Charlas del Monte XXII G20, paredón y después.

“Ahí está el príncipe valiente

Encabezando el baile del G20,

Mírenlo llorando emocionado,

fantásticamente rodeado:

señores, caballeros, reyes magos,

princesas, guerreros y doncellas

toda gente in, toda gente bella.

[-"Nos están contando un cuento de hadas,

la realidad toda narrada,

endulzada, cambiada, fantaseada."

-"Callate, no te metas,

Nos está mirando todo el planeta.

Al fin podemos contarle nuestra historia

Nuestro destino de gloria!"]

Ahí está en el palco del Colón,

Oh my dear! He's shining on!

Aunque a veces parezca

un poco distraído,

un tanto poco instruido.

Bobo, zonzo, y un pelin bribón.

Es en realidad nuestra salvación.

El país es como cenicienta,

o como la bella durmiente.

Merece más, está aletargada,

como adormilada.

Necesita ser rescatada!

[ - "De las políticas neoliberales?"

- "Noooo, no arruines todo

es cuento de magias... individuales."]

Es el cuento de la doncella encantada,

con su pobreza equivocada.

Solo la puede salvar el príncipe, valiente,

con sus ojos celestes.

Se trata de un príncipe rico,

y una nación pobre,

sucia de cuerpo y de la cabeza

pero con alma de princesa.

Que fue engañada

por su madrastra

o por la bruja malvada,

con la manzana envenenada

[- "El peronismo!"

- "¡Basta!,

Ustedes siempre con lo mismo

estás politizado todo,

llenándolo de lodo.

Déjenos soñar por una vez,

merecemos lo que no nos dejan tener"

Lucho Debanne


Charlas del Monte XXII

G20, paredón y después.


Trabalenguasycerebros: Igual que el partido de fútbol que no se jugó generando expectativas sobredimensionadas y kilos de pescado podrido en una realidad que ya no se sabe como se come, siendo tan cierto que es tóxica como que no hay forma de evadirse de ella, la cumbre del G20 trajo menos reflexiones que confusiones.

Por Tomás Astelarra


Un mes atrás. Estoy en una de esas clásicas discusiones con familiares votantes de Cambiemos. No puedo contener mi indignación ante la fruta que manda Clarín sobre la movilización contra el presupuesto y el fantasma del enemigo interno ecoanarcomapucheveganoterrorista con asesoría de Stalin, las FARC, Sendero Luminoso, los kurdos y los Black Block.


“Vieja en la radio estamos en la organización de la cobertura de la Contracumbre, del No al G20, ¡vos te pensás que si tuviéramos asesoría de los Black Block yo no me hubiera enterado! ¡Ojala! Porque dan ganas de romper todo. Pero lamentablemente somos unos giles pacifistas”.


“¿Y por qué protestan contra el G20?”, me pregunta la vieja, que además de ex ama de casa, es economista, ex militante de la JP e investigadora del Instituto Di Tella, que trabajó en diversas ongs en desarrollo social, que acaba de organizar un foro por la paz mundial, da cursos de liderazgo según una técnica de Harvard, que lee La Nación pero también a Chomsky. Digamos que está informada.



“Acá hay dos o tres hijos de puta, una veintena de gente conciente, y un millón de boludos pa' los que es más fácil seguirle la corriente a los hijos de puta, porque si encaran el camino consciente, se tienen que deshacer de las mitad de sus bienes y seguridades”, suele decir el Jipi Matías. También empiezo a creer lo que dice mi vecino conspiranoide Jorgito Jabones, de que ya está en uso en la Argentina la máquina de dominación mental de la CIA. Al menos lo del terremoto en Esteban Echeverría algo debe haber tenido que ver con el HAARP (aunque haya causado menos muertes que la policía en una comisaría inhabilitada de la misma zona). Digamos que una cosa es el calentamiento global, y otra cosa es el calentamiento humano. A mi vieja a esta altura ni siquiera le calienta hablar de política. Ella está por el camino espiritual. Individualista le digo yo. Y ahí arrancamos de nuevo. No es fácil la cosa. Hasta quizá ni siquiera tiene que ver con la razón, sino más bien con la convicción, y sobre todo acerca de quién va a pagar los platos rotos de este despilfarro llamado posmodernidad. Free Riding dicen lo economistas. ¿Y yo que tengo que ver?


