Escuela Monte


Por Tomás Astelarra

“Sabedores siderales

del tiempo y la vida misma,

cultores y fuente nueva

de lo que viene a la vista”

Rally Barrionuevo, Gente del Campo.



Algún amigo del campo


Reflexiones acerca de la pelicula Escuela Monte de Cecilia Cisneros y Mariano Raffo que se estrena el jueves 9 de mayo en el Cine Gaumont de Buenos Aires. La aventura de migrar de la ciudad al campo.


En los tiempos que corren las profecías de los antiguos dicen que el ritmo de la madre tierra se ha acelerado, tiempos de caos, crisis civilizatoria, desastres naturales, hidra capitalista, mundo cheje, pensamiento crítico... la cosa ta' chingada y va a estar peor, dice el Taita Rocky que dicen los abuelitos... ¿hay solución?

Hay acciones pequeñas, diversas, potentes, creadoras, salvajes, accidentas, dispersas arcas de Noe, desarrollo a escala humana. Hasta quizás sean mayoría. Los tiempos del pachakuti, cambio de era, se confunden entre el veloz viento pensamiento de esta modernidad avasallante y el pazciente ritmo ancestral de la pachamama y sus pueblas (a veces también confundidas).

¿Hay solución?

La gran invención del capitalismo ha sido separarnos de la naturaleza, la mujer, la madre, la comunidad, nosotres mismas. Vendernos que no solo las vaquitas, sino dios, el gobierno y nuestros destinos son ajenos. La naturaleza misma como amenaza, caos, enfermedad, enemigo... la malvada de la película.

¿Y tu qué?, se preguntan las antiguas tribus. La madre es eso y también alimento, medicina, espíritu, fuego, contención. Todo eso que ahora nos vende el sistema capitalista en paquetitos de colores en los supermercados. La dualidad es un invento del conquistador para separar el almidón de la cáscara y el gorgojo y volver veneno la semilla. Una etiqueta para cada deseo. De los mal, y de los bien intencionados. Siempre hay una letra chica.

¿Hay solución? Cualquier respuesta sería trampa, hidra capitalista, pues como ya alguna vez vaticinó el profeta nadaista Gonzalo Arango: no llegar es también el cumplimiento de un destino.




Documentando la neorurarealidad


Escuela Monte plantea la imagen natural, secuencia de cuadros o fotografías, de uno de los tantos caminos posibles en tiempos de pachakuti: el que algunas intelectuales han llamado nueva o neo ruralidad. El de les hijes del pánico, de las grandes ciudades, clases medias intelectuales, pero también buscas y pibas de barrio, anque cómodas herederas de los privilegios patriarcales de ese 1% de la población que domina los destinos del mundo.


Gentes a contramano de las culturas campesinas que históricamente migran a la ciudad bajo las luces del american dream, cómoda miel del consumo y tecnología moderna. O incluso aceptan la construcción del imaginario capitalista e individualista en los territorios rurales. Siempre bajo la letra chica en los paquetes de un sistema de muerte. Una para cada deseo o necesidad. La capacidad poco importa aunque la meritocracia intente vender lo contrario.


Un eje o deseo transversal, de fuga, salvataje, redención, puebla ese impulso desesperado y a veces ignorante o ciego de la migración de la ciudad al campo. Gentes, que como el sabio Bartleby, preferirían no hacerlo. Gentes que no saben de soluciones. Una inquietud o intuición que no distingue raza, género, cultura, escalas sociales o ideas políticas.

En los mismitos territorios rurales donde se impone el avance de ese saqueo económico y cultural que algunes llaman extractivismo, dependiendo de la idiosincrasia originaria, se los llama gringos, o jipis, o porteños.


Algunas culturas originarias entienden que este disperso y diverso grupo de locas y locos inconscientes vienen al rescate de la Madre Tierra allí donde algunes dejaron su cultura vacante. Otres comienzan a entender que no necesariamente cuando se habla de elles, se invoca la palabra patrón.


El tiempo de construcción es lento, difuso, caótico, como el ritmo de la naturaleza que, como ya explicamos, es la mala de la película o documental. Pero también la heroína, la que nos interpela con sus imágenes y sonidos, a veces interrumpidos por el insignificante deambular de les niñes jipis; en diálogos sin sentido o truncos, a medio hacer, haciendo, viviendo, una experiencia sorprendente por novedosa pero a la vez cotidiana, donde les autores y directrices plantean ese mundo cheje que alguna vez esbozó la Silvia Rivera Cusicanqui como caracterización de las culturas originarias enfrentadas a la modernidad. Ahí donde una cocina económica convive con los dibujitos animados, wi fi de una laptop alimentada con energía solar o la mezcladora de cemento se utiliza con generador eléctrico atado con alambre para acelerar la elaboración del pastón de paja y barro. El asado y el vino conviven con Fukuoka, Zibechi, Raymond, Yupanqui, Max Neef o Foucault.


