Somos una familia: Una contemporaneidad de medio pelo

April 24, 2019

 

Por Lea Ross

 

La última ganadora de Cannes reitera una temática sobre la fragilidad de la familia como institucionalidad, pero radicalizando en cuanto a su ambigüedad.

 

El cine es uno de los tantos ámbitos donde la familia adquiere su legitimación institucional. La comparecencia de determinados personajes en su interacción con sus pares lleva al espectador a la comprensión razonable de su funcionalidad social. Por el contrario, toda familia que entra en crisis, es un síntoma de una mirada pesimista por el porvenir de lo humano o de la civilización.

 

En Somos una familia, la última película del director japonés Hirokazu Koreeda y que le valió la Palma de Oro en el Festival de Cannes el año pasado, trata al parecer de complejizar ese asunto mediante saltos de perspectivas, llevando a una aparente ambigüedad. El título original es más preciso: Manbiki kazoku, que se refiere al acto de robar en familia.

 

Precisamente, el “manbiki kazoku” es lo que se ve en la primera secuencia del filme, previo al título de la película, que se torna una redundancia. Pero a la vez, detalla que la entrada del padre protagonista de esta historia, de nombre Osamu, y su hijo, expone la evidente preparación estratégica, incluyendo un cruce de dedos como supuesta cábala. Es lo único que puede enseñarle a Shota, su hijo varón, como se referirá Osamu en otra escena.

 

La familia de esta historia es un quinteto, por ahora. De tres generaciones. Tratan de ganar dinero de lo que pueden y viven hacinados en una vivienda maltrecha. Es considerable cómo la cámara de Koreeda capta composiciones casi claustrofóbicas, pero hipnóticas en cuanto a lo doméstico.

 

El giro que tendrá esta familia especial será cuando los dos personajes principales de la secuencia inicial se encuentren con una niña a la intemperie, en la calle y con un ambiente frío. El quinteto pasará a ser un sexteto, aun cuando eso lleve a una mayor congestión hogareña. Pero para los integrantes no parece ser un impedimento para Yuri, como la han bautizado. Menos todavía cuando su pequeño cuerpo tiene marcas como síntomas de agresiones, provenientes de su hogar.

 

La familia que construyó Koreeda es bastante pasible, rebuscadas y silencian más de lo que aparentan. Cada familia es una caja de sorpresas. Y así como surgirán otros acontecimientos inesperados, será la entrada de esta niña que pondrá en riesgo la susceptibilidad de este grupo marginal o marginalizado.

 

De a poco, la niña va interiorizando los tics del padre y su hijo a la hora de emprender los atracos de poca monta. El resto de la familia, todas de sexo femenino e intergeneracional, tratan de canalizar sus propios afectos que permitan otorgar un sentido a sus propias vidas. Llegará un momento en que Nobuyo encarará a Osamu para coger y consumar su relación afectiva con él, que Aki –la hija mujer- encuentre una esperanza de afectividad en el puti-club donde trabaja y la abuela pueda encontrar un mejor momento para su final, como puede ser la contemplación de su familia jugando a la playa, la única escena memorable donde no hay paredes, ni nada que obstaculice el paso.

 

Será aproximadamente en la última tercera parte del metraje en que las verdaderas instituciones toman cartas en el asunto sobre la situación de esta familia. Que, a la vez, pone al descubierto los secretos delictivos que han guardado, incluso a la propia audiencia de la película. La aparición por la fuerza del Estado se presenta en una casi tragedia. Como si el también director de After Life pretendiera responsabilizarlo del posible quiebre de lazos afectivos. Ya que no parece implicar o acusar a sus criaturas. Desde el comienzo que no lo ha hecho.

 

Tan enternecedora como ambivalente, Somos una familia pretende trasgredir sin doblegar el aprecio por narrar. Es en esa confusa posición, que no necesariamente pretende ser reforzada, en que lleva a preguntarse si la noción de familia cumple una funcionalidad social o una estructuralidad para la fraternidad, en una contemporaneidad indescifrable, tanto para nosotres como para Yuri, mientras contempla el horizonte desde algún balcón, al final de todo.

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