Hay cosas que son dos más dos. U ocho menos cuatro. Pero aun así, el más experto analista geopolítico quedó de cara estos días tratando de entender (ni hablemos de explicar) que tiene que ver el sistema, llamémoslo a esta altura capitalista (en su fasceta superneoliberal o populista de derecha), o la ecuación consumo = extractivismo = muerte, o la cuarta guerra mundial contra los pueblos, digamos, el bendito descalabro mundial o pachakuti, con el Ara San Juan, la final de la Libertadores, el leve pero sin pausa incremento en los muertos y detenidos de los movimientos sociales, la suba del dólar, las posibilidades de Cristina de ser presidenta, el atentado anarquista a la tumba de Falcón, los arabes secuestrados por pedir helado en cuatro cuartos, el pollo descuartizado en el patio Bulrich por la Pato Bulrich, la jugada del peronismo en el consejo de la magistratura, el bochornoso fallo del caso Lucía Perez y el lamentable epílogo judicial de la causa Maldonado, la disputa Grabois-Ni una Menos, el quilombo de los chalecos amarillos en Francia por el precio de la nafta y los billetes que cada vez parecen más chiquitos en el supermercado argentino, la desaparición de los homeless porteños, el desalojo de Velatropa y un terremoto de casi 4 puntos en la escala Richter. Perdón, quize decir G20. Hidra Capitalista.


Desde lo estético, de este lado del mostrador, todo parece patético, superador de Tato Bores y Capusotto con Monty Python y una pizca del gordo Soriano, un papelón total. Con la sola excepción de que nunca ser termina de saber si son tontes o brillantes hijes de Nerón. De este lado del mostrador, insisto, no se entiende como alguien puede creer que Argentina influya en la geopolítica internacional, pretenda ingresar de esta manera al primer mundo, que Macri sea amigo de Trump y pueda definir su relación con el chino ese que nadie conoce el nombre ni reconoce al bajar de un avión pero tiene en su poder la deuda externa de Estados Unidos y más inversiones reales en la Argentina que todo el resto de caretas que tuvieron que bancarse el bodrio ese de espectáculo en el Colón (donde quedan dos o tres empleados, y todes de protocolo y marketing, ni un misero artista como la gente).


De este lado del mostrador, insisto, no se entiende como a esta altura tengo que explicarle a mi vieja porque me opongo al G20. Sobre todo después de horas desperdiciadas explicando porque el caso de los cuadernos me parece un mamaracho a pesar que nunca fui K y pienso que seguro hubo corrupción en su gobierno pero votaría a Cristina y lo banco a Grabois por más que es medio canchero, dijo no estar a favor del aborto y es amigote del papa-compañero Francisco, que no escuchaste lo que dijo del sistema capitalista, ahora qué vos le decís Bergoglio y te enteraste que los curas son pedófilos y por eso haces yoga con sri sri yankar por una guita por la que comen diez villeros de esos que te cortan la ruta y mata la policía de tu gobierno que se robó los panama papers la vez que Cavallo le condonó la deuda en dictadura. No doy más. Toy agotado.


Apenas se enteró que asumió Macri mi vecino Mario, ex tupamaro y acupunturista, actual criador de chanchos y vendedor de cucharas de madera pintadas, me dijo: “Vamo arriba guri. Este es tu momento. El de los comunicadores bo”. Siamo Fuori.



El escritorio


A veces tiendo a pensar que quizás no lleguemos al 10% aquelles que somos conscientes que el 1% de la población mundial tiene el 90% de los recursos y va por más fusil en mano, incluyendo el pensamiento hegemónico que convence al 89% restante que puede vivir como ese 1%. Aunque un par queden afuera, que me importa. Aunque sea con el 10% de sus recursos y una deuda a pagar por mis hijes. Siquiera un puestito de esclavo bien vestido para poder evitar atravesar esa famosa y tenebrosa línea de la pobreza donde habita el 50% de la población restante. Y eso sin descontar a los chamulleros, los pocos consecuentes, los que critican desde escritorios con ingresos muy por encima de la media, financiados por el 1% de dueños del mundo (que impune se caga de risa). Como, por ejemplo, déjenmelo decir, ese Álvaro García Linera, cuya familia tiene negocios multinacionales con China y un pequeño hotel en Tiquipalla donde ha desplazado comunidades aymaras, no precisamente aquellos sectores campesinos indígenas a los que convence de sembrar soja transgénica en sociedad con los viejos terratenientes nazis de la Media Luna en el norte integrado de Santa Cruz para poder pagarle a sus hijes los estudios en Harvard, como él, que nació blanquito y rico, y por eso puede explicarles que es necesaria, aún incluso con la eventualidad de la represión sobre otres hermanes indígenas, la carretera por el parque TIPNIS (misteriosamente coincidente con la infraestructura que el G20, en particular China, necesita pa llevarse la soja a su país-imperio). Después hay gente que, con razón, se queja de Felipe Solá como parte de una alianza neoliberal.


