Charlas del Monte XXIX

Andanzasenabarcas



Por Tomás Astelarra


Santiago de Chile, año 2003. Hacía treinta años que el chicho Allende había vaticinado que se abrirían las grande alamedas. Nada de eso había pasado y mi amigo Pancho renegaba como loco.

En principio porque había cometido el terrible error de haberse endeudado para estudiar ingeniería ambiental. Aquel error no hubiera sido tan terrible si no hubiera cometido su segundo gravíiiiiisimo error: dejarse convencer por su amigo Papelucho de irse un par de meses a viajar a Ecuador. Como buen ser consciente que sale a caminar por los barrios o pueblas o territorios de esta sudakamerica querida, pronto el Pancho se dio cuenta que sus conocimientos académicos no servían pa' mucho y más bien tenía ahora el hermoso afán de recorrer el continente tocando música y conociendo a las verdaderas maestras del cuidado de la Madre Tierra: las pueblas de la Abya Yala. Pero tenía que volver a Santiago a devolver su préstamo so pena que su queridísima tía Mónica fuera en cana. Pa' devolver el préstamo tenía que trabajar de esclavo en alguna multinacional certificando sus desastres por por lo menos veinte o treinta años. ¿Vos crees que pa' ese entonces me voy a acordar de algunos de los principios éticos y políticos que hoy compartimos?, se preguntaba amargado en un sillón de una vieja casona del barrio Independencia debajo de una deshilachada bandera del PC.


Sin embargo hasta ese entonces no le iba tan mal. Había vuelto del viaje con su novia Maya, una colombiana malabarista, hija de ancestrales jipis, que entre changas de secretaria y venta de hamburguesas vegetarianas, había encontrado cierto placer en el orden económico chileno. Además de Maya y alguna visita caminante, el Pancho habitaba la casa con su hermano Beto, un percusionista alocado y danzarín, y el Hans Labra, hijo del Charles Labra, emblemático músico que había resistido a la dictadura de Pinochet. Allí pasamos un mes con María intentando permanecer lo más posible entre esas destartaladas paredes de maderas y cemento ajado, sin tener que enfrentarnos a la intrincada y aburrida sociedad chilena, sin pagar alquiler y con un mercado cercano que todo los martes ofrecía alimentos relativamente baratos. Aceptando dos situaciones anormales para los caminantes sudakamericanos: por un lado que la marihuana era un bien de lujo (al punto que hacíamos rondas de siete u ocho pa' fumarnos una agujita de a pitadas mientras nos aclaraban que en la universidad si había tres personas la cuarta no fumaba). Por el otro, ser artista callejero en Chile era una imposibilidad social. Si de chimba conseguías poner el paño de artesanías en un rinconcito donde los pacos no te vieran por una par de horas, la gente casi no te miraba. Y si lo hacía, despreciaba tu trabajo. No había chamba, por más esmerada que fuera, que valiera más de 1000 pesitos. Viendo nuestra decepción, el Beto y el Hans convencieron al Pancho de irnos al barrio de Bellavista a tocar por los bares. Hicimos buena gorra en los dos primeros. Pero mientras tocábamos en el tercero, el Beto vio una camión de pacos doblando la esquina y justo cuando estábamos por huir corriendo, los parroquianos, cual película de la segunda guerra mundial, ocultaron los instrumentos en la barra y nos sentaron a tomar cerveza en sus mesas.

-Zafaron del calabozo chiquillos. Pero mejor no vuelvan a hacer estas cosas- nos advirtió el mesero después de que la camioneta de pacos hubiera estacionado frente al bar y sus integrantes descendido en una inspección minuciosas pero infructuosa.

-Alguien los denunció- dijo uno de los parroquianos- Que pena, estaba buena la música.


Finalmente el Hans nos sugirió que la mejor forma de salir a tocar en la calle era subirse a los buses. Que él hacía eso con su viejo. La changa no estaba mal. Se juntaba buena moneda. Con dos días de recorrer diferentes zonas ya teníamos pa' vivir toda la semana. Había solo dos inconvenientes. El primero que las monedas eran muy grandes y pesadas. El segundo, que no importaba lo que hiciéramos nadie nos miraba ni aplaudía. En Chile los malucos caminantes preferían ir casa por casa pidiendo monedas. Era más práctico y menos indignante que practicar algún arte. Ya que cualquier cosa que estaba en la calle no valía la pena. Daba lo mismo si uno era un croto, artista o enfermo terminal.

