¿Vale la pena hablar del acuerdo comercial con la Unión Europea?


Por Tomás Astelarra

No hace falta ser experto en comercio internacional ni leer a fondo la letra chica del acuerdo para entender que no nos conviene. En tiempos de crisis civilizatoria y ecológica traer jamón crudo de Sevilla a Mataderos es siempre un atolladero.


No hay que pedirle peras al olmo, dice un viejo dicho popular. Ni creerle al olmo cuando dice que va a dar peras, se podría agregar. En cualquier de sus versiones, el sistema capitalista es un olmo que no da más peras ni manzanas (las dos frutas mas utilizadas como metáforas para los modelos macroeconómicos capitalistas). Algunes ya evidencian nuevos caminos, nuevos mundos posibles, pensamientos críticos de esta hidra capitalista, bendito descalabro mundial, sangrante presente globalizado. Desarrollos a escala humana, locales, comunitarios, recuperando la ancestral visión de contacto con la humanidad y la madre tierra. Otres siguen confiando en soluciones mágicas. Ya sean aquellas que dicen que con este modelo financiero explotador elitista de Cambiemos el país va a refundarse, como aquellas que dicen que volviendo el kirchnerismo sera posible una vida plena de consumo capitalista para las clases medias o populares. No son peras ni manzanas. Son olmos. No hay grieta, apenas una sutil diferencia en la repartija de televisores, zapatillas, celulares, pizzas a domicilio, colores, sabores y formas entre dos frutas muy parecidas y misteriosamente usadas por el pensamiento hegemónico capitalista para representar al mundo, un mundo imposible sin agua, tierra, sol, aires, abejas, gentes y otros dones que da la Madre Tierra para generar un fruto, cualquiera que sea. Elles, ese 1% de la población que domina nuestras ideas y culturas, formas de vida y consumo, están asesinando a la Madre Tierra. Nosotres, en otras escalas, también.


“Quizás los que yo u otros como yo planteamos es una utopía. Pero lo que deberíamos darnos cuenta es que la verdadera utopía es pensar que el mundo pueda seguir funcionando como está funcionando. Los desequilibrios ecológicos son obvios y ese supuesto desarrollo de Estados Unidos, la Unión Europea o Japón es imposible de expandir. Si todos consumiéramos como consume un ciudadano de esos países colapsa el planeta”, me aclaró una vez Carlos Vicente, eterno militante de la agroecología y la cultura campesina originaria desde Biodiversidad América Latina. Su visión ya está fundamentada por la comunidad científica internacional, los grandes foros mundiales y hasta les jóvenes que este 27 S volverán a salir a las calles en la tercera huelga mundial por el medio ambiente liderada por la adolescente sueca Greta Thunberg (en su segunda edición sumó centenares de miles de jóvenes de más de 1.600 ciudades de unos 130 países). La inutilidad, camino al precipicio, de este criminal sistema de consumo y empresa capitalista, es una realidad para muches. Pa' otres apenas una ilusión o una realidad inmodificable.


Bueno, ya lo había dicho el Club de Roma en los 70as, convocando a la crema y nata del pensamiento gringo del MIT (Massachusetts Institute of Technology). “El problema de los ecologistas es que somos muy repetitivos”, explica el Pepe D´Amato desde su Casa Ecológica en San Marcos Sierras, “hace cuarenta años que decimos lo mismo y no necesitamos otro mensaje, porque la realidad va para el mismo lado que nosotros la vimos hace cuarenta años. Y no porque nosotros fuéramos profetas… el que la sabia ver la veía. Y ahora hace diez años que vengo diciendo lo mismo: hay un gran trabajo para hacer, no para hoy, sino para el día después. El Apocalipsis ya llegó, el tema es que no lo vemos. Lo que hay que hacer es preparar a la gente de las nuevas generaciones para que cuando baje la nube y se vea el desastre que dejamos digan: dejame que yo puedo hacer algo con lo poco que queda”.


Es que el mejor truco del diablo es hacernos desconfiar de la realidad y la posibilidad de futuro. Hacernos creer que la solución es suya, de les mismes que nos pusieron en este brete. El mejor truco del diablo es vendernos su realidad, donde los olmos somos nosotres. Somos las vagas planeras, improductivas, ineficientes, indias, ignorantes, que no damos frutos comestibles. Que no aportamos a sus ganancias, beneficios, rentas de productividad, eficiencia, acumulación infinita para unas pocas almas. Bárbaras atrasadas e incivilizadas que no aprobamos este beneficioso acuerdo comercial con la Unión Europea.


