“De la universidad salen muchos profesionales que mueven un montón de energía y a veces no son conscientes de la huella ecológica que generan”

May 3, 2019

ENTREVISTA A FRANCISCO lAGUZZI (CONSTRUCTOR NATURAL)

 

 

Por Tomás Astelarra

 

Francisco Laguzzi es músico y arquitecto. Participa de la Universidad Internacional de Permacultura (UIP) y el Taller de Bioconstrucción (TABI) de la Universidad Nacional de Córdoba. Además diseñó el primer barrio donde el terreno comunitario es más importante que el individual. Aquí su historia.

 

“Anduve viajando mucho, me subí al bondi con la música, tuve la suerte de conocer Argentina, también me cansé de eso, tuve como diez años, y necesité tener mi casa. Ahora toco la guitarra y la percusión en mi casa. Solo me baje del escenario”, dice Francisco. Y lo interesante no es el espiral que concentra el movimiento a un punto fijo, sino su recorrido. Porque cuando Francisco dice “tener mi casa”, se abre un largo camino de búsqueda y conciencia.  

Porque no buscó cualquier casa, ni se concentró en generar la capacidad financiera para hacerla. Al contrario, su paso puede haber parecido descabellado para los que aún se empeñan en sostener la fe en el modelo de desarrollo que nos impone el capitalismo. 

 

“Por una situación en la forma de vida que llevaba, en Nueva Córdoba, estudiando arquitectura, tocando música, laburando en una cooperativa gráfica, una hiperactividad que me saturó. Necesitaba bajar unos cambios. De esa decisión al hecho pasaron un par de años” cuenta. 

“Empece a pulsar, a buscar una tierra para asentarme y empezar a practicar lo que todavía no conocía: la permacultura. Y me dí con una pared. Porque cuando pude juntar la plata era muy poco para un pedazo de tierra razonable para ese proyecto. Entonces vi la posibilidad de un pedazo de tierra mas grande donde es mas barato el metro cuadrado. Hacerlo compartido. Encontré en el Durazno, cerca de Yacanto, Calamuchita, unas veinte hectáreas. Y empezó a aparecer junto con la tierra, la gente. El deseo es un imán poderoso y las cosas se van dando. Haciendo la retrospectiva fue una locura. Pero se dio de forma maravillosa. Ahí entonces, con la tierra y la gente, empecé a buscar qué hacer y como hacerlo. A través de un amigo conozco Gaia y la permacultura. Entro ahí en la web y voy a tomar un curso de bioconstrucción. Yo venía de la arquitectura, así que apunte hacia ahí. Fue la puerta de entrada. Después empecé a concebir un poco más esa visión sistémica de la permacultura, de no ver la casa como algo separado, sino como parte del sistema. Ahí tome varios cursos más en Gaia. Al tiempo se abre la Universidad y me contactan para ver si me interesaba. Y me subí a ese bondi. Ya me apasionaba toda esa temática”.

 

Hoy, después de haber vivido la experiencia de tocar en Paris, Cosquín o Jesús Maria, con músicos como Emiliano Zerbini, Peteco Carabajal, Rally Barrionuevo, Alfredo Abalos o el Dúo Coplanacu, Francisco dedica su vida a la construcción de ese otro mundo posible.

En el año 2013 impulsó “La Vuelta”, el primer condominio en Córdoba de uso invertido en los dominios del suelo, marcando un antecedente en el que se invierte la predominancia de uso privado sobre el común en la estructura de un barrio o comunidad. Conforma junto al arquitecto Armando Gross y “Domos Córdoba” el estudio de Bioarquitectura “AZIMUT”, desde donde asesora experiencias de construcción alternativa. Es parte del equipo docente del Taller de Bioconstrucción (TABI) de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y también de la Universidad Internacional de Permacultura (UIP). ¡Ahh! Y vive en Villa los Aromos, cerca de la naturaleza, Anisacasate, en una casa que alquila mientras desarrolla su proyecto comunitario. 

 

¿Cómo es la experiencia de La Vuelta?


Es un proyecto que no se termina nunca, una oportunidad que cambia. Un pedacito a 1.600 metros de altura en medio de la montaña con agua pura, muchos recursos... Somos 18 familias y nos fuimos organizando. Mucho trabajo de logística, de marcar algunos lineamientos que nos ordenen, para evitar futuras sorpresas. Desde el uso del suelo donde nos vamos asentar, es decir que espacio es para cada uno, que espacio es común. Ahí entra la permacultura. En principio fueron dos años que yo estuve yendo en carpa y estudiando para armar el proyecto. Fui en varias épocas del año para poder visualizar las variables del clima y los efectos naturales. Son los indicadores de diseño que la permacultura sugiere para hacer un proyecto. Hacer una lectura de esa fenomenología y responder consecuentemente. Eso fue lo que aprendí en Gaia y apliqué ahí. En esa propuesta fue donde todos nos apoyamos, además de ciertas normas de convivencia que después se fueron limando en reuniones grupales. 

