Las 8 esquinas (2001: Odisea en el Conurbano)


Por Mariano Pacheco*



“Fusil y una tacuara/ una estrella de ocho esquinas/ nacieron los Montoneros/ los cumpas de Abal Medina”.


El piberío grita y canta en una esquina perdida de la zona sur del Conurbano.


“Y en Mayo del setenta/ ya los gorilas tiemblan/ cuando los Descamisados/ a Aramburu lo hacen mierda”.


Entre la revolución que ya fue y la insurrección que vendrá, un puñado de muchachos y de chicas se reúnen en un rincón de Villa Corina, apenas pasado el cuarto de siglo del “Aramburazo”.


“Y el General Perón/ mientras tanto desde Caracas/ al pueblo organizaba/ para la lucha armada”….


Rodo se sopla el flequillo, se acomoda la melena y arenga al resto.

La canción cambia de ritmo, aunque no disminuye la intensidad. Rodo se mete dos dedos en la boca y chifla, con una fuerza que parece que un parlante transmitió dicho sonido. Todos lo miran. Ahora la canción cambia a una melodía de una de Antonio Tormo, pero la letra continúa retomando un relato específico de la historia nacional.


“Oligarca caballero que fumas cigarro habano/ que explotas a los obreros sin tenerle compasión/ que jamás supo tu mano ni de pico ni de pala/ para vos lo que te queda/ solo es el paredón...”


Las remeras se revoléan, los torsos desnudos chorrean transpiración mientras el “Perón/Perón” de la canción remata ese ritual que se repite cada tanto, en plena Argentina neoliberal, cuando Rodo llega en su moto al taller de Miguelito y entre zapatos maltrechos la conversa va dando pie al agite.

Rodo sabe de la potencia de la esquina. O al menos guarda en su memoria la práctica de los fogones que promovía Agustín –luego asesinado por la policía– en San Francisco Solano, donde él vive desde hace años.


El olor de los chinchulines detiene los saltos, una botella de cerveza pasa de mano en mano, una caja de vino comienza a circular entre la ronda y Rodo agarra su moto para ir hasta el almacén otra vez.


– A diferencia de las mujeres, que cuando se enamoran se vuelven más lindas, los hombres se vuelven más pelotudos.


Recordé la frase que me dijo Ariel, sin querer hacerme cargo y preguntándome por qué ese gil al que quiero tanto siempre tiene razón, pero también por qué se excluyó de dicha frase, si él también manifestó estar enamorado de su jermu en más de una oportunidad.


En poco tiempo cambiaron las esquina, los involucrados y los temas de conversación, pero las dinámicas de amistad eran más o menos las mismas. Incluso durante algún tiempo los rostros que solía ver en los Videos de Alsina de Quilmes también estaban entre los muchachos que ahora nos disponíamos a querer cambiar el mundo.


Cervezas en la esquina del barrio varón

Rodo volvió del almacén y la bandeja de chapa con chinchulines comienza a circular.

Él era de los más grandes, de edad y de físico, y su cultura del aguante que había adquirido entre la barra de La 12 en la cancha de Boca le daban un aura que hacía que su liderazgo no fuera un tema de discusión.

Incluso el hecho de saber que entre las gradas futbolíticas Rodo había compartido algún que otro caño con El Correntino, me hacía tenerle aún más admiración. El Correntino era el más malo de los malos en todos los recitales. No sólo los punkis lo respetaban sino que incluso los Skinhead, que le pegaban a todo el mundo, nunca se le animaban a él. Y yo ni me imaginaba que El Correntino era de la barra de Boca, hasta que una vez –en esos largos viajes que con Rodo hacíamos en moto recorriendo las barriadas del Conurbano– salió el tema de conversación y me di cuenta de que hablábamos de la misma persona.

Yo mucho no me hacía cargo de mi reciente pasado punk, aunque todos los cumpas lo conocían. Pero desde que había empezado a militar, mi look había cambiado bastante. Tenía quince años y ya esa etapa tan intensa de chupines, cinto a tachas y campera de cuero me parecía cosa de otra vida.


100% Conurbano

Rodo era, junto con Marce, el único compañero que tenía moto.