“Hay algo que está pasando en la ciudad que estamos generando, donde uno no puede organizar una vida en común, un buen vivir. Y entonces salimos eyectados a estos territorios rurales. Y de pronto todos estamos en transformación en este lugar: los que llegamos y los que estaban acá también. Porque ven transformado su paisaje natural y social”, afirma la antropóloga Julieta Quiroz, becada del Conicet, vecina del pueblo de Luyaba, Traslasierra (donde ponele que transcurre Escuela de Monte) en el programa Paisanas del Barrio, de la radio comunitaria El Grito, de Los Hornillos, otro de los tantos intentos por decodificar la diversa y compleja construcción de esta neorurarealidad.




Política de fuga


Inserta en ese paisaje serrano, de monte, Julieta, que se especializó en estudiar los movimientos sociales del conurbano bonaerense, explica que si bien no es su ámbito de estudio, se ve interpelada desde su profesión u oficio (patafísicamente inútil en estos pagos) por esa compleja trama social que se genera entre “nacidos” y “venidos”. Mezcla cheje y pachakutiesca.


En su artículo “La clase media vuelve al campo”, publicado en la revista Le Monde Diplomatique en 2014, se remonta al movimiento hippie, el Mayo Francés, Bolsón y San Marcos Sierras para explicar este pulso de migración urbana al campo, situando en el 2001, era de acuario, la bisagra en la aceleración del proceso de neorurarealidad. “Hay una tendencia o signo de época. Nos habituamos a hablar de los que se fueron afuera, pero también estuvieron los que se fueron adentro.

Junto al sur patagónico, otros destinos se tornaron prototípicos: Salta y Jujuy, Misiones, provincia de Buenos Aires (las islas de Tigre, por ejemplo), y en el centro del país, los pueblos serranos del interior de Córdoba. El paraguas del neo-ruralismo cordobés (y seguramente también el de otros destinos) abriga un auténtico crisol sociocultural. Están los que vinieron en una huida conservadora y conservacionista del sí, para quienes el “es otra calidad de vida…” se condensa en vivencias como “dejar el auto con la llave puesta”, “criar a tus hijos sin miedo”, “poder dormir tranquilo”; es el tipo de migrante que puede precisar el episodio de inseguridad que lo habría decidido a irse. Están los que vinieron en la apuesta por construir una vida simple, conectada con prácticas y valores que el complejo citadino-capitalista nos hizo desconocer. De corte progresista (en sus versiones liberal, izquierdista, ecologista, anarquista), esta gente encuentra en las actividades de campo (y de modo general en el desarrollo de todo tipo de home-made) la posibilidad de constituir una economía autosuficiente, libre de consumo y consumismo. Unos y otros suelen combinar faenas campesinas con otras ocupaciones profesionales (vienen profesores, técnicos, licenciados), de oficio (vienen carpinteros, tapiceros, artesanos), o comerciales (los que montan un emprendimiento productivo, una casita de alquiler en temporada, o un puesto estable en las ferias de artesanías). No buscan “trabajo”; vienen por un modo de vida distinto, que consiste en desandar el camino de la modernidad: dejar la ciudad para irse al campo, lugar de “mejores oportunidades” ya no estrictamente económicas sino esencialmente vitales. Gente que no quiere progreso (se saturó de sus secuelas o de buscarlo sin éxito) sino regreso”.


“La idea inicial era poder retratar lo colectivo, quizás desde una mirada muy optimista acerca de lo que está o estaba pasando en Traslasierra. Filmamos encuentros culturales, de semillas, proyectos de educación alternativa, compras colectivas, todo a pulmón. Pero muchos de esos proyectos se fueron pinchando. En particular un proyecto de una escuelita que estábamos filmando en la zona de Los Molles. Entonces volvimos al comienzo y nos concentramos en algunas familias, algunos personajes, y en las contradicciones que entraban en juego en ese proceso de migración de lo urbano a lo rural”, cuenta Cecilia Cisneros, autora y directora de Escuela Monte, que vive en Buenos Aires, pero hizo su intento en Traslasierra, donde se funde en el paisaje documental junto a Mariano Raffo, autor y director de Escuela de Monte, que viene de realizar el documental Return to Bolivia, que vive con su familia en Traslasierra, y al igual que Cecilia, es también actor-autor-personaje de su propio periplo neorural.


“Uno se va con muchas ideas preconcebidas y se encuentra con muchos problemas a solucionar, como buscar trabajo sin armar un curriculum, manejar las distancias con horarios escasos de transporte público o como acceder a la luz, o el agua caliente, que son cosas que acá en la ciudad se naturalizan mucho”, sigue contando Cecilia. La inconveniencia de ese periplo no es que triunfa frente a la esperanza de otro mundo posible. Sino que se impone.