Caminos alternativos


Pero da la casualidad que el fruto del olmo se llama sámara. La semilla puede estar situada en el centro del ala del fruto (como en el caso del olmo, el ailanto o el fresno) o a un lado del fruto con el ala extendiéndose hacia el otro lado, de modo que gira sobre sí mismo en espiral y retarda su caída (cual helicóptero). Es el caso del arce, cuyo fruto puede estar compuesto por dos sámaras (disámara). El jarabe de arce o sirope de arce es un dulce fabricado a partir, no del fruto, sino de la savia del arce.


Mucho antes de la llegada de colonos europeos a Amerika, las tribus nativas del ahora este de Canadá y noreste del ahora Estados Unidos, habían descubierto cómo recolectar la savia de arce y convertirla en jarabe. Cuenta la leyenda que una pequeña ardilla trepó a lo largo del tronco de un árbol, mordió una rama y comenzó a beber el líquido que fluía. Un indígena al pié del árbol la miró y se preguntó por qué tomaba savia en vez de beber de un manantial de agua fresca que fluía cerca. Se trepó al árbol y tal como hizo la ardilla con su cuchillo descortezó y la probó. Hasta entonces, su tribu solo encontraba azúcar en frutas silvestres (¿peras y manzanas?). Además, acababa de descubrir una cura para el escorbuto del cual su familia a menudo sufría en el invierno cuando no hallaban fruta alguna. Enfermedad (el escorbuto) que mataba miles de marineros en la moderna y civilizada Europa.


En gringolandia (Estados Unidos o la civilizada Europa) hoy el sirope de arce es una de la medicinas más sublimes en esta nueva moda que través de la naturaleza intenta curar los males que dejó o no soluciona la industria farmacéutica y médica (uno de los mejores negocios del mundo). Miles de millonaries gringues buscando los productos de la naturaleza que desde siempre tomaron las pueblas ancestrales para curarse. El sistema de muerte capitalista, del que forma parte este nuevo acuerdo comercial Mercosur-UE, patenta y vende estas medicinas ancestrales como producto, generando márgenes de ganancias para aquelles que nunca supieron, valoraron, cultivaron, esas sagradas medicinas. A las pueblas le mandan sus vacunas y venenos después de haber desvalorizado por años su cultura. Algo similar con el algarrobo, o tacu, o “árbol” para las campesinas santiagueñas herederas de las quechuas. Esa semilla o fruto que los gringos nos habían vendido como “basura”, comida para chanchos, y hoy es inconseguible o impagable en las dietéticas de las grandes ciudades. Su fuerza en el monte o desierto, dice mi amigo Sacha, es capaz también de salvarnos de la planicies apocalípticas que ha dejado la soja como monocultivo.


Creatividad. Ancestralidad. Pensamiento crítico. Diferenciar que es pera y manzana y que es olmo o tacu, pachakuti. Qué es fruto y que es savia. Qué es solución y que es problema. Qué es remedio y que es veneno. En tiempos de crisis civilizatoria, de curvas descendentes de la producción de energía no renovable, dizque petróleo, pensar en traer en grandes barcos o aviones, manzanas y peras, de Europa a Argentina, o de Argentina a Europa, o de Argentina a Chile, China o Singapur. Incluso de Neuquén a Buenos Aires, no solo es antiecológico, sino una estrategia de corto plazo. Más utópico que confiar en las economías regionales, las frutas locales y de estación, los saberes ancestrales y sus hierbas curativas, eso que Manfred Max Neef llama un “desarrollo a escala humana”. ¿O es acaso que vamos a seguir con el proceso de extinguir el palo santo en Bolivia para creernos chamanes pachamaescos? ¿Pensar que somos bien naturistas por gastar miles de litros de petróleo que pronto dejará de existir para traer algas kombu de China? El científico y ahora maestro espiritual chileno Humberto Maturana junto a su alumno Franciso Varela comprobó en los setentas la teoría de la “autopoiesis”, es decir que los cuerpos, las comunidades, el planeta entero, puede regenerarse solo, es autosuficiente. Alguna vez en una entrevista explicando las perversidad de olvidar este concepto aclaró que cualquier bien o recursos natural de un territorio con cierta población que deseara exportarse al mundo entero, estaba destinado a la muerte. Muerte del planeta, la comunidad, el ser humano.


Ese y no otro, es el lugar donde nos paramos los que queremos otro mundo posible. En ese otro mundo posible los acuerdos comerciales de Macri o Cristina, no tienen sentido, salvo como engañapichanga, o transición, quizás placebo, nunca solución a nuestras economías.