A pesar de esa aberrante “contradicción revolucionaria”, seguramente mi vieja, y el 89% de la población a la que no le calienta más que vivir en “paz”, esté más cerca de entender la lógica maligna y de muerte del G20 gracias a las palabras de Linera (del que alguna vez escucharon que un editorialista de algún medio prestigioso dijo que era un intelectual interesante) que al pensamiento un poco más coherente y popular de Raúl Zibechi, Silvia Rivera Cusicanqui, Silvia Federici, Franco Bifo Berardi, Mariano Pacheco, Carlitos del Frade o Sergio Job. (Quizás Grabois o el Pepe Mujica sean un rara y por supuesto contradictoria síntesis de ambos caminos). En un mundo canalla, quizá haga falta un poco más de pensamiento o comunicación canalla. Porque vamos a ser claros: todes sabemos que los K robaron, aunque nadie va a pedirle a Grabois, Sabatella o Ánibal Fernández que los digan públicamente en la tele. El problema es siempre en que momento pensar o comunicarse como canalla no nos vuelve un canalla más. O al menos un tonto útil. Porque una cosa es un dirigente en televisión y otra un militante en una charla de café con cumpas del palo. Una cosa es un funcionario público y otra un intelectual. Al fin y al cabo el Clacso es una rama más de la ONU que es como el G20 pero más populoso. Y de pensamiento crítico hacia los gobiernos progresistas (algo que bien interesante sería) tiene poco y nada.


Y ahí precisamente pierde un poco de sabor la, vamos a llamar, Contracumbre A, o Foro Mundial del Pensamiento Crítico, que más allá de alguna digna reflexión (como la de Gustavo Petro, Rita Segato, Boaventura Santos o el propio Grabois) o no (como la digna ausencia del Pepe Mujica) más bien dejó una sensación de ni chicha ni limonada (Víctor Jara dixit). Como una mala mezcla del Foro Social de Porto Alegre y la contracumbre anti ALCA en Mar del Plata. Como si después de comer arroz blanco durante 5 años, de repente pinte un poco de salchichón con salsa de tomate de cajita. Claro que lo más picante, el condimento digamos, de aquellos encuentros, estaba ahora en la llamemos Contracumbre B o Cumbre de los Pueblos, No al G20, que lleva más de un año preparándose desde diferentes organizaciones sociales, y que concluyó con la tan esperada como custodiada marcha que, pa' ser sinceros, no alcanzó para recordar aquellas gloriosas épocas de Seattle, siquiera los recientes episodios de Hamburgo, y hasta se vio bastante lejos de la épica de las últimas movilizaciones por la reforma jubilatoria, ni una menos, legalización del aborto, presupuesto, Santiago Maldonado, 2x1, Defensa de la Educación, etc, etc.


Ese 10% iluminado que no alcanza a mojarle la oreja al común de los mortales para los que la densa trama de la hidra capitalista es más complicada que un libro de Foucault, y más bien prefiere regodearse con los papelones diplomáticos de Michetti, los excéntricos lujos de los presidentes (y la presidenta, que llegó tarde, por suerte para su marido, que no tuvo que tomar el té con distinguidas señoras en la Villa Ocampo) o las lágrimas de cocodrilo de Macri en el Colón.


