Saltando el cerco: Crítica de cine de “Los hipócritas”, de Santiago Sgarlatta y Carlos Trioni


Por Lea Ross

Un inédito thriller cordobés, cuyo suspenso permite abarcar temas poco tratados en las narrativas locales.


¿Cómo definir a éste thriller político comechingón llamado Los hipócritas? ¿Un inédito intento por experimentar éste género cinematográfico en el ámbito local? ¿Un salto temático para el denominado mediáticamente “Nuevo Cine Cordobés”, frente a una oleada de historias intimistas y autoreferenciales? ¿O una respuesta para aquellxs que acusan a ese supuesto movimiento de quedar reducido a esos microcosmos narrativos adolescentes? Vaya uno a saber. Lo que sí es seguro es que estas preguntas no debieron serle ajenas a sus realizadores Santiago Sgarlatta y Carlos Trioni.


Es cierto: aparecen varios de los tópicos presentes en el cine cordobés. Un protagonista adolescente y cinéfilo, de la misma condición social que los realizadores, con escenarios un tanto claustrofóbicos y teniendo al aislamiento como un eje trasversal. Pero ya hay algo distinto en su primera secuencia: Nicolás, que trabaja para la filmación de un casamiento, deja por descuido su cámara encendida y registra un momento clave. Esa imagen, de llegar a mediatizarse, traería consecuencias no solo familiares, sino también políticas.


Aquí, la coyuntura política se expone más por la palabra que por otro recurso audiovisual. Desde los comentarios de un locutor radiofónico hasta los diálogos de los personajes invitados (a veces, acartonados y poco creíbles) nos dibujan un determinado panorama que excede a ese espacio verde donde se desarrolla la boda y la fiesta. Cartelización de obra pública, malversación de fondos y financiamiento de campañas en negro son algunas ideas que surgen en la cabeza de lxs espectadores cuando se escuchan a estos sujetos de alto poder adquisitivo.


La lucha de clase queda expuesta a la hora de separar a los que pertenecen al sector trabajador, comiendo adentro de la cocina, lejos de los comensales; aquí, el personaje de Teresita es la que mantiene esa supuesta conciliación. Eso genera los pathos contrastables: el paciente resentimiento de Nicolás con la algarabía y las inquietudes que se generan en el ámbito de lxs acaudaladxs, tanto por la falta de llegada del gobernador a la reunión, como la de su hijo Esteban que aparece involucrado en esa imagen in fraganti.


De esta manera, la dupla Sgarlatta-Trioni comienza su trama desde una narrativa posmoderna –basada en la subjetividad de la propia cámara, cuyas toma errática remite a las actuales películas estilo “blair witch”-, acercándose hacia un tono clásico, para luego irse por un modernismo, tambaleando entre el surrealismo y el cubismo, entre una proyección visual y el sonido de un helicóptero.


Hablando de lo clásico, es de destacar el posible costado hitchconiano de la película que es el personaje del chófer, el más formidable de todo el elenco. Sus apariciones -casi una toma en cada una, que duran lo que dura un pucho- cumplen de manera acertada sus dos funciones. La primera otorga una radiografía completa, en pocas palabras, sobre aquellos que pueden ser considerados como “carneros” o traidores de clase, dejando en claro su solapa actitud en la segunda secuencia, con una notable carga de tensión mediante un buen manejo en la composición, los silencios y el claroscuro.


Inquietante, atrapante y enigmática, Los hipócritas es un experimento que pone un pie por fuera de ese supuesto cerco llamado cordobesismo. Sin relegar su localidad, se agarra de un género poco tratado en la contienda, y muy aprovechado globalmente como lo exponen seriales como House of Cards, pero no para realizar fotocopias de baja calidad, sino para arrastrar fragmentos de los mismos para nutrir aquellas indagaciones todavía no están resueltas en nuestro cine, como la soledad la desigualdad social y la construcción del poder. Seguramente se la acuse de ser “anti-política” por proponer un revanchismo individualista, aunque el filme no deja seguridad que eso se concrete. Pero dentro de su metraje, se pueden hallar inéditos rastros de humanismo. En el primer momento que se ponen frente a frente Nicolás y Esteban, vemos en el fondo a un grupo de cocineras bailando con alegría, quizás de manera burlona; se trataría de una supuesta efimeridad, pero que nos señala que la posición de cámara es la posición política de toda película.