Charlas del Monte XXIII. Sobre el G20 y el jardín de los budas en tiempos de pachakuti.

Por Tomás Astelarra


Apenas me entero del terremoto que sacudió Esteban Echeverría (causando menos muertes que las diez que ya van por la masacre efectuada por policías en una comisaría inhabilitada) me pregunto qué misteriosa relación encadena la cumbre del G20 con la escala del bendito Ritchter.

Al toque mi amigo Pelacini lo vincula con el HAARP, esa misteriosa máquina que los gringos tienen en Alaska y parece que puede provocar tormentas y terremotos. “Cómo no podían reprimir porque quedaban para el orto después del papelón de la Libertadores ahora Conquistada se mandaron un terremoto. Como un pedo de impotencia cuando le queres pegar a alguien y no podes porque te miran tus papis”, confirma el Jipi Matías en el bar de Mario (al que le importa un pedo el G20 mientras que no sea un lubricante, una falopa pa' mascotas o un grupo de rock de la fonola).

Igual no me cierra. ¿Tan infantiles y prepotentes son? Y sí. Miralo a Trump tirando el aparato de traducción o al Mauri llorando en el Colón por una obra berreta de new age dancing.


Pero la verdadera explicación, a mi humilde entender intuitivo, me la da mi amiga, la caminante Lilah, mientras nos fumamos un baretico en el río de Yacanto Arriba.


Yo estoy alucinado (más allá de las sustancias) porque, entre el incendio y la crecida, el río no es más el río, o al menos no el mismo río. No es ese río, o ese extracto de río, para ser específicos: esa ollita al final del camino, pasando la planta potabilizadora y el dique, después de la curva de piedra, bajando a la izquierda por el caminito que bordea el alambrado que nos separa de las caberas, ahí, precisamente ahí, donde hace más de cinco años vamos a bañarnos con les pibes de Yacanto Dawn, que nadan como si fuera el Niagara, en ese recodo de piedras que a les mayores nos llega a la cintura, y que apenas esboza una pizca de sombra entre el nutrido monte o mato, y una piedra, enorme, ideal pa' lagartear después del frío baño (chapuzón pa' les niños, estrecha inmersión pa' les adultes). El río cambia sin pedir permiso. Sin juzgar ni preguntar nuestros actos. Ahora es parte de una ancha pradera de juncos achaparrados, esqueletos negros de espínillos y molles o algarrobos, y una composición rocosa que me hace dudar y recorrer una decena de metros en busca de la bendita y vieja conocida ollita donde una vez el Negro Ariel se tiro de panzón pa' risa eterna de les niñes.

Nada. Nada de Nada. Nadaista. Como Javier Vicente (que aprendió a fumar en la ducha).


Caminante Lilah se ríe de mi y mis paradigmas racionales en tiempos de pachakuti, renovación. “Hubo en tiempo en que todes éramos budas, vivíamos en armonía con el planeta. Por eso no había terremotos ni crecidas ni tormentas de rayos. Todo fluía, porque nuestra energía estaba equilibrada. ¿Viste el terremoto que hubo en Buenos Aires? Para mi fuimos nosotres. Tanta rabia que nos dio por todas esas muestras de opulencia, casi medieval, de un mundo donde lo mayor de la tecnología y los recursos conviven con la miseria más absoluta de muerte, hambre y contaminación. ¡Comían en bandejas de plata atendidos por mozos personales mientras decidían los destinos del mundo! Tanta rabia que nos dio, que hicimos temblar la tierra”


A pesar de mi abigarrada mente de paradigmas viejos y obsoletos, creo en lo misterioso, sobrenatural, metafísico o realismo mágico. Precisamente, la semana siguiente, llegó a Traslasierra Don Oscar, el Oso Kofan. Su tío, el Taita Querubin, es famoso por haber hecho caer un rayo para disuadir a grupo de guerrilleros de quedarse con las provisiones de la comunidad. O haber hecho crecer al río para llevarse a un grupo de paracos que lo perseguía. Bueno, también impidió que los gringos patentaran la ayahuasca.


En medio de la ceremonia, dialogando con la abuelita planta, me surgió un haiku. Se los regalo.

La palabra es miedo.

La palabra es medios.

La palabra es Dios.


Dibujo: Sebastián Triglia.