Charlas del Monte XCI

Los puentes sobre la bendita grieta


Por Tomás Astelarra


Los que me conocen lo saben, pero por las dudas voy a volver aclararlo. Nací con todos los privilegios: hombre, blanquito, gringo, descendiente de europeo y patricios, clase alta, familia bien, no solo por su posición dizque económica (luego entendería que la economía es otra cosa) sino también por sus valores éticos y espirituales, por su bondad y buen humor, por los valores que me inculcaron y que, paradójicamente, me llevaron por otro camino donde, buscando la “verdad”, me fui alejando de su mundo. Quizá perdiendo privilegios, quizá ganando otros, como el tiempo libre o la posibilidad de caminar tranquilo por barrios de mala muerte, poder conocer ciertas realidades que en la lejanía de los vidrios polarizados y los alambrados que protegen los countrys, es medio difícil imaginar.

Si bien la vida me fue dando una diversidad de afectos de diversos mundos y lugares, también tuve el privilegio de mantener esos vínculos afectivos con mi mundo de origen más allá de las diferencias políticas o ideológicas. Aprendí a no hablar de ciertas cuestiones, proponer en vez de denunciar, mostrarme feliz en mi pobreza y no rabioso e indignado con la pobreza de otres. Lo aprendí de las pueblas que, con menos privilegios que yo, siempre portan la alegre rebeldía.


Cierta vez de viaje en Buenos Aires me escribió un viejo amigo de la escuela y la universidad privada. “Tomi, vi en el fb que estas en Buenos Aires, me gustaría hablar con vos. ¿Me das un teléfono?” El llamado fue realmente desopilante. No acababa de reconocer la alegría de escuchar la voz de este ex cantante de banda de rock ahora devenido economista empresarial cuando me dijo: “Tengo dos malas noticias. La primera es que perdí la pierna en un accidente. La segunda es que estoy trabajando para el gobierno de Cambiemos”. Me cagué de risa, hablamos un rato y concertamos una cita en la cual él quería profundizar en algunas cuestiones que me veía publicar en el fb sobre los movimientos sociales y la economía comunitaria. “Es que”, me dijo, cual mosca en la sopa, en un bar militante de Congreso, con impecable traje y pelo rubio, mientras lo esperaba su chofer en la puerta... “Es que”, me dijo, “estoy empezando a trabajar para mejorar la situación de la gente en las cárceles, las villas... el otro día por ejemplo le conseguí custodia policial a unos chicos de ingenieros sin frontera pa' que entren a la villa 31”. Le respondí: “En el palo en el que me muevo, si necesitan policía para entrar a un barrio es que estas haciendo mal su trabajo”. Y así miles de situaciones.


Así como algunes pensamos que el problema a solucionar es la riqueza y no la pobreza, la ignorancia a solucionar a veces es la de los ricos y no de la de los pobres. Pero a veces es muy difícil entrar en ciertos debates. Sobre todo en esa ecuación que dice que consumo es igual a extractivismo que es igual a muerte. Que las empresas y gobiernos son criminales. Que la cana es narco. El machismo: tema difícil. Y la meritocracia, la mayor fake news de este sangrante presente positivista, rondando todo el tiempo el análisis. Pero si uno entra por el lado de la ecología, la espiritualidad, el consumo responsable, el cuidado de les niñes, el respeto a las diferencias…

De todas maneras esta última vuelta, poquito antes de las elecciones, me sorprendió que tan difundido estaba entre mis amigues de clase media o media alta la idea de que capitalismo era un modelo extinguido. Algunos hasta comenzaban a sospechar del estado y los gobiernos y las empresas. Abrían los ojitos asombrados cuando le contaba los proyectos de economía social de la CTEP o la defensa del bosque nativo en Córdoba o la apertura de nuevos locales de Humano en Traslasierra. No sé por qué de pronto sentí que pasé de ser un jipi colgado que estaba desperdiciando mi vida a un referente de otro mundo posible. Incluso en mis vueltas tomé un café con una funcionaria macrista que después de cuatro años de gestión estaba indignada con ciertas acciones del gobierno y que había defendido el trabajo en su oficina de empleados públicos de La Campora, y que creía que el país se cambiaba con pequeños actos y en comunidades. O un empresario petrolero que en una reunión de su cámara había sugerido que después de cuatro años de levantarla en pala podían congelar los precios por un rato y se indignó cuando su propuesta fue desestimada. Incluso quería dejar todo e irse a vivir al campo.


Todas estas personas que les hablo a veces cargan mayor comprensión y voluntad de diálogo, afecto y honestidad, respeto y horizontalidad en sus relaciones, que muches militantes sociales o anarcos despotricadores punks, troskos empedernidos y fastuosos intelectuales progresistas que en cuanto le rascas un poco, se le cae la pintura del decorado y a la primera de cambio te dejan en banda. Como dice el Pepe Damato, el apocalipsis ya llegó, sólo estamos esperando que baje la nube, y para afrontar el colapso, necesitamos bricohackers, gente capaz de reconstruir la civilización con los restos de lo que quede y la capacidad de saltearse los paradigmas de la racionalidad binaria del 01.


En tiempos de pachakuti ojala les niñes puedan enseñarnos a escapar de la visión dual (ni hablar del positivismo científico), esa que pone las dicotomías rico-pobre, izquierda-derecha, blanco-negro, indio-khara, mujer-hombre, niñe-adulte, américa-europa, arriba-abajo. Igual el otro día una líder espiritual warpe me dijo que el corazón no tenía dicotomías con respecto a la verdad. Que somos todes la misma raza, la misma puebla, la misma esperanza, y la misma muerte que ronda nuestras cunas en tanto no entendamos que es el dios del dinero y el miedo el que ha corrompido a nuestras hermanas y hermanos pa' hacerle daño a la Madre Tierra. Es madre tierra que ojalá tenga la pazciencia pa' no ponerse brava y borrarnos de una vez por todas de un plumazo de la faz de este planeta que tanto hemos saqueado.


Aclaración o Advertencia: Por si no se dieron cuenta pero estas charlas, relatos, columnas, son ficción. Ciencia Ficción Jipi.


Dibujo: Nico Mezquita