Civilización, socialismo y barbarie

August 23, 2019

 

 Por José Ignacio Scasserra*

 

Macrismo, Chavismo, Cristinismo, Fernandismo. La cuestión venezolana en la Argentina contemporánea.

 

A partir del triunfo de Alberto Fernández en las urnas, el torrente de imágenes y discursos en torno a su inminente presidencia no se hizo esperar. Las redes han hablado en estos días sobre las responsabilidades distribuidas por la suba del dólar, las “panquequeadas” periodísticas, el panorama por venir o las negociaciones que serán realizadas. Entre memes y peleas cibernéticas dadas por personas sin rostro, un sentido común se impone en determinados lugares: Argentina se va a convertir en Venezuela.

 

Quiero dedicarme un segundo a destacar la desinformación absoluta y radical que implica esta afirmación. La misma se sustenta en una homologación del régimen de Nicolás Maduro con el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y luego, por medio de un silogismo hipotético maravilloso, de aquél con Alberto Fernández y toda su coalición. Para realizar semejante paso de magia, es necesario omitir las fuertes bases ideológicas anti-socialistas del peronismo y la relación compleja y hasta dramática del mismo con la experiencia socialista de Montoneros. Más cercano en la historia, convencerse de que “Cristina es Maduro” implica desconocer que el kirchnerismo llegó siempre al poder por medio de las urnas, y que su modelo económico priorizó el consumo interno y la financiación de la demanda, mientras ni por asomo imaginó dirigirse con armas a expropiar a los dueños de la soja, por mencionar algún sector productivo. Como telón de fondo a esta discusión, necesitaríamos volver atrás más de medio siglo, y recordar que el modelo económico keynesiano es una forma de salvar al capitalismo y a su clase favorecida, la burguesía, y en absoluto un sueño de transición hacia una sociedad con su base económica y estructural socializada. La década bolivariana habrá contenido discursos de izquierda, pero sólo ha conocido expropiaciones allí en Venezuela. Por lo que respecta a la Argentina, los medios de producción siguieron, en los 12 años de kirchnerismo, en manos privadas, y jamás se imaginó la posibilidad de estatizarlos.

 

Ahora bien, no seamos inocentes. Esta desinformación que se multiplica en redes sociales a través de memes apocalípticos que muestran a la población migrante venezolana maldiciendo por como “el mal del socialismo” los persigue, responde a un interés claro. No hay que ser un genio para detectar cómo hace sistema sin más con la “campaña del miedo” que Mauricio Macri quiso instalar (fallidamente) inmediatamente después de su derrota en las urnas, y con los mecanismos de terrorismo económico que aplicó para castigar a la sociedad argentina por darle la espalda.  Lastimosamente, la campaña fue efectiva: nos vemos ante la incómoda situación de convivir en nuestro territorio con un sector migrante, empobrecido y precarizado que apoya las medidas de austeridad y el saqueo perpetuado por el modelo neoliberal que impulsa Cambiemos por haber sido persuadidos de que es la única alternativa a la crisis humanitaria de la que acaban de huir.

 

Como mínimo, irónico, pero más aún lo es la respuesta cotidiana que encuentro en algunos “camaradas” de izquierda. Como el eterno retorno de lo reprimido, “la lógica de frontera” que puebla el imaginario argentino ha regresado, esta vez en boca de las militancias, infelizmente. Sarmiento mediante, la dicotomía de Civilización y Barbarie ha depositado en nuestros vitoreos las fórmulas más racistas y xenofóbicas para con los migrantes venezolanos que llegaron aquí escapando de una crisis humanitaria. Este odio al extranjero, que otrora hubieran sido pronunciado por “la gente bien” con desdén hacia los “cabecita negra”, ha regresado en boca de los militantes que de un modo u otro sueñan con cambiar su realidad hacia un mundo más justo. Muchachotes, ese no es, ni podrá ser nunca, el camino.

 

Si deseamos reivindicarnos como cultura argentina de izquierda, creo firmemente que ante esta incomodidad tenemos una obligación y una tarea. En primer lugar, es necesario que nos confrontemos con los límites y los fantasmas que el discurso venezolano nos señala. En su testimonio se encuentra el grito de la historia señalando la ineficacia del socialismo por imponerse de forma funcional. Allí, en lugar de responder con el odio mamado hacia el extranjero, que todo argentino recibe desde sus primeros pasos, quizás sea hora de que traicionemos nuestra historia y nuestras herencias. Preguntarnos por qué nos queda tan cómodo mirar a los ojos al migrante y condenar su terror ante la posibilidad de tener que escapar nuevamente. Dar cuenta de este problema, asumir esa herencia incómoda para poner en jaque nuestras certezas rioplatenses ilustradas quizás sea un modo de evitar repetirlas a-críticamente.

 

Y luego, nuestra tarea. La desinformación no es inocente, ya lo dijimos. Allí pues, quizás sea hora de escuchar el murmullo venezolano, sentarnos con él y conversar. Quizás podamos aprender de su experiencia migrante, escuchando cómo su testimonio tira por la borda algunos de nuestros sueños socialistas. Asimismo, compartir con ellos nuestra historia y nuestras crisis no vendría nada mal, para que ellos también sean parte de este proceso, y no un oportunismo del terrorismo mediático. Contarles porqué le tememos tanto a Mauricio Macri, cómo detrás de su expresión cada uno de nosotros vislumbra un nuevo 2001, con toda nuestra capacidad económica alienada en los caprichos del capital internacional. Allí, encuadrar la conversación para dar disputas reales sobre lo que puede pasar y lo que de seguro no va a pasar puede ayudarnos a volver a colocar los pies en la tierra. Revisar qué fue y es el peronismo, reponer la presencia socialista incómoda en su interior, hacer un nuevo balance de lo que fue el kirchnerismo, y lo que ahora nos presenta el Frente de Todxs, con sus límites y alcances, puede ayudarnos a dar discusiones más reales por medio exorcizar el fantasma del socialismo allí donde no existe, y no ha existido jamás.

 

*A Nelson Zapata y Marco Antonio García

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