Venezuela y el dilema de la violencia


Por Tomás Astelarra para La Luna con gatillo/Resumen Latinoamericano


Apuntes urgentes sobre las violencias en América Latina. Un relato apasionado (y encabronado) en torno al periodismo y la coyuntura continental.



“Vivimos en un país que es blanco principal, la tierra a ser arrasada. No existe el derecho a la inocencia” (Marco Teruggi, Mañana será historia).



Que tilden a Maduro de dictador no sorprende. Ya lo hacían con Chavez y lo harán con Evo Morales (nunca con los que no le conviene). Pero cuando el dizque periodista Ernesto Tenembaum dice que en Venezuela se produce la mayor violación de derechos humanos desde los ochentas me dan ganas de tomarme un bondi a Buenos Aires e ir directamente al estudio de radio a cagarlo a tiros.

Después me doy cuenta que para cuando llegue a Buenos Aires seguro se me pase la calentura o recuerde la frase “no gastar pólvora en chimangos”.

Enfrente (radiofónicamente hablando) está Juan Grabois, que se las rebusca como puede para hablar de la injerencia de Estados Unidos en América Latina sin por eso declararse cómplice de los abusos de Maduro. Le menciona a Tenembaum el caso de Honduras (que el dizque periodista reconoce desconocer). La charla cae en un absurdo juego de violentómetro geopolítico. En un momento Tenenbaum le dice que le “duele” que defienda a Maduro. Y yo no puedo menos que volver a violentarme.

¿Por qué me violento? Porque a mí me duele la cantidad de crímenes de estado que Tenembaum ignora día a día en su propio país (de Maldonado patrás y padelante). Porque si Grabois osa decírcelo (de hecho se lo dice tímidamente), Tenembaum recurrirá al manual de posverdad para preguntarle si tiene pruebas, estadísticas, fallos judiciales, informes de ongs (herramientas de los de arriba, jamás la certeza que dan las cumpas muertas en las calles o territorios). Ponele que también me violento por respeto a la memoria de los millones de muertos que han dejado decenas de gobiernos dictatoriales con complicidad de los Estados Unidos y periodistas como él. Pero eso es pasado (ahora resulta que Néstor era un buen presidente y hasta quizás se lo bancaba a Chávez). Ponele que también me violento, por ejemplo, por los, que digo miles, millones de compañeres caídos en Colombia en lo que va del siglo democrático. O los ¿300?, ¿400? líderes sociales asesinados el año pasado en plena vigencia del dizque Acuerdo de Paz con las FARC. O las 600 personas desplazadas recientemente en la zona de Corinto Cauca según el senador indígena Feliciano Valencia, que bien sabe de estar desplazado, preso y amenazado de muerte por grupos paramilitares que la justicia colombiana que ya ha demostrado con claras vinculaciones con el gobierno de Álvaro Uribe Vélez y también el de Estados Unidos a través del Plan Colombia.

Durante los primeros cuatro años de gobierno del mandamás o patrón político colombiano (Sr Matanza), según las propias Naciones Unidas, 8 personas fueron asesinadas y 5 detenidas arbitrariamente por día. El total de asesinatos (11.292) es mayor al total de víctimas de los 17 años de dictadura de Pinochet en Chile. Un informe de la Comisión Colombiana de Juristas determinó que el 62% de los casos habría sido responsabilidad del estado por tolerancia o apoyo a grupos paramilitares y 12% por acción directa de sus funcionarios. Con los más de un millón de personas huyendo de sus tierras a causa de la violencia durante el mandato de Uribe, el país se convirtió en el segundo con mayor número de desplazados después de Sudán.

¡2002 a 2008 Tenembaum!!!!!!!!! ¡Siglo XXI Tenembaum!!!! ¡Un milllón de desplazados y miles de muertos Tenembaum!!!!!! ¡Con el apoyo de Estados Unidos Tenembaum!!!!!


Disculpen, me estoy violentando. Y no solo por respeto a les cumpas colombianos con quienes conviví algunos años. También por les cumpas argentines que actualmente ven un incremento de la violencia institucional de la mano de un gobierno “amigo” de Álvaro Uribe Velez, es más, asesorado por Álvaro Uribe Velez, a quien Mauricio Macri le dio las llaves de la ciudad de Buenos Aires (y a quien Cristina Kirchner nombró asesor de Gendarmeria Nacional, en un nuevo debate de quien gana o pierde en violentómetro de la política nacional).

Álvaro Uribe Vélez, el mismo que desde los tiempos de Chávez se ha cansado de introducir en territorio venezolano grupos paramilitares que generaron una buena parte de este caos de violencia que es hoy el hermano país, dizque dictadura, amén de favorecer el contrabando, la especulación del dólar y la estigmatización del proceso bolivariano a nivel de foros internacionales. El hombre del siglo según el History Channel. ¿O es que nadie cuenta los muertos del chavismo en estos años?

Se lo explica al dizque periodista Ernesto Tenembaum el periodista venezolano residente en argentina Modesto Guerrero: “Yo puedo entender cualquier error del gobierno venezolano siempre que lo saques del cuadro de presión al que está sometido. Si tienes una rebelión armada de la oposición tú tienes que responder con la misma categoría de la defensa. El problema es de información y como se ubica la información”. Es la vieja historia de Israel y Palestina. Tiran un misil, desplazan un millón de personas, asesinan niñes, y ante el primer atentado de respuesta resulta que son terroristas. Como cualquier pueblo que ose defenderse con armas del siglo pasado frente a la gran maquinaria armamentística del capitalismo.