Ambos eran imponentes, no sólo por sus motos sino también por sus físicos desarrollados. Al menos al lado mío –que parecía una “larva”, al decir de Wiily– eran como dos gigantes.

Ambos eran pendencieros, tipos duros, fierreros. Pero cada uno a su estilo.

Rodo era más afín a la cultura del aguante de barrio, ligado a la cancha y a la pelea mano a mano.

Marce era más reservado, pero en confianza dejaba lucir su escuela de otra época, sus ademanes adquiridos en su paso por la Unión Soviética.

Con ambos compartí un trayecto de mis primeros pasos en la militancia.

Con Marce todo el período de los primeros cortes de calle y movilizaciones realizadas con la FeQ, la Federación de Estudiantes de Quilmes, cuando su tarea era mantenerse a distancia y hacer la seguridad a los pibes y las chicas. Pero eso no duró mucho, porque enseguida algunas docentes y también algunos muchachos y chicas de los Centros de Estudiantes empezaron a plantear que quien era ese mono que siempre estaba en moto en costado cuando hacíamos las actividades, y las sospechas de que era un servicio de inteligencia se comenzaron a levantar sobre él. Recuerdo que me hice el gil, pero a la primera reunión de ámbito que tuvimos lo plantee. Creo incluso que antes lo había hablado con mi responsable, para decirle que las hipótesis de conflicto en las medidas de lucha eran mínimas, y que seguro era mejor replegar a Marce, y prescindir de sus aportes para el Frente Juvenil.

Con Rodo llevamos un tiempo más juntos. Pintamos paredes, recorrimos barrios, mantuvimos reuniones, preparamos miguelitos para algún que otro corte de ruta, e incluso lo llevamos de vacaciones a la laguna de Chascomús, en las escapadas en tren que de tanto en tanto nos hacíamos con varios pibes y pibas con los que compartíamos la militancia, la amistad y, en algún casos, el amor adolescente atravesado por las discusiones políticas.

No recuerdo si fue esa vez que vino Rodo, o en otra anterior que en Constitución la policía me paró, y me sacó el rifle de aire comprimido que llevaba camuflado con las cañas de pescar. Recuerdo lo mal que la pasé, no sólo porque como era menor mi viejo me tuvo que ir a sacar a la comisaría, sino incluso porque el aire comprimido era de mi responsable y no le había dicho que lo llevaría. Obviamente el rifle quedó secuestrado en la comisaría.

Chascomús era el destino turístico de la juventud militante pobre del Conurbano. Allí las rondas junto al fogón en donde nunca faltaba una guitarra y algún mate por la tarde o vino por la noche, se entremezclaban con las intimidades de las carpas y las pintadas con aerosol en alguna pared. “Santucho vive, la lucha sigue”, había escrito alguna vez, y la pintada –que perduraba– no servía a la vez siguiente para orientaros en qué lugar acampar, para no tener que caer en el camping donde había que pagar.

Una vez nos agarró un temporal, y terminamos acampando adentro de una iglesia, con parte de nuestras compañeras que eran catequistas y chamuyaron al cura para que nos dejara pasar; otra, para una semana santa, caímos presos a los pocos minutos de llegar. Pasamos el fin de semana largo en unos calabozos, e incluso a mi –que aún no había cumplido los 18– mi viejo me tuvo que venir a sacar. Aún me ruborizo al recordar que por un moco mío terminamos ahí, y encima el resto –que por unos meses eran mayores– se tuvieron que quedar un día más, para ser liberados desde el Juzgado de Villa Dolores.

Pero en esas oportunidades Rodo no estuvo, de cuerpo presente, aunque siempre su espectro nos acompañaba, porque gritábamos “Síii, locooo!” con el mismo tono que él lo hacía; y siempre, siempre –fuera en el vagón del tren, caminando o sentados en torno al fogón– las ocho esquinas que me tatué en el pecho cobraban sentido con alguna de las esquinas que frecuentábamos, siempre entonando ese himno de las ocho esquinas que había creado Rodo:


“Fusil y una tacuara/ una estrella de ocho esquinas/ nacieron los Montoneros/ los cumpas de Abal Medina”.


*Adelanto del libro de relatos 2001: Odisea en el Conurbano (en elaboración).