Una marcha estigmatizada desde un principio por un gobierno que procuró encerrarla en una fuerte custodia policial, que después de los papelones en seguridad y lo inofensiva de la convocatoria, siquiera contó con infiltrados, muchos menos infiltrados que no son infiltrados (black block latinos), y muy poca plebe piquetera, de gentes quizá sin bondi, quizá un poco cansadas de las numerosas movilizaciones por la muerte de compañeres o en busca del asistencialismo siempre necesario pa sobrevivir mientras se construye ese otro mundo posible de la economía popular. Ni hablar de la ausencia sindical y kircherista en momentos en que la Cristi bajo el pragmatismo electoral peronista retomó la transversalidad de Nestor tratando de incluir movimientos sociales, peronismo de derecha, pañuelos celestes, verdes, blancos y algún que otro empresario, anque fondo buitre amigo de Axel en New York. Una contradicción revolucionaria en la que no entra la izquierda tradicional, llamémosla FIT, que no cuenta con el prontuario de la responsabilidad de haber tenido que ejercer el poder y hacerse cargo de sus discursos radicales (aunque cualquier exponente de la llamada generación 2001 recuerda certeramente la paupérrima y mezquina perfomance en asambleas populares, movimientos piqueteros, fabricas recuperadas y otros espacios de poder del Que se Vallan Todes).


En fin definitivamente, algunes nos terminamos sintiendo este G20 como ese paria de la mesa familiar ahí al fondo de la grieta entre progres caretas que gracias a Cristina militaban por 50 lucas y se iban de vacaciones a Europa o México, y muertos de hambre que se sienten dueños de empresa y odian que la conchuda no reprima a los piqueteros ni les de los dólares pa irse a Miami. A veces saltámos pa un lado, a veces pal otro. A veces preferimos quedarnos ahí al fondo calladitos picoteando los sanguches de miga, empinando la coca con fernet y averiguando si alguien tiene un celular viejo pa donar. Lujos de aquelles que no corren detrás del mango diario, la verdadera violencia institucional o de género, y el cansancio propio de las que crían cinco pibe sin mucamas (es más, siendo mucamas que tienen que esperar más de la cuenta el bondi en Nordelta) o regresan hiperexplotados a la casa con el único objetivo de saber que carajo pasó con la final.



Nosotros de rumba y el mundo se derrumba.


“En este mundo pensar las relaciones internacionales como un wedding planner es bastante tonto”, dijo Alejandro Bercovich en su análisis del G20. Evidentemente el G20 sirvió más al gobierno argentino que lo que el gobierno argentino le sirvió al G20. No solo por seguir vendiendo la tonta ilusión de que podemos ser parte de ese 1% cómodo y seguro en su escenografía kitsch. Sino también por hacernos entender que a ese lugar se accede ya ni siquiera siendo inteligente, o eficiente, siquiera encantador, buen chamullero, sino apenas basta con ser obsecuentes, obedientes, ordenados, sumisas y sobre todo: ignorantes. Es la famosa estrategia de Fences and Windows (fachadas y ventanas) implementada por Rudolf Giuliani, ex alcalde de New York, animal prehistórico del que derivaría Trump. Según esta teoría de criminología gringa aplicada en la Medellín de Uribe y la Buenos Aires de Macri y Rodríguez Larreta, el desorden es igual a violencia y robo. Chau piqueteros, gente de la calle, jipis, anarcos encapuchados y violentos en general. Ciudades impolutas, militarizadas, donde perfectamente se puede hacer una marcha con gente linda y banderas prolijas sin desmanes o un congreso intelectual contrahegemónico en un estadio con estudiantes universitarios y guardias de seguridad. Total, somo pocos, y no nos podemos hacer entender. Y tarde o temprano vamos a tener que pagar la cuenta del celular. De acá a que le expliquemos a nuestras familias por qué estamos en contra del G20, Cristina ya va a volver a ser presidenta y Servini de Cubría por fin va a poder dedicarse a investigar los Panama Papers. Incluso quizás ya estemos hablando del G50 o el G3. Igual que la telefonía celular. Quizás para ese entonces seamos 20% de iluminados, 15% de consecuentes, 0,5% de dueños del mundo y 99% transgénicos.


Igual ojo, que como dice Aliberti: “Deberíamos prevenirnos de tanto frívolo y vende humo empeñados en hacerle creer a los argentinos que somos una sociedad del fracaso. Tendremos nuestras taras, nuestras desmesusas, nuestra violencia que nos parió, pero tenemos por igual unos destaques positivos y unas glorias que son el asombro del mundo. Ojo con perder la autoestima social, con el derrotismo, con el diagnóstico y el pronóstico de la frustación ontológica nacional inevitable. Ese es un negoción de la derecha”.



Dibujo: Nico Mezquita