Ese oscuro objeto llamado banco: A 50 años de la primera película de Woody Allen

A medio siglo de iniciar su filmografía, el director de Robo, huyó y lo pescaron inicia una obsesión sobre

la voluntad de robar.


Por Lea Ross


Antes del año 1969, Allan Konigsberg se dedicaba a escribir libretos humorísticos para los medios gráficos, abandonaba su timidez para subirse arriba de los escenarios para el stand-up y se encerraba en su cuarto para ensayar con su clarinete. Pero también, había participado de algún que otro experimento audiovisual. Por ejemplo: cambiando el doblaje de una película oriental para crear una historia completamente distinta.


Finalmente, llegaría la oportunidad de dirigir de manera profesional su propio proyecto fílmico, como director y guionista (y protagonista). Así nace Robo, huyo y lo pescaron, considerado como su primer filme propio y cumpliéndose ya medio siglo de su estreno.


La película trata sobre la vida de Virgil Starkwell (interpretado por el propio Allen), un ladrón de poca monta que ha tenido innumerables fracasos como asaltante de carteras y atracador de bancos. Sin embargo, eso no le impidió seguir adelante para concretar con sus fechorías. La película es narrada bajo el género de “falso-documental” (mockumentary), mediante testimonios ficticios, aunque las escenas sobre las andanzas del protagonista funcionan por fuera de “lo documental”.


A pesar que ésta ópera prima pulula algunas temáticas que se tornarán presentes en el resto de la filmografía del cineasta, como las relaciones amorosas, el psicoanálisis, el infortunio por el libre albedrío, referencias autobiográficas, entre otras, resulta curioso que el eje central de su primera obra sea una cuestión que también persistente, aunque no lo aparente: la voluntad de cometer un hurto.


Perpetrar un delito es una inquietud constante en el universo de Allen: desde la comedia al drama, condensado en su clásico Crímenes y pecados (1989), pasando por una mirada más naif como Misterioso asesinato en Manhattan (1993) o Scoop (2006) y decayendo a un pesimismo operístico con Match Point (2005) y El sueño de Casandra (2007), que son dos caras de una misma moneda. Pero gran parte de los mismos apuntan a la inquietud sobre la determinación de cometer un homicidio. No así la cuestión de la apropiación de un bien privado.


Es evidente que parte de la obsesión del director de Annie Hall es la duda sobre cómo atravesar los límites de la propiedad privada, frente a un mundo de pocas posibilidades. Esto se contrapone a los primeros westerns, donde los malvados forajidos pretendían apropiarse del botín de los bancos por puro barbarismo. No así en la comedia muda, donde el escape de la policía o de las posibilidades de cometer alguna picardía son las decisiones que toman los vagabundos a la hora de escalonar al primer plato de comida hasta la cúspide del american dream.


Justo antes de Robo, huyo y lo pescaron, el director Arthur Penn estrenó la película Bonnie y Clyde (1967), que marcó un giro en el historial de películas sobre asaltos bancarios, a partir de la relación sentimental de sus protagonistas, llevando a la perspectiva de los policías por la periferia.


Al igual que el personaje de Charles Chaplin, y llevando a una casual parodia a lo Bonnie y Clyde, aunque manteniendo esta “periferización” de la mirada de la gorra, el Virgil Starkwell de Woody Allen decide ser un atracador porque no le queda otra. Su introversión le ha dificultado conseguir un empleo respetable, sumado a su frustrado proyecto de ser músico. Allí, se recuerda el memorable sketch donde trata de tocar el violonchelo en una marcha orquestal.


Las bajas expectativas de entrar en el ámbito laboral se recrudecen. Más aún cuando el protagonista va a tener un hijo. Es así que Virgil insiste en ese inalcanzable propósito de lograr un golpe perfecto. El fracaso siempre es su condena.


¿Es Woody Allen un “choro” resentido? El estereotipo del maleante es aquel que en su vida no consiguió todo lo que quería. Todo aquello que la propia sociedad se le ha negado. Los primeros minutos del filme comentando sobre los primeros años de Virgil, muy semejantes a la vida de Allen, designan ese parámetro.


Es conocida la máxima de Bertold Brecht que relativiza el asalto a un banco en comparación con fundarlo. Pero en el universo del que mejor retrató a Manhattan, la bancarización del mundo permanece fuera de cuadro. En ese mundo hostil, pero a veces necesario que vale la pena seguir intentando, las finanzas son opacadas en la atracción afrodisiaca sobre el mundo delictivo. Aquí se expone la gran paradoja del director: el amor no se “romantiza”; pero sí el robo. La búsqueda interminable sobre el funcionamiento de las relaciones humanas no alcanzan a las bases de su funcionamiento productivo. Tal como lo explaya en La rosa púrpura de El Cairo (1985): no hay interés en los actores en disputa que llevaron al crack financiero de 1929, solo importan los agentes que se involucran en sus secuelas culturales.


Entrado ya en el presente siglo, Ladrones de medio pelo (2000) retoma a la figura de aquel asaltante frustrado, pero en este caso como alguien ya jubilado, dispuesto a dar el último golpe. A diferencia de su ópera prima, la suerte le sonríe a Ray Winkler (también interpretado por Allen). El asalto al banco no se concreta, pero sí se convierte en un millonario por un negocio legal. A pesar de su crecimiento patrimonial, Ray no se conforma con su situación y decide robarle una joya a alguien de su –ahora– misma clase social.


Es decir, la mirada que tiene Woody Allen sobre el hurto es tan edulcorada, como sus filmaciones en las ciudades turísticas por Europa en los últimos años. Un deseo, cuyas posibles raíces sean los períodos de su infancia, que no logra expandirlo más allá de un capricho.


Se tendría que esperar hasta la crisis mundial bursátil de 2007-2008 para generar un posible cambio de rumbo a esa perspectiva. Es en ese panorama desolador, donde se estrenaría en 2013 Blue Jasmine, considerada como una de las mejores en su carrera contemporánea. Aquí, Cate Blanchett encarna a una mujer caída en desgracia por el fallecimiento de su esposo multimillonario. Que Woody Allen se interese por la psicopatía que nos lleva a una crisis generalizada por el sector financiero puede cotizar tan alto como haber cortado su tour europeo y retornar a filmar a su tierra natal neoyorkina.