Desde el lugar sin nombre de los desterrados

October 23, 2018

Por Tomas Astelarra

 

 

El nuevo libro de Miguel Ángel Beltrán, sociólogo falsamente encarcelado en Colombia acusado de terrorista y extraditado desde México, cuestiona la visión intelectual sobre la violencia armada en América Latina. Terrorismo en tiempos de la cuarta guerra mundial contra los pueblos. 

 

“Escribimos como desde una tumba en un país sembrado históricamente de fosas comunes. La patria de la que nos hablan las oligarquías ha sido hecha con la tierra ensangrentada de los cementerios. En sus fronteras crecen alambradas vertiginosas, puñales que destazan bajo la pulcritud de sus banderas los gritos aterrados de los pueblos. Sobre esta tierra desolada no sólo retumban los cañones, sino también las voces de los asesinos hablando en nombre de la democracia, de la libertad, de la justicia, del crecimiento económico, de la seguridad de los inversionistas, del Producto Interno Bruto, de la seguridad democrática.

 

En tiempos de guerra ¿adónde van nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras acciones?”

 

(Fragmento de la carta del Humberto Motta a Miguel Ángel Beltrán)

 

La historia de Miguel Ángel es particular. Lo espero en una esquina de Once. Al lado de una de esas máquinas de chipacitos, a metros de la boca del subte, centímetros del paño de un nigeriano, lejos de mi casa, o al menos dentro de un tumulto que me hace sentir extraño, el calor es agobiante, y una vez más me pregunto porque no hago como las películas y digo: Voy a estar como un idiota parado al lado de la máquina de chipacitos con barba y camisa de grafa cual nieto del che guevara, cagándome de calor al lado del paño de un nigeriano, con una rosa roja y El Capital de Marx en la mano izquierda.

 

Pero no es necesario. Él también tiene barba y camisa de grafa cual nieto del che guevara y se para atónito y cagado de calor entre la máquina de chipacitos y el paño del nigeriano.

 

Nos reímos a la par, nos presentamos o reconocemos, y rumbeamos pa un bar a media cuadra. No un bar tradicional de esos que aún resisten en Buenos Aires, sino uno de esos modernos con marca gringa y café olvidable. Su voz es suave y pausada, profunda, como la de cualquier hombre o mujer que haya pasado por esos trances donde la vida teje fronteras con la muerte. Pienso que podría ser mi amigo, compañero de ruta (de alguna manera lo es), una de esa personas en el buen sentido de la palabra buena, que es la muestra viviente que la justicia en este mundo se fue al carajo, y que van a pasar muchos años antes de que entendamos que acostumbrarse a este apocalipsis que propone el capitalismo es escupir para arriba. Que tarde o temprano vendrán por nosotres, como decía Brecht. 

 

Me acuerdo otro bar, otro café olvidable, otro hombre bueno, compañero de ruta, paladín del pensamiento crítico, llegando agitado a la entrevista porque le habían secuestrado el ordenador a una compañera con información clave de la resistencia a la privatización y saqueo del páramo de Sumapaz, cerca de Bogotá, poco antes de su obligada huida del país por amenazas paramilitares, de su eterno exilio, cagado de hambre, invisibilizado, poeta eterno, militante de la vida, voz en el oscuro silencio, aún en la supuesta derrota, Humberto Motta.

 

Misma causa, mismo exilio, Miguel Ángel ha decidido venir a Argentina después de que el gobierno mexicano le negara la visa por cuarenta años y el Procurador General de la nación colombiana (así con minúsculas) Alejandro Ordoñez lo inhabilitara para ejercer cargos públicos (a él que siempre vivió de ser profe de la Universidad Nacional) por otros trece años. Poco antes las amenazas paramilitares. Poco antes la cárcel. Poco antes la historia que hace de Miguel Ángel Beltrán un hombre particular en esta generalidad de violencia.

 

Fue el 22 de mayo de 2009 cuando se dirigió junto a su mujer y su abogado a realizar un pequeño trámite de visado al Instituto Nacional de Migración de México para continuar sus estudios de post-doctorado en la Universidad Nacional ¿Autónoma? de México (UNAM). Su mujer y su abogado escucharon unos gritos y cierto cambalache de ruidos que les pareció provenían de la oficina donde hace pocos minutos había ingresado Miguel Ángel. Se inquietaron. Los oficiales de migración le tranquilizaron, que no se preocuparan, que todo estaba bien. La noticia la vieron en la televisión. Había sido apresado Jaime Cienfuegos, importante miembro de la Comision Internacional de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia al que el presidente de colombia, Álvaro Uribe Velez, calificó como “el terrorista más peligroso de las FARC”, al agradecerle a su par de México, Felipe Calderón, la captura. El tipo de la tele era Miguel Ángel, en esos momentos estaba siendo introducido a la fuerza en un avión para ser extraditado a su país de origen, Colombia. Por terrorista.