El pacto


El pacto comercial entre la Unión Europea y el Mercosur ha generado todo tipo de reacciones. Entre ellas las que recuerdan que el kirchnerismo estaba buscando firmar el mismo pacto que ahora resulta que consiguió Macri poco antes de las elecciones y que ya venía picando desde la reunión del G20 en Argentina (otra gran hazaña internacional del gobierno de Cambiemos bajo el mentiroso título “Argentina se inserta en el mundo”). Tanto el candidato a presidente Alberto Fernández, como a gobernador de Buenos Aires, Axel Kiciloff, tildaron al pacto de “catastrofe”. El propio Kiciloff en una entrevista con el editorialista de Clarín Eduardo Van der Koy, en TN, aclaró que ciertamente durante el gobierno de Cristina se buscó un pacto comercial con la Unión Europea (UE). “Para nosotros la integración económica en el mundo es una palanca de desarrollo, lo que pasa es que esas negociaciones se trabaron porque la oferta de la Unión Europea no satisfacía lo que requería el Mercosur”, aseguró y aclaró: “consiguieron algo mucho peor”. Frente a Luis Novaresio, Fernández dijo: “A partir de Macri debemos abrir un gran debate sobre como debemos ingresar al mundo. Porque la globalización es un hecho irreversible. Ahora eso no nos condena a convertirnos en estúpidos y aceptar de pies juntillas las reglas de la globalización”. En el videito que volteó el tablero electoral argentino presentando la fórmula Fernández-Fernández, Cristina habló de “tiempos de disputa comercial, tecnológica y militar” a nivel mundial y que ella esperaba, o prometía: “que esta disputa por el poder mundial no nos arrastre a una mayor dependencia y pobreza”.


Ya lo había dicho la presi en 2011, en la cumbre del G20, ante los empresarios del Business 20, cuando pidió acabar con el “anarcocapitalismo” (usando etimológicamente la palabra anarquía como caos, al igual que tradicionalmente desconoció la semilla de nuevos mundos posibles o arcas de Noe que generó la “crisis” del 2001, para presentar el kirchnerismo y el poder desde el estado como la única solución posible a la pobreza que genera la crisis capitalista). Dentro del cúmulo de políticas sociales y culturales que hay que agradecerle a los gobiernos kirchneristas, la defensa del medio ambiente, la autogestión y los pueblos originarios, no fue precisamente su punto más fuerte. Hablar de la sojización del país, los negocios mineros o la represión a los qom o mapuches siempre fue de “gorila”, “trosko idealista sin visión de la coyuntura posible” o incluso “ecoanarcoterrorista” amante del caos (pachakuti). No vamos a andar aclarando que los tiempos no están para ponerse exquisito con los discursos y acciones de los gobiernos, empresas, medios, ciudadanos de a pie, cómplices de esta debacle o “crisis civilizatoria” que es producto de cientos de años de colonialismo de nuestros cuerpos, mentes, culturas, espíritus… Podrá ser soberbio pensar que una pequeña minoría “iluminada” pueda criticar las acciones de los demás. ¿Pero acaso no es una pequeña minoría iluminada la que directamente rige las acciones de los demás a través de métodos cohercitivos que van de la publicidad a la tortura? ¿De qué lado estamos? ¿Vamos a seguir trabajando en cuerpo y mente en la estrategia del 1% de la población que ya posee más riqueza que el 99% restante o vamos a crear una solución colectiva donde definitivamente todes vamos a tener que resignar nuestros propios intereses?.


Aquel discurso del G20 Cristina dijo que “hay que volver al capitalismo en serio” y que para eso “será necesario tocar intereses". ¿De quien son los intereses que se toca? ¿De ese 1%? ¿del 10% que le sigue?¿De los fondos buitres o Estados Unidos? ¿De la clase alta empresaria nacional? ¿Es posible salir adelante como humanidad sin tocar nuestros propios intereses? “El capitalismo es que la gente consuma”, dijo en ese entonces Cristina. Definitivamente un mensaje de muerte. Porque el consumo tal como lo entiende el kirchnerismo y los representantes de estado en los foros internacionales, es sinónimo de muerte, masacres sobre pueblos originarios, explotación laboral, contaminación ambiental y otros crímenes de lesa humanidad. “La economía neoliberal mata más gente que todos los ejércitos del mundo juntos, y no hay ningún acusado, no hay ningún preso. Seguir forzando el crecimiento para consumir más y seguir produciendo una infinita cantidad de cosas innecesarias, generando una de las instituciones más poderosas del mundo como lo es la publicidad, cuya función es una y muy clara: hacerte comprar aquello que no necesitas, con plata que no tienes, para impresionar a quienes no conoces. Eso evidentemente no puede ser sustentable”, sentenció hace poco el economista Manfred Max Neef.


