitas y ellos querían cobrar con plata… Entonces los encepaban…”, exclama con ironía el escritor en esta presentación de Pedestales y prontuarios: arte y discriminación desde la conquista hasta nuestros días, un libro ineludible para entender el simbolismo de la opresión. “Es al menos esquizoide”, concede con una definición psicológica o una aproximación “suave” a tanto exterminio.

 

 Sólo el ruido del proyector o algún celular sonando esporádicamente alteran la quietud del salón de Punta Querandí. Una por una, las fotos de distintos monumentos y esculturas plasman la supremacía blanca y eurocentrista sobre lxs originarixs: todas, absolutamente todas las reproducciones del colonizador reflejan el dominio. Desde arriba o adelante, pisando cabezas, apuntando con bayonetas o espadas, lanzando rayos desde un vitral de una iglesia, o simplemente con nativos pidiendo clemencia a un conquistador que los desaira con mirada esquiva o gesto adusto, las imágenes repiten la superioridad abiertamente volcada en cada espacio público. De Catamarca a Bariloche, de México a España, instituciones como el ejército o la iglesia católica se imponen a través de estos simbolismos nada inmóviles, que diseñan y –re- construyen a diario una memoria distorsionada de la verdadera historia. En cambio, reproducen lo leído en manuales, cátedras y por decantación, aquello que afirma gran parte de la población en cualquier charla informal acerca del origen y cultura de su propio país. Vestigios de la colonización.

 

Sobre el final, dos adolescentes originarixs exponen sus vivencias en sus colegios secundarios. Van desde la construcción distorsionada del continente en su carácter social e histórico, hasta la discriminación que sufren, explícita o solapadamente. Comentan la objeción que han hecho en las clases, interpelando a docentes y compañerxs por igual. De ahí sale el intercambio de opiniones y la alusión obligada a quienes propiciaron parte del genocidio indígena, “más allá de la frontera”: Roca y Sarmiento, artífices del aplastamiento sistemático de los pueblos nativos, de gauchos y morenxs, formadores ideológicos acompañados de acólitos propios e investigadores extranjeros, ávidos de analizar cráneos, cuerpos y comportamientos de aquellxs que, por ejemplo, navegaban a unos metros de donde debate esta treintena de personas atravesadas por mestizajes, crisis económicas, mudanzas obligadas, en definitiva, por el sistema que llegó desde miles de kilómetros a estas tierras al sur del sur.

 

 

 

A ellos hay que apuntar, afirma Valko a la hora de reconstruir la historia, tal como llevó adelante con su amigo, el irremplazable Osvaldo Bayer, a través del libro Desmonumentar a Roca. O tal como hacen lxs mapuches todos los 25 de cada mes en el propio lugar donde se erige la figura del genocida, sobre la diagonal del centro porteño que también… lleva su nombre.

 

Tras media hora de debate y tanto horror observado en las proyecciones, se charla en forma distendida en la puerta del salón. Hay buenas nuevas oteando el horizonte de Punta Querandí: El primer reentierro de un esqueleto de mil años de antigüedad, profanado del otrora sitio arqueológico Arroyo Garín, será un disparador de otra serie de reivindicaciones, como la normativa para proteger los humedales, a través de una inminente aprobación en el Concejo Deliberante de Tigre, creando así, el Distrito de Gestión Especial Planicie del Río Luján, tras más de diez años de lucha. Un largo camino que incluyo manifestaciones, cortes de ruta y por sobre todo, un proceso de interacción con vecinxs que se sumaron a la causa. Además, obtener el reconocimiento de la propiedad comunitaria indígena en Punta Querandí, mediante la aplicación de la ley 26.160, que ordena el relevamiento territorial indígena a cargo del INAI (Instituto Nacional Indígena), aún pendiente, y por otra parte, aguardar que el municipio les asigne la tierra a título comunitario: pequeñas grandes reivindicaciones en tiempos de capitalismo salvaje o egoísmo tilingo.

 

Luego de unos minutos, empiezan las despedidas y grupos de cinco o seis personas se acercan al río para cruzar en el bote hasta la otra orilla. La tarea de habitar y profundizar la lucha de parte del colectivo de Punta Querandí, lxs encontrará en cada lucha por el territorio de otras comunidades hermanas diseminadas por todo el país, recibiendo o visitando espacios educativos, gestionando ante autoridades municipales y provinciales, la plena validación de todos los reclamos para que la memoria de lxs originarixs no quede pisoteada por intereses económicos. Nunca más.

 

 

 

 

 

 

 

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