Pelopinchos en celuloide: De la Sota y el cine cordobés (parte V)


Por Lea Ross


Quinta entrega de ésta búsqueda sobre la influencia de la(s) política(s) del tres veces gobernador de Córdoba en los contenidos audiovisuales locales.


“En Córdoba, pasan muchas cosas a nivel policial, hay todo tipo de violencias pero no encuentro o no he visto una sola película que se arrime con todas las notas sobre este flagelo. Los hechos de la policía cordobesa se podrían filmar en el corazón de la situación y con gente que participa”.


La frase le pertenece al cineasta “vikingo” del Conurbano, Juan José Campusano, en una entrevista realizada a finales de 2015 para el portal Indiehoy (lo pueden leer aquí). Es decir, tres años atrás que se viralizara un video de celular, donde se muestran a un grupo de gendarmes en el interior de un colectivo de la línea 22 de ciudad de Córdoba, requisando a lxs pasajerxs con sus bolsos, a la altura del barrio Marqués Anexo. Esa imagen, sería la que logra confluir audiovisualmente las políticas represivas respectivas del modelo autóctono llamado Cordobesismo y aquella fuerza política nacional llamada macrismo.


En la primera entrega de Pelopinchos en celuloide (parte I), habíamos señalado que la presencia policial en las producciones audiovisuales cordobesas se proliferó, a medida que se profundizaron las políticas represivas por parte del hoy fallecido José Manuel de la Sota. Solo que las que tenían mayor alcance popular, ubicaban a la policía por la periferia. Hablamos de la película De caravana y la serie La chica que limpia.


Como así también, la existencia de cortometrajes que profundizan desde distintos ángulos a la figura policial, como fueron Merodeo (2016), de Fernando Restelli; indirectamente La hora del lobo (2015), de Natalia Ferreyra; Mi gorra brilla (2018), de Celeste Onaindia; y Guacho (2018), de Matías Magnano.


Sin embargo, el largometraje cordobés de Sergio Schmucler La sombra azul (2012), es el que se acerca a lo que proclama Campusano, pero más desde una representación lírica-metafórica que a un andar etnográfico, como los cortos mencionados anteriormente.


De hecho, Schmucler fue el que inició lo que alguna vez se definió como “la primera polémica del cine cordobés”. Fue en el año 2014, en una entrevista concedida a La izquierda diario (pueden leer aquí), donde el realizador de La herencia lanzó fulminantes respuestas críticas al período actual del cine cordobés. Entre otras respuestas, afirmó que las actuales películas de Córdoba son “indagaciones muy experimentales, son todas películas muy ingenuas de amores adolecentes, son como esas primeras experiencias casi estudiantiles, salvo excepciones”.


Y continúa Schmucler: “Yo creo que lo que pasa es que no les interesa decir nada. Yo creo que un cineasta es un relator, un escritor, si no, no sé qué es, pero si uno no tiene algo que decir del mundo, de la vida, de la política, sino solamente es auto confirmatorio: mi pequeña experiencia cuando yo era adolecente, mi primer relación, está todo bien. Pero me parece que el cine, Leonardo Favio era otra cosa, Gatica, las historias del mundo, las historias de las grandes pasiones, la fuerza, la aventura, y si uno no tiene eso en la cabeza no sé qué estamos haciendo”.


“Muy festivaleros en ese sentido, como una fascinación -y uno ve en los críticos eso- lo que les interesa a los críticos no es el mundo, no es el gran relato, si no estas experiencias microscópicas; a mí eso me preocupa la psicoanalización del cine”, cierra el director de La sombra azul. Por ende, no es casual que sea él que agrietó la polémica Cine denuncia / Cine intimista, sabiendo que aquella película directamente realiza una fuerte comparación entre la policía de la democracia con la policía de la dictadura.


Sin embargo, dentro de esas historias mínimas cordobesas, podemos observar que a partir que se reconfiguran las ciudades de Córdoba, vinculados para saciar los privilegios de un ciudadano consumidor, contrario a los habitantes de la periferia con restricciones de paso por la presencia policial, las historias sobre amores perdidos y encontrados se desprenden en escenarios interiores, encerrados en sí mismos, alejados de todo un exterior que no parece garantizarles ese apego que tanto se busca (ver Pelopinchos en celuloide II). Son en esos encierros, donde nos encontramos con personajes que están dentro de la misma clase social y grupo etario en los respectivos cineastas (ver Pelopinchos en celuloide III).


Es decir, que la exploración dentro del cine cordobés contemporáneo ha limitado la locomoción de los cuerpos en los escuetos pasillos de un medio físico, que permita cumplir con parámetros descifrables para el cineasta, en lo que concierna sobre todo en lo socioeconómico. Lo que hay afuera, hay penurias y desazón. Lo que es el adentro, es lo descubrible, lo pronosticado, el saber con antelación, lo que permite adquirir el conocimiento sobre el otro mediante el placer (ver Pelopinchos en celuloide IV).


En consecuencia, toda política que le otorga un rol central a las fuerzas de seguridad, conlleva a una sociedad dinamizada por el miedo. La desazón de todo aquello que está afuera que sea una latencia de peligro, lleva a una perspectiva claustrofóbica para todo varguardista urbano. Más todavía en estos tiempos.


De cualquiera manera, si aquel video de los gendarmes en el colectivo sintetizó en escaso segundos lo que significa esa hegemonía local/nacional llamada “Macricordobesismo”, una de las últimas películas cordobesas estrenadas pudo lograrlo en hora y media.


Casa propia (2018), nuevamente de Rosendo Ruiz, muestra los pesares de un docente de lengua y literatura, con problemas económicos, tratando de conseguir un departamento con lo poco que gana, mientras habita en distintas viviendas ajenas como la de su madre, la de su pareja, la de un amigo, etcétera.


Casa propia es, por ahora, la película cordobesa que representa eso que llamamos “Macricordobesismo”. Porque así como el protagonista se la rebusca para acceder su casa propia con el sueldo de un docente, su mejor amigo es un escritor de reconocimiento internacional; la sospecha que una de sus obras es un plagio ventila la propia ficción de la meritocracia.


Fotograma: La sombra azul