Algunas evidencias concretas.


El premio nobel de economía Amartya Sen, de nacimiento hindú, profesor de la Universidad de Chicago, fue uno de los grandes magos que dio por tierra la nube o mentira capitalista del “american dream”, “la competencia perfecta”, “el libre mercado”, “la igualdad de oportunidades” y la “meritocracia”. Demostró que en esta carrera sin sentido que nos impone el sistema capitalista y su afán individualista no todes arrancan de la misma raya. En su obra El desarrollo como libertad Sen describe cinco tipos específicos de libertades: políticas, de servicios económicos, oportunidades sociales, garantías de transparencia y seguridad protectora. Estas libertades, fundamentales para el desarrollo económico, no se estarían dando en los países pobres o en vías de desarrollo, y aún dentro de los países desarrollados dentro de los sectores más pobres de la población (por casualidad, mujeres, negras, indias, latinas, campesinas...).


En una entrevista con el canal de La Nación el economista Guillermo Nilsen (uno de los asesores de Alberto Fernández) aprobó enfáticamente el acuerdo comercial Mercosur-Unión Europea (entre otras afirmaciones de corte neoliberal) y lo definió como “una política de estado”. Pero hizo una salvedad: se necesita una política pública que ayude a las empresas a la transición. “Acá hay un paso importantísimo, no hay vueltas atrás. Vienen dos años de negociaciones sectoriales. La Unión Europea tiene una gran gimnasia negociadora, y una gimnasia todavía más fuerte en cuanto a las asignaciones de incentivos fiscales para los sectores que van a salir perjudicados. La Argentina no tiene esa gimnasia”, aclaró. Una de las tantas inequidades, relación David-Goliath, del comercio internacional, como los subsidios a los productos agrícolas, o la prohibición de transgénicos y glifosato (en Europa cuidan la alimentación de sus ciudadanos de primer mundo), todas situaciones de ventaja amasadas al calor de la fortuna que los europeos supieron saquear a las Amérikas desde la colonia a esta parte. Desde el oro del Potosí a las privatizaciones truchas del Carlitos. No hay duda que el kichnerismo es capaz de sacar mejor tajada de las negociaciones, dejar las relaciones carnales para posicionarse como hicieron los gobiernos progresistas dentro de un esquema de quiebre en el poder global donde ya Estados Unidos compite con China o Rusia por el extractivismo de recursos en América Latina. “Socios pero no patrones”, dijo el Evo Morales (que no en vano aprobó enfáticamente el acuerdo Unión Europea-Mercosur y a pesar de los posteos entusiastas en las redes sociales hace años fomenta el consumo capitalista, el extractivismo, el monocultivo de soja y otras miserias de la colonialidad capitalista europea en los pueblos originarios y campesinos de Bolivia). ¿Es ese el mundo que queremos? ¿Es es el fruto que deseamos pa' les hijes del pánico global? Hidra Capitalista. Pensamiento Crítico.


No hay que ser un experto en geopolítica internacional para saber que cualquier pacto que firme Cambiemos o el gobierno de Bolsonaro en Brasil es netamente colonialista o entreguista, o como quieran llamarlo. Estamos hablando de presidentes escandalosamente alineados con Estados Unidos en un mapa donde el imperio dizque yanqui cada vez está más asediado por su retroceso en medio oriente, su imposibilidad de dar un golpe de estado en Venezuela o el avance de China y Rusia en el tablero internacional (que de alguna manera son también responsables de las derrotas de Estados Unidos en Medio Oriente y Venezuela). Parte de la pantalla mediática del gobierno de Cambiemos juega sobre el viejo paradigma de que Estados Unidos es el símbolo de progreso y modernidad, el jefe. Y parte de la pantalla mediática de los gobiernos progresistas fue hacernos creer que batallábamos contra el imperio cada vez que en los organismos internacionales se oponían a Estados Unidos cuando en realidad estaban jugando para las nuevas fichas imperialistas, Rusia o China. Si Rusia o China serán mejor imperio que Estados Unidos es como preguntarse si el chop suey es mejor que la hamburguesa o el vodka más entrador que el whisky. En todo caso ni el chop suey, ni la hamburguesa, ni el vodka, ni el whisky son caseros, y consumirlos solo llena los bolsillos de ese 1% de la población que concentra la riqueza del mundo (sean chinos, rusos, gringos o argentinos). Es como mandar a la mierda a un jefe de un laburo de explotación en una multinacional sabiendo que tenemos contrato en otra empresa multinacional igual de explotadora. De autogestión ni hablar. De ecología, ni hablar. De revolución, ¿what?.