No estamos aquí para entretenerlos. Sobre Songs of Injustice. Heavy Metal Music in Latin America. Heavy Metal Studies- Latin America (2018)

February 4, 2019

 Por  Sandra Gasparini

 

Desde el título, el documental se despliega en un encuadre fuertemente político, como una invitación a descolonializar los parámetros para pensar las culturas de América Latina. Y es que el heavy metal es un género que, tanto en su estética como en sus prácticas, ha nacido en forma de grito contra las formas de control, de explotación, de morales sexuales hegemónicas. La apropiación local de esa emergencia es variopinta y es preciso historizarla.

 

Documentales como Metal: A Headbanger's Journey (2005), dirigido por el antropólogo canadiense Sam Dunn, dieron cuenta del mundo metalero de una manera original y descontracturada, aunque teñida de anglocentrismo y circunscripta a experiencias más vinculadas con el mainstream. Global Metal, en el que Dunn recibe la colaboración de Scot McFadyen, es un intento de salvar esas limitaciones. Lo que Songs of Injustice viene a mostrarnos es otra cosa. Producto de la investigación que lleva a cabo el grupo Heavy Metal Studies – Latin America, liderado por Nelson Varas-Díaz (investigador y profesor de Florida International University, director y productor del film), Songs of Injustice toma como punto de partida una conversación en un estudio de radio entre el periodista Pepe Pesante y el realizador, de la cual se van desgajando estos primeros cuatro “capítulos” sobre casos históricos en Perú, México, Chile y Argentina. ¿Cuál es el mensaje del metal en América Latina?, se pregunta el investigador: busca ser una crónica de las injusticias y la represión experimentadas en sus países. Varas-Díaz propone tres largas etapas que funcionan como condiciones de producción de la cultura del metal latinoamericano: la primera, el colonialismo y su violencia contra las poblaciones indígenas, con sus efectos que presionan sobre las comunidades en la actualidad. La segunda, las dictaduras, el terrorismo de Estado y la resistencia de los sectores populares durante el siglo XX. La tercera, el “neoliberalismo rampante”, que quiere privatizar y saquear los recursos naturales. Los metaleros “cuentan” esta historia de una manera crítica, con sus marcas regionales, propone Varas-Díaz.

 

El metal en Perú emerge durante el enfrentamiento del grupo guerrillero Sendero Luminoso y el ejército nacional, a comienzos de los ochentas. La entrevista está centrada en Herrera, líder de Flor de Loto, banda de hard rock en fusión con música andina. El cuestionamiento es introspectivo y se proyecta a lo social –con mayor interés en la exclusión indígena-; ese es su eje identitario. Como sucede en cada caso reportado en el documental, la propuesta se vertebra desde el presente del heavy metal hacia el pasado, por lo que es indispensable mencionar a Kranium –con sus recitados admonitorios en quechua- y, en este flashback, se hace un análisis de esa historia reciente a partir de cómo la vivieron los músicos.

 

Justamente en consonancia con esta visibilización del movimiento indigenista en los noventas surge el zapatismo (1994) en Chiapas, México, y con él, la promesa de otro país posible. Pimentel, de Leprosy (death metal melódico), refiere que la exclusión, la pobreza y la marginación (“el otro México”) encuentran una voz en ese preciso instante, cuando compone “Llora Chiapas”: el clip del tema (1998) muestra a personas con impactantes atuendos indígenas moviéndose en el escenario. También Oropeza, de Acrania –“banda de (death) metal con salsa”-, recuerda la emergencia de ese fenómeno durante su infancia y, como otros músicos entrevistados, explica el impacto de la figura del Subcomandante Marcos en su música y sus vidas. El metal como mensaje y como denuncia de los abusos del poder parece ser un punto de partida para el aprendizaje personal en todos, además de la apropiación y recreación estética respecto de las bandas extranjeras que admiran.

 

El caso de Chile es bastante diferente de los otros propuestos. El movimiento se genera, según refiere Irarrázaval  (Nimrod), a partir de un sector acomodado y pequeñoburgués de Santiago que es receptivo a las novedades musicales en el contexto de la larga y funesta dictadura pinochetista (1973-1990). Sánchez Moncada, investigador entrevistado, contextualiza esta emergencia en el marco de la instalación de un proyecto económico neoliberal y de una censura y represión brutales, producto de las cuales permanecen miles de personas desaparecidas, como ocurrió en Argentina. Yanko, vocalista de Massacre da cuenta de cómo fue preso y sufrió torturas por su vestimenta. Irarrázaval recuerda el carácter fundante del Death Metal Holocaust, en diciembre de 1985, al que considera el primer festival de metal en Latinoamérica. La única música presente en el documental es la vocalista Cinthia Santibáñez, de Crisálida, banda que también propone una lírica indigenista y ambientalista.

 

En el metal argentino los modos de resistencia se materializan no solo en las letras sino en la solidaridad con las bandas emergentes, expresada en el “aguante” que el público sostiene en cada concierto: así lo señalan Zavala y Cabral (Tren Loco), Trangone (Arraigo) y la investigadora Calvo –quien menciona los vínculos del concepto con la cultura futbolera. Scaricaciottoli, investigador del Grupo de Investigación Interdisciplinaria sobre el Heavy Metal Argentino (GIIHMA), en cambio, propone que el “aguante” es una mecánica reactiva a los procesos de invisibilización que operan dentro de la cultura hegemónica y, también, una manera de intervención en lo cultural y social que proviene de la militancia política. Una estética que se plantea como una política de intervención en la calle, donde muchos jóvenes manifestantes llevan remeras de V8, Hermética, Malón y Tren Loco.

 

Como un antídoto de la amable canción de los Jackson Five (“We are here to entertain you”), Zavala nos recuerda sobre el final que “el rock no es un entretenimiento; es una forma de sentir y de pensar”. O al menos, el rock que nos interpela. En ese sentido, es valiosísimo el muestreo que suponen los dos discos recopilatorios que acompañan el DVD. El cine documental en tanto apoyo de investigaciones tan necesarias e interesantes como la que dirige Nelson Varas-Díaz es una herramienta de difusión fundamental que nos permite constatar que las culturas populares latinoamericanas se realimentan, se reinventan y siguen siendo agentes en constante y guerrero movimiento.

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