 

“Se trata de una política internacional que va más allá de las fronteras. Un proyecto que comenzó desde el 2001, con las torres gemelas y la política de Bush de lucha contra el terrorismo, con un avance muy claro en todo el mundo en general, y en particular en América Latina. México había mantenido una política de respetar a los refugiados políticos y los intelectuales exiliados. Fue el caso de muchos argentinos en los años setenta. También había una historia de respeto por los tratados internacionales. Pero ambas circunstancias fueron violadas conmigo dentro de esta política globalizadora de lucha contra el terrorismo. Claramente Colombia está siendo un modelo de esa política impuesta por los Estados Unidos y planificada para América Latina y otros países, donde se criminaliza toda aquella propuesta que atente contra el pensamiento hegemónico”, me dice Miguel Ángel en una Buenos Aires donde Mauricio Macri le dio las llaves de la ciudad, ciudadano ilustre a Álvaro Uribe Velez. Me ofrece su primer libro desde la cárcel “Crónicas del otro Cambuche”.

Su historia no es diferente a la de Facundo Jonas Hualas o Gustavo Lezcano Espínola, Basiliano Cardozo Jiménez, Arístides Vera Silguera, Simeón Bordón Salina, Roque Rodríguez y Agustín Acosta González, los seis campesinos paraguayos militantes del partido Patria Libre y Rodríguez, fundador de la Mesa Nacional Campesina (MNC), extraditados de la Argentina por dizque “terroristas”. No como los principales líderes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) el grupo de paramilitares que dejo más de cinco millones de desplazados (y las tierras en poder de multinacionales extractivistas) extraditados a Estados Unidos por “narcotraficantes” poco después de que en la cárceles de su país comenzaran a confesar la vinculación de gobiernos y empresarios, colombianos y gringos, en sus crímenes de lesa humanidad. O el líder paramilitar Jesús López Londoño, alias “Mi Sangre”, extraditado de Argentina por narco sin que resolviera el misterio de la trama de entrenamiento de ejércitos irregulares en nuestro país.

 

“¿Dónde quedan las palabras que pulsen este dolor en las vocales del aire?

No hay palabra, no hay silencio:

Sólo nos queda el dolor que nadie sabe nombrarle.

Sólo nos queda el aliento donde nadie tiene rostro que nadie sabe mirarle.

Sólo nos queda la nada donde nadie es innombrable.”

 

Humberto Motta

 

 

Las palabras suspendidas en las vocales del aire

 

En septiembre de 2016 Miguel Ángel Beltrán fue absuelto por la Corte Suprema de Justicia. Lo largaron tras dos años sin que el gobierno pudiera encontrar pruebas de su dizque “terrorismo”. Claro que la noticia no salió en los mismos medios donde Uribe felicitaba a su par mexicano por haber extraditado al peligroso intelectual. La única supuesta prueba fue una misteriosa computadora del ex dirigente de las FARC, Raúl Reyes, rescatada milagrosamente del bombardeo a su campamento en Ecuador por operaciones conjuntas de paramilitares y ejércitos de Estados Unidos, Colombia y Ecuador, que fue utilizada para incriminar a decenas de intelectuales colombianos. Aun así, Beltrán siguió siendo instigado por la fuerza pública y tuvo en varias ocasiones amenazas a su vida, por lo cual se vio obligado a salir del país, donde entre otras cosas tampoco podía ejercer su profesión gracias al susodicho procurador general.

 

“Desde que salí los medios oficiales de comunicación y los organismos policiales han tratado de demostrar que había nuevas pruebas en mi contra y que en cualquier momento iba a volver a la cárcel, como un mecanismo para generar presión y silenciamiento. También hubo amenazas contra mí y contra mi familia, entraron a mi apartamento para llevarse un disco extraíble y otras cosas. Posteriormente me llegó información de un plan para matarme. Hubo mucho seguimiento, se sentaban al lado mío en las cafeterías, y lugares públicos donde asistía; recibí llamadas telefónicas y correos electrónicos amenazantes. En algún momento, familiares del profesor Alfredo Correa, ex rector de la Universidad del Magdalena y uno de los fundadores de la Asociación Colombiana de Sociología en la Costa, me dijeron: váyase, no cometa el mismo error del profesor Correa. Él había sido acusado de ser ideólogo de las FARC, salió libre al comprobarse su inocencia, pero semanas después fue asesinado cerca a su casa”, me cuenta Miguel Ángel en el olvidable café de Once.