Fue una base para plantear algo colectivo. Porque lo más complicado son la relaciones humanas. Como dice un amigo: si hay dos ya hay quilombo. Pero lo cierto es que, mas allá de las diferencias de enfoque, siempre hemos tenido serenidad en la toma de decisiones. Nos juntamos, charlamos, debatimos... No es algo personal. Fue personal el puntapié. Ese fue mi trabajo. Después fue abrirme a recibir los diferentes puntos de vista y a co-crear el desarrollo de este emprendimiento que todavía está en pañales. Porque si bien está hace siete años, construir allá es diez veces mas difícil que en otros lugares. Tenemos un domo geodésico, hicimos un camino, un vado natural, plantamos árboles y estamos encarando un segundo domo... Pero lejos de vivir ahí todavía. Y de hecho, yo lo veo como un núcleo experimental de permacultura y bioconstrucción. 

En un principio yo quería ese espacio para vivir, pero me di cuenta que era muy hostil, muy apartado, y que yo era como todos somos: un ser social. No me arrepiento. Es super enriquecedor. 

Siempre hablamos con un amigo del anhelo y la realidad. A veces una visualiza algo y después la realidad te da un par de cachetazos. Pero sirve. Son enseñanzas, aprendizajes. 

 

 

 

¿Cómo es la gente que forma parte del proyecto? ¿Cuál es su horizonte común?

 

Se llama La Vuelta, por la vuelta a lo natural. Si hay algo que yo veo diferente al resto de las comunidades o intentos de comunidades, que por suerte empiezan a emerger a montones pese a las dificultades, es que hay muchísima diversidad, que es también un principio de la permacultura. Yo me agarro de ese principio. Y nuestro grupo es muy heterogéneo. Lo cual es loco. Porque uno dice: si vemos las cosas diferentes esto va a ser un quilombo. Pero no sucede eso. Siempre terminamos acordando sin exabruptos, sin pasar a mayores niveles de temperatura. Y también, en la etapa de gestación, yo me imaginé, me hice consciente, que iba a ser una constante la diferencia en los puntos de vista, inclusive el conflicto, es parte de la naturaleza también. Asumirlo para no verlo como una sorpresa o un golpe bajo. No es que armé un listado, sino que empezó a caer gente. Hay de todo. Fue un laburo también muy burocrático. No te puedo contar el final porque se está moviendo todo el tiempo. La comunidad, como todo, se practica. La ciudad también es una comunidad, pero con otros códigos, otro tipo de comunicación, otro tipo de prácticas, distante a lo que sugiere un entorno natural, que impone otros estímulos, otra vibración, que no a todos le sienta de la misma manera. Pero a mucha gente le resuena ese tipo de hábitat. Y vivir simplemente.

 

¿Cómo es el proyecto del Taller de Bioconstrucción en la UNC?

 

Apenas me fui a vivir a Los Aromos conocí a un arquitecto con el que ahora laburamos juntos, Armando Gross, que estaba arrancando el primer ciclo de bioconstrucción en la Facultad de arquitectura de la UNC. Tuvimos mucha consonancia en la forma de mirar lo profesional y me invitó a participar de su equipo docente del TABI (Taller de Bioconstrucción). Para mi fue muy importante, porque salen muchos profesionales que mueven un montón de energía en las obras y a veces no son conscientes de la huella ecológica que generan, porque la formación en las universidad no hacen foco en eso. Entonces me interesó la causa, me sumé al equipo e inmediatamente surgió la idea de incorporar la permacultura dentro de la bioconstrucción. Y ese fue el puntapié inicial. 

Ciclo a ciclo fuimos ganando territorio y enmarcando en el ámbito académico la permacultura. En una universidad que tiene mas de 400 años, es de las mas viejas de América. Una conquista en el buen sentido. Al punto de que este año vamos a dar una diplomatura que se va a llamar Biarquitectura en Permacultura, dedicado a estudiantes y profesionales. Esa es la retroalimentación que también habla la permacultura. En los rendimientos que vamos viendo, nos vamos cargando las pilas para seguir, porque  nos copa la causa y lo vemos en los chicos, que están encendidos. 

  

 ¿Y hay una buena devolución de los alumnos?

