Sobre El último Falcon sobre la tierra de Juan I. Pisano (Rosario, Baltasara Editora, 2019)

June 18, 2019

 

Por Sandra Gasparini

 

En el universo de las distopías contemporáneas, Juan I. Pisano nos propone ruralizar y decodificar los signos que nos llevaron al colapso de las sociedades post-industriales. Entre esquinas de barro y climas nativistas, El último falcón sobre la tierra le canta re-truco a los guiños del género.

 

Los universos distópicos nos piden la reflexión casi milenarista sobre los últimos tiempos pero también sobre los primeros, sobre la reconstrucción a la que convocan. El crecimiento de la narrativa postapocalíptica en clave solemne o grotesca en la Argentina de la última década no es menor. Es un género que puede funcionar como una usina de gritos admonitorios, agonales y agónicos sobre el ejercicio del biopoder en un mundo cada vez más desigual, más globalmente empobrecido.

 

En el enunciado poético “Llegarán lluvias suaves”, que invita a la evocación romántica de la comunión entre alma y paisaje, se superpone el horror de la lluvia radiactiva: el confort de la vida americana se ha autodestruido, ya no hay seres humanos que puedan habitar, cabalmente, esas viviendas “inteligentes” que los han sobrevivido. La escritura de Bradbury, más allá de los reparos que muchos tienen sobre algunas aristas conservadoras de su narrativa, siempre ha sido terriblemente eficaz. Los universos ficcionales, por supuesto, se construyen en el ámbito literario con palabras. Y en El último Falcon sobre la tierra hay un trabajo minucioso con ellas para lograrlo. Está la búsqueda de un lenguaje para narrar la historia que cuenta en primera persona la protagonista y hay un registro desnudo, como esas vidas abandonadas al margen del camino de la Ciudad Alta. Un lenguaje: ese que se reduce justamente a dos vocales en el caso de la sobrina, una niña con un trastorno madurativo que la instala en una etapa preverbal que parece eternizarse, hasta que un suceso aparentemente sin importancia la hace avanzar un paso. El último Falcon avanza, justamente, a tramos cortos: en nueve días se narra un proceso, un cambio de mando, un estancamiento que necesita arrancar, como el motor dormido de una máquina vieja que necesita ser reparada. Se avanza lento, sí, en ese mundo: esta es una historia sobre la paciencia y la economía verbal en un futuro cercano en el que la degradación biológica se equipara a la del manejo de un sistema de signos, que ya no funciona comunicando.

 

La novela por momentos conjuga elementos que recuerdan una de las primeras del género que escribió Marcelo Cohen, Insomnio (1986). Me refiero a personajes inmersos en un futuro cercano producto de un desguace del capitalismo financiero y envueltos en un problema ambiental que termina profundizando la exclusión, al punto de romper los lazos con las instituciones burguesas y la modificación del circuito de la producción; pienso en Alina, una niña afásica, cuyo trastorno es una fortaleza para entender el desastre, que recuerda a su vez a la niña con poderes psíquicos, hija del guía de Stalker, de Tarkovsky, en cuyas mutaciones se adivina una esperanza. El último Falcon juega, como en un drama del absurdo, con unas pocas piezas. Una mujer, su sobrina de siete años con una madurez de dos, un abuelo ex conductor de TC, de Ford, que ha quedado ciego y debe ser asistido para todo y dos grupos antagonistas de jóvenes que se disputan dos servicios: el saber letrado de la mujer (fue profesora) y el saber práctico del abuelo, que entiende de motores. Ese punto de partida le sirve a Pisano para contar una historia donde la materialidad de los cuerpos es abrumadora y en la que lo sensorial invade nuestra lectura como si fuéramos no videntes intentando reponer un mundo que se nos ha escapado. Un mundo en el que quienes están inmovilizados físicamente por sus discapacidades las transforman en saberes resilientes que activan soluciones cooperativas.

 

Las causas de la degradación de ese universo no las sabemos, aunque podamos intuirlas y tiene que ver, al menos, con el exceso de agua. Los personajes deambulan recuperando retazos de un pasado que tiene bastante que ver con nuestro presente e incluso con algunas décadas atrás: símbolos de una cultura popular (y también “alta”) que no se pierde mientras se atesoran en algunos búnkers y pasan de mano en mano. Hay aquí una resistencia sin estridencias, podría decirse: un gran logro de ese registro y una toma de decisiones de escritura muy acertada que hacen de esta primera novela una promesa luminosa. Este Falcon no es verde, lectoras y lectores, y viene cargado de futuro.

 

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