-No está tan mal- le decía yo a María- ¿Por qué nos vamos a sentir más importantes que un croto o un enfermo sin acceso a la salud pública?


Pero no había caso. La eximia violinista colombiana no podía aceptar que las monedas llegaran sin un aplauso, al menos una sonrisa, una miserable mirada. Un día no aguantó más y se largó a llorar desesperadamente al bajar de un colectivo. Yo, que andaba leyendo a Jodoroski, le ofrecí un acto de psicomagia. Después de tocar en un colectivo al que la convencí de subir de nuevo, el segundo tema, en vez de mi usual discorso, dije: “Querido público, les agradecemos mucho por escuchar y soportar a estos dos mugrosos músicos latinoamericanos. En compensación a su escucha le vamos a regalar algunas monedas para que disfruten el viaje”. Y agarré la gorra y empecé a repartir las monedas entre les viajantes. Me pareció genial. Me bajé del colectivo cagado de risa. La María estaba furiosa, lloraba a mares, casi que manda a la mierda a un joven de barba que se acercó a invitarnos a un ejercicio que el Partido Humanista estaba haciendo en plena Plaza Italia. Era tan simple como sacar un papel de una urna. No sé si fue psicomagia, metafísica, humanismo o patafísica, pero el papel decía: Gritar en voz fuerte las cosas que te molestan de esta sociedad chilena.


-Hipócritas, materialistas, esclavos, tontos, insensibles, pedófilos...-gritaba la petiza ante la atónita mirada de los transeúntes y los propios humanistas, que jamás creyeron que sus papelitos surtieran tanto efecto.


Lo mío parecía superfácil: abrazar a un extraño. Al toque me abalance sobre una colegiala que venía caminando. Salió corriendo a los gritos. Esperé un rato agradeciendo que no hubiera ningún paco cerca y más sigilosamente me dirigí hacia un hombre de mediana edad con cara de profesor universitario. “Puta, soi maricón ueón”, me grito mientras me rechazaba. Al quinto o sexto intento, emocionados por mi ahínco, los humanistas amablemente se acercaron a unas señoras a explicarles el juego. No hubo caso. Abrazar a un extraño, y encima de barba, en Chile, era tan inimaginable como darle la hora o decirle al chofer de bus que lo esperara si lo venía ver corriendo desesperado o incluso levantarlo si tropezaba en la calle.


-Estamos haciendo este ejercicio para que tomemos conciencia del estado de sumisión en el que nos tienen. La dictadura se fue pero nos dejó su peor parte: una constitución, un sistema económico de muerte, una cultura del miedo que no nos deja despertar- me confesó el joven humanista de barba al irnos.


2019. Por el FB el Pancho (buen trabajo, familia, lejos de los caminos sudakamericanos) me manda una foto tocando el djembe en las manifestaciones. ¿Será que esta vez se abren las grandes alamedas? ¿Será que la consciencia de la miseria que imponen empresas multinacionales y gobiernos es tan grande como la consciencia de como día a día, acto a acto, apoyamos su intenciones de muerte? ¿Será que la potencia de la protesta podrá canalizarse en la propuesta? ¿Será que empezamos a ver con buenos ojos las innumerables experiencias de economía, cultura, comunicación, alimentación, salud, educación alternativa al sistema hegemónico? ¿Será que volvemos a mirar a las pueblas ancestrales o aquellos tiempos donde el ser estaba integrado al planeta y cualquier arte u oficio era popular, comunitario, social, solidario? ¿Será que podremos afrontar los desafíos de construir día a día estas experiencias? ¿Habrá gobiernos posibles para fomentar estas experiencias y plantarse al sistema de muerte? ¿O será solo posible elegir aquellos que al menos nos tiren más migajas y menos balas mientras construimos ese otro mundo posible?


Dice mi amigo Manuel Rozental que la dirigenta indígena Blanca Chancoso le dijo al futuro presidente Evo Morales en 2005: “Estás entrando a una casa hecha para que coman las ratas. Si mantenés la casa y le das de comer a las ratas la gente dirá: es un buen dirigente, es un buen presidente. Pero si haces eso, habrás traicionado la tradición de tu pueblo y a la Madre Tierra.


2019: Evo va por su cuarta reeleción.


Aclaración o Advertencia: Por si no se dieron cuenta pero estas charlas, relatos, columnas, son ficción. Ciencia Ficción Jipi.


Dibujo: Colectivo Amapolay (Perú)