 

Es curioso, porque yo no estudié pedagogía, pero como me apasiona la permacultura de pronto los contenidos llegan y son asimilados por parte de los chicos. Estamos en la periferia de la UNC, somos un taller extensionista. De todos los talleres extensionistas, que son como cincuenta, el TABI es el que más convoca. Estudiantes que se toman el trabajo de ir los sábados a pesar de la carga horaria que tiene la facultad. Hay una toma de consciencia que está tomando cada vez mas vigor y se nota ciclo a ciclo, en el aumento en la cantidad de estudiantes. Al contrario de lo que se cree del barro, el rancho, la vinchuca y todos los prejuicios que acarrea la facultad de arquitectura, el interés es cada vez mayor. La decana de la facultad está bastante embelesada con el TABI y fue una de las que nos incitó a la diplomatura. Es una forma de ir abriendo la cancha para que el resto de facultades empiecen a parar la oreja. Por ejemplo en Agronomía, o en otras universidades como la UBA. Y este es apenas el tercer año. 

También hicimos un seminario que se llamó “la Arquitectura en la Permacultura”, en el aula magna. Invitamos a Gustavo Ramírez de Gaia y Jorge Belanko de El Bolsón. Y fue impactante ver en ese lugar, donde siempre vi a gente de traje y corbata elevados, verlos a ellos compartiendo con la humildad que tienen, desde abajo. Porque sino después, todos los chicos salen queriendo hacer un rascacielos de hormigón del tamaño de su ego. Pero esto, todo lo contrario, lo que necesita el planeta: algo más simple. Estar atentos. En la permacultura un yuyo puede ser un material de construcción, alimento, o sanación también. Cada vez más personas requieren eso. Empiezan a aparecer esas demandas de trabajo. Uno de los últimos trabajos que hicimos con Armando fue cuatro núcleos familiares que compraron una hectárea y nos vinieron a pedir un diseño de permacultura. Cada vez más personas empiezan a buscar esa alternativa de compartir un pedazo de tierra. Y es un trabajo que me encanta, porque voy aprendiendo, porque cada terreno es como una persona, tiene unas cualidades que requieren un diseño propio. También he recorrido comunidades mas añosas, algunas con un perfil más productivo, otras más medicinales o de sanación...Y de hecho, entre diferentes comunidades a veces se van complementando. De pronto las que tienen un perfil más productivo abastecen a las que trabajan más con medicina, y viceversa. Ahí se fortalece el sistema de ecovillas o comunidades.

 

 

 

 

¿Lo ves como un movimiento dentro de Córdoba?

 

Si claro. Es una dinámica que cada vez se va haciendo un poco mas grande. Y es como un antídoto. Porque yo he aprendido que la permacultura es regenerativa. Ya no alcanza con parar de destruir. Sino hay que reconstruir. Porque el planeta nos da una unidad de energía y nosotros consumimos tres. Por eso, para mí, es importante que se empiece a tomar consciencia. Y Córdoba es rebelde, el Cordobazo, la gente sale a la calle, se autoconvoca, en el barrio, se organiza, salen a manifestarse y es un ejemplo a tomarse. No porque yo ame Córdoba y sea cordobés, pero siento que está muy atenta la gente a lo que sucede en el medio ambiente. No solo desde la construcción de ecoaldeas sino en las marchas por la Ley de Bosque o la Autovía de Montaña, mercados orgánicos, pequeñas cooperativas, hay muchos emprendimientos que hacen un movimiento.

 

Por último: ¿Cómo es tu experiencia en la UIP?

 

Yo creo que puedo aplicar muchos de los conceptos que aplico porque hay una universidad de permacultura. Eso tiene que ver con Gustavo, con toda su experiencia, los años de estar, de su disciplina, su constancia y su seriedad. Movido por sus pasiones y convicciones, que tal vez es lo que más me contagió a mi. Ese espacio que se formó hace tres años es un antídoto, un remedio... y estoy abocado a que eso crezca, porque lo considero muy valioso en el sentido que la permacultura es una herramienta regenerativa, que si la sabemos interpretar y aplicar, toma poder. Y ese poder yo lo vi primeramente con mis propios ojos en Gaia, cuando vi ese sistema de permacultura real que era una máquina de producir alimento, todo orgánico, casas surgidas del mismo sitio, en barro, extremadamente eficiente, un ejemplo de eficiencia energética y regeneración. Porque si vos ves una foto de lo que era cuando llegaron, era pura gramilla...Y ves la foto hoy y no lo podés creer. Entonces hay una coherencia entre el paisaje y el discurso. Escuchar la naturaleza. Es importante leer libros y tomar cursos. Pero es importante respaldarse en los hechos. Eso fue lo que más me entusiasmo. Ver que estábamos en un aula hablando de sustentabilidad y salir y ver el banco de semillas, las huertas, los árboles, las casas, todo...

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