El reciente libro del sociólogo Miguel Ángel Beltrán, “FARC-EP (1950-2015). Luchas de Ira y Esperanza”, pone sobre el tapete la actual estigmatización de la violencia armada en América Latina en los años 70, mostrando mediante entrevistas en la misma cárcel, la historia personal de un grupo de guerrilleros de la más longeva guerrilla del continente. Una tras otra, las historias disparan como pruebas irrefutables una vocación armada que solo nace del acorralamiento, la desesperación, el hambre, la lenta y tardía respuesta a una violencia estatal, empresarial, despiadada, criminal, inhumana. ¿O acaso cuando el dirigente de las FARC Raúl Reyes fue asesinado en Ecuador en un operativo conjunto entre el ejército colombiano, ecuatoriano, estadounidense y grupos paramilitares, alguien recordaba que antes de internarse en la selva fue sindicalista y militante del PC?¿Qué no tuvo otra opción más que huir ante las amenazas de paramilitares contratados por la empresa Nestle, la misma que ha sido denunciada por complicidad en más de veinte asesinatos a dirigentes de Sinaltrainal por reclamar justos derechos laborales?¿O es que alguien conoce la historia de Miguel Ángel Beltrán, académico de prestigio internacional que hace más de diez años vive el calvario de la cárcel, el exilio y las amenazas a su familia por criticar la estructura de terror del presidente democrático Álvaro Uribe Vélez siendo deportado desde México como “jefe de Relaciones Internacionales” de las FARC sin que jamás se halla encontrado una prueba al respecto?

¿Cómo comparamos la violencia de un sistema de muerte que saquea pueblos hace, que digo décadas, siglos, mediante los más escalofriantes métodos de tortura, esclavismo, desplazamiento y envenenamiento físico, psíquico y espiritual frente la reacción de estas mismas pueblas oprimidas, ya sea como personas o gobiernos? ¿Cómo comparamos según el violentómetro oficial (o no) la reacción represiva de un gobierno asediado hace 20 años por conspiraciones económicas y paramilitares orquestada a grandes niveles frente a la acción represiva de un gobierno al que los movimientos sociales le están haciendo una protesta por una reforma jubilatoria o el cierre de escuelas?


Vivimos en un mundo con un aberrante coeficiente de aceleración de la violencia. Y no solo institucional. Ahí están los femicidios, día a día, comprobando que la violencia no es monopolio del estado. Y les niñes enfermes de cáncer por el glifosato demostrando que la violencia no es solo monopolio del estado o los seres de a pie, sino también de las empresas. Podríamos decir que principalmente de las empresas (que suelen estar detrás de casi todos los crímenes de estado). Las empresas, aún más anónimas que los estados, cuyos beneficios monetarios reciben personas de carne y hueso, mente y espíritu, que seguramente hacen yoga, viajan a la India, comen macrobiótico, toman ayahuasca con taitas amazónicos (amenazados por el avance imperial de Bolsonaro) y adoran “la paz de la naturaleza”.

¿Y qué parte de esa violencia nos cabe a les compañeres, les movimientos sociales?

La anécdota me la contó un amigo de El Bolsón, donde, tras las protestas por la muerte de Santiago Maldonado y el hiper loteo del magnate empresario Joe Lewis, la región pasó a estar militarizada, paramilitarizada, con historias de hombres con motosierras amenazando jipis okupas, o quemando estudios de radio. O vecines siendo llevados a juicio por terroristas por que los guardianes de un empresario que se robaban un camión de ganado mapuche dizque comenzaron a balearlos. ¿En Venezuela o Colombia? ¡No Tenembuam!!!!! ¡En Argentina!!!!

Perdón, volví a violentarme. La anécdota es que resulta que en las marchas por la muerte de Maldonado un grupo de encapuchados comenzó a pudrirla tirando piedras y bombas molotov frente a la Gendarmería (recuerden, asesorada por el mayor genocida contemporáneo en América Latina, Álvaro Uribe Vélez). Un grueso de las personas en la marcha los rodearon e increparon: ¡Violentos! ¡Infiltrados! ¡Fuera!

Los encapuchados siguieron tirando piedras. La muchedumbre volvió a increparlos ya de manera un poco más violenta. Y a punto del linchamiento, los encapuchados tuvieron que sacarse las máscaras y presentarse. Eran todes cumpas de la feria, la radio, las asambleas…

Es la misma indignación que le agarró a muchas cumpas cuando muchos dirigentes denunciaron la violencia en las protestas contra la reforma previsional. ¿Hay infiltrados? Siempre los hubo ¿Hay compañeres de los barrios, organizaciones anarquistas, algún adolescente emocionado, algún vieje con nostalgia de antiguas luchas que también genera hechos de violencia? Siempre los hubo.

¿O a esta altura vamos a seguir asegurando que la RAM no existe, que no hay cumpas mapuches armados, que Fidel Castro no echó a los homosexuales de la isla, el Evo no reprimió en Chaparina (marcha del TIPNIS) y los excesos del EGP en el “No Mataras” de Oscar del Barco nunca existieron? ¿O acaso el mismo comunismo o izquierda que hoy denuncia la violación de derechos humanos en Venezuela no es el mismo que apoyó la dictadura militar argentina, traicionó al Che y mató millones de personas de manera inhumana en Siberia?

¿Cómo se mide el violentómetro de esta civilización en decadencia? ¿Cómo se discute en estos tiempos en que matar es una acción que puede ejercerse en una góndola de supermercado, en un micrófono de radio, detrás de una computadora o la imagen de un ser pacífico y bien pensante? ¿O no es acaso Tenembaum y su cínica construcción de la realidad una violación de los derechos humanos como no se ha visto desde tiempos de dictadura en los ochentas?