Pachamama, la madre de todos los caos


Explica Cecilia: “Con Mariano, los dos habíamos leído este artículo de Juli en Le Monde y todo el tiempo estaba dando vuelta este proceso de neoruralidad. Pero la trama discursiva fue un tema en el montaje. Porque había dos universos que eran muy diferentes. Por un lado el universo expresivo de la naturaleza, donde influyó mucho el trabajo musical que hizo Zelmar Garin para la banda sonora, porque va por ese camino lúgubre y disonante y a la vez atractivo. La idea es que la naturaleza tenga la entidad de un personaje, bajo la hipótesis de que así como es pinchudo el monte, también es pinchuda la llegada. Taba bueno que tuviera un dejo tenebroso, o misterioso, profundo y oscuro a la vez. Ese concepto estructuró el montaje, a través de las estaciones que van cambiando. Y en medio, esa atracción por esa naturaleza que a la vez genera resistencias a la hora de habitar el lugar, que es nuevo, porque somos bichos de ciudad, que no tenemos idea de como es vehiculizar los recursos hasta que llegan a nuestra casa. Desde matar un animal para alimento a recolectar el agua o generar la luz. Por otro lado está el universo de la gente que habla acerca de lo que cree, de sus experiencias, sesgadas por su clase social. Porque los personajes fueron elegidos en ese sentido, tratando de abarcar todo el abanico social. Se nota la diferencia de términos y condiciones a pesar de que todo se junta en el marco natural y espiritual que impone Traslasierra. Eso generó mucha tensión en el montaje. Y los dos terminamos pensando que Escuela Monte es más un registro de época que otra cosa. Porque deja sentado algo que está pasando en un momento con una situación muy particular de los seres humanos que están migrando de las grandes urbes a lugares más despojados y naturales. Y en ese sentido nos gustaba lo de dejar mas preguntas que certezas. Porque nosotros tampoco las tenemos. De hecho tuvimos ese viraje de mostrar las construcciones positivas a nivel comunitario a centrarnos en los desafíos que impone la naturaleza. Quisimos reflejar mundos diferentes, sin respuestas para ese ser urbano que, seguramente, será quien vea la película, y que está pensando en irse y que se le llena el culo de preguntas acerca de cosas que tienen naturalizadas acerca de su propia condición social”.


La tensión es la naturaleza, pero también el tiempo, el dejar ser y hacer, ese estar con el que Rodolfo Kusch distinguió el ser moderno y civilizado de la antigua barbarie originaria indígena de América Andina, con sus valores de convivencia con esa naturaleza que en el caos es también madre, tierra, pachamama.


“Hay disrupciones en el lenguaje, con ese paradigma urbano que te muestra muchas cosas para que no pienses. Desde el hecho de usar planos largos que vienen a romper con esa cosa del entretenimiento a la utilización de los escasos fondos que recibimos del estado, y que apenas alcanzaban para 15 días de rodaje legal, para realizar una investigación de un año entero. Mostrar un proceso donde el espectador se sienta y entre un poco, por un ratito, en ese tiempo-estar serrano que bien conocemos lo que estuvimos en Traslasierra y que es tan representativo de la vida allá”, aclara Cecilia.


Es casi imposible analizar las razones de un impulso que nace del miedo y al miedo se enfrenta, en un apocalipsis que solo puede transformarse en pachakuti cuando la intención crea el hábito que forja la costumbre que templa el destino. Seres enfrentados a la naturaleza solo por tradición, colonialismo, nunca el deseo. Entonces la tensión es la falta de palabras para describir el desafío. La falta de conceptos, clases sociales, paradigmas culturales, búsquedas de alimentación, o salud, o cultura, o política, o espiritualidad. Esa amalgama de población que los paisanos llaman “jipis” y que no necesariamente son vegetarianos, ni construyen en barro, ni usan barba o faldas de colores, ni piensan en el estado como enemigo, o privilegian la educación waldorf y el temazcal o los yuyos del monte sobre el dispensario y la escuela pública. Alguno pueden hacerlo alguna vez, como diría Marley parafraseando a Lincoln, pero es difícil que todas las personas lo hagan todo el tiempo.


Y entonces es donde surgen los héroes de esta película-documental, les niñes, que como bien explica Cisneros: “tienen su propia vida y hacen y muestran los que aprenden de los mayores, en contraste con esos mayores que hablan y hablan y hablan”. “Son procesos cíclicos que se van creando y disolviendo dentro de algún tipo de entidad más grande, difícil de explicar en el tiempo. Y en ese sentido fue importante el papel de les niñes que tienen otra percepción de estos procesos. Es una trama chiquita que va apareciendo y va jugando con esa naturaleza a la que ellos y ellas no le tendrán miedo”, concluye.