Charlas del Monte XXVI

Rock, política y espiritualidad.


Por Tomás Astelarra



Mi amigo y maestro Rocky es un personaje particular. George Harrison, o algún otro cruce entre rock y espiritualidad, lo llevó a la India y la meditación. Aún sostiene que es la forma más simple de atravesar el mundo. Tan fácil como controlar la mente. Sin embargo eligió otros caminos.


Después vivió en México donde fue sonidista de grupos de rock y reggae. Encontró y adhirió al Camino Rojo, el Sagrado Fuego de Itzachilatlan. En sus principios dice: “Nosotros nos reconocemos como una nación y un pueblo originario que acepta y reconoce su conexión con el Gran Misterio. Reconocemos la relación con todos los seres y principios que devienen del mismo origen. Asumimos nuestro legítimo derecho como herederos y depositarios del saber originario, para practicar las enseñanzas e instrucciones contenidas en las tradiciones de nuestros ancestros. Reconocemos el mismo origen y la misma hermandad con todos los seres de esta Tierra, y somos conscientes de que las diferentes formas de credo no nos separan”.


Por sincretismo heredado y resilente adaptación a la cultura popular del territorio que había elegido como paisaje, Rocky también tuvo que declararse católico. Temazcales, danzas al sol, conciertos en territorio zapatista, bohemia del DF, resignarse antes una virgencita de pueblo, esa cultura que describieron gringos locos como Watson, Artaud, Kerouac, Catañeda y Juan Rulfo. Entre otres.


Volvió a su Buenos Aires natal transformado. Allí sigue el camino rojo y siembra temazcales. Allí, aquí y allá. Encuentros populares indígenas y ceremonias de jipi chics, mapuches, fotógrafos, profesoras de tai chi y yoga, arquitectos, comechingones, gringos y sabandijas caminantes. Fomenta la cultura ancestral y los mensajes de los abuelos sin caer en esa nueva espiritualidad consumista, hidra capitalista, que solo busca sanación personal considerando tonta o violenta la resistencia de las pueblas. Siembra conciencia con la palabra y la humildad que caiga en un porte desproporcionado pero nunca torpe, un lenguaje de barrio donde les pibes ensayan birrita en mano, pero con voz de antiguo indio, presencia y autoridad sutil como el calor del fuego que brindan las abuelas en su tierra. Cierta delicada flexibilidad para seguir los ritos que le enseñaron según estrictas normas alguien que dice continuar el mensaje de los abuelos.


“Dicen los abuelos que la cosa cada día se viene mas chingona. Que hay que crear refugios, comunidad...*”, aclara mientras discernimos realidades paramilitarizadas en México, Colombia o Bolsón. “Dicen los abuelos que la revolución es la cultura”, confirma mientras me introduzco en la problemática de un mundo cada día más fragmentado, donde la posverdad de los pueblosgueto nubla el horizonte colectivo, universal, hermanado, sororo... Sapos de otros pozos que muy pocas veces logran saltar la grieta entre el hacer político y espiritual, entre sus ritos y experiencias, espacios. O temen o hacen la rana.


Tan raro hablar de un temazcal en una radio comunitaria como de un piquete en una toma de ayahuasca. Siendo que ancestralmente fueron mundos unidos. Política y espiritualidad. Que no es política y religión. Y que aún permanece en la tradición originaria vigente en las movimientos sociales, pueblas originarias, aunque sea como pantomima en la asunción de Evo Morales en Tiawanacu.


Mientras fumamos un tabaco o tomamos un rapé o mate, invocamos el recuerdo del Taita Querubin y el Taita Tulio, del Quntin Lame y los viejos brujos que enfrentaron al winka invasor con rayos de fuego en los desiertos de Sonora. O se ocultaron. Para mantener la cultura. Que también es política y nace del espíritu, donde la comunidad es vacía sin la fuerzas invisibles que nos guían y sostienen aún en la lucha o desesperación de un mundo cancerígeno y en constante pachakuti.


Recuerdo a mi amigo y maestro Manuel Rozental, activista y militante colombiano, intelectual y “coleccionista de fracasos”, quien citando el pensamiento del pueblo Nasa alguna vez dijo: “Las palabras sin acción son vacías. La acciones sin palabras son ciegas. Las palabras y las acciones fuera del espíritu de la comunidad son la muerte”.



Aclaración o Advertencia: Por si no se dieron cuenta pero estas charlas, relatos, columnas, son ficción. Ciencia Ficción Jipi


DIBUJO: Leo Occipinti



* “Arcas de Noe”, diría Zibechi