 

Recuerdo que el famoso “terrorista” Rául Reyes, asesinado por los ejércitos multinacionales en Ecuador, se unió a las FARC luego de la persecución política que amenazaba seriamente su vida y labor como sindicalista de Sinatrainal, el mismo sindicato que hoy denuncia el histórico genocidio hacia sus dirigentes por parte de multinacionales como Coca Cola o Nestle en complicidad con el gobierno colombiano y sus paramilitares. Que el histórico grupo guerrillero nació del bombardeo a la llamada “república independiente” de Marquetalia, una comunidad autogestiva en las montañas de Ibague donde los campesinos intentaban huir de “La Violencia” de su país, histórico proceso donde la guerra civil entre conservadores y liberales permitió la expropiación masiva de tierras a los pueblos originarios para transferirlas a terratenientes locales. Eso fue allá por los cincuentas. Un proceso similar al desplazamiento masivo que provocaron a principio de este siglo los grupos narcoparamilitares de Uribe para bien de las inversiones multinacionales en distintos extractivismos de los recursos naturales de uno de los países más abundantes del planeta.

 

“La Violencia” se inició luego del asesinato del candidato a presidente Jorge Eliecer Gaitán, liberal rebelde y abogado denunciante de la masacre de las bananeras, inmortalizada por García Márquez en Cien Años de Soledad. Eso fue en 1948. En los ochentas eran asesinados en Colombia otros dos candidatos presidenciales, los abogados Jaime Pardo Leal y Bernando Jaramillo Ossa. Además de 8 congresistas, 13 diputados, 70 concejales, 11 alcaldes y alrededor de 4000 militantes. Todes integrantes de la Unión Patriótica (UP), el partido político surgido de un acuerdo de paz entre gobierno y guerrillas. La década terminaba con el asesinato del también candidato a presidente, Carlos Galán, abogado, economista, periodista, liberal rebelde. Espirales del tiempo de la violencia institucional empresaria narcoparamilitar en Colombia y el mundo.

 

Y vuelvo a acordarme de Humberto Motta, que desde Uruguay, exiliado, hambreado, ignorado, manda una grabación donde dice: "El pensamiento crítico es aniquilado sistemáticamente. Esto tendría que haber generado levantamiento en todo el mundo. Pero han copado a tal grado nuestro corazón y nuestro espíritu que creemos y aceptamos esta situación. Hacen de nosotros mismos nuestros propios carceleros. Hoy en día los movimientos de resistencia dicen que una de las derrotas de la revolución se la debemos a los intelectuales, porque han ayudado a colonizar el pensamiento. Porque nos olvidamos, por ejemplo, de Sandino. Claro, era un campesino. O Jose Martí. Es mejor ponerse las antiparras yanquis. Nos rompieron el hilo histórico y eso permite que nos digan que nosotros somos cosas, mercancías, que la vida es una cosa. Y nosotros terminamos pidiéndole a quienes nos dicen eso que nos respeten los derechos humanos".

 

“Su lucha es la bandera que hoy la vamos empujando, porque estaban acabando su gente en la bananera. No basto con la masacre que dirigieron los gringos, están haciendo hoy los mismo con sus paramilitares, se van a asquear de la sangre cuando les pase lo mismo. Al que exigía garantía lo mataban los sicarios, primero es la compañía que los derechos del pueblo. Matan a sindicalistas, los pasan por guerrilleros”

 

La Chambelona, ballenato de Cristián Perez, guerrillero de las FARC.

 

 

La mercancía intelectual que asesina el espíritu.

 

Miguel Ángel volvió a Colombia. En diciembre de 2014, la Procuraduría volvió a abrir pliego de cargos por rebelión, concierto para delinquir y siguió insistiendo en que Beltrán era un peligroso instigador del terrorismo, que organizaba charlas en la Universidad Nacional para adoctrinar a sus estudiantes y que era un importante personaje de las operaciones internacionales de expansión ideológica que llevaban a cabo las FARC. En la cárcel de La Picota escribió “Las FARC-EP” (1950-2015) Luchas de ira y esperanza”, libro que me llega con una hermosa dedicatoria a través de una compañera que viajó a Locombia. Aun preso, hambreado e invisibilizado, se las rebuscó para entrevistar en la cárcel a cuadros medios la organización política militar más duradera de América Latina, que a través de sus relatos muestran la violencia con la que las empresas,gobiernos y sociedad colombiana obligaron a hombres sencillos en busca de dignidad a tomar las armas. En la introducción a estas historias, Beltrán cuestiona el papel que en la historia del continente la intelectualidad, incluso progresista, le ha dado la violencia armada. Un debate que el pensamiento crítico hoy debe profundizar en tiempos donde el ciclo de gobiernos progresistas mostró la llegada a la presidencia de cinco ex guerrilleros (Raúl Castro, Pepe Mújica, Dilma Roussef, Daniel Ortega y Salvador Sánchez Cerén), entre otros cuadros gubernamentales. Según Beltrán: “En contravía a lo planteado por las versiones oficiales (y atendiendo las necesarias particularidades) pueden establecerse clara líneas de continuidad entre los movimientos armados de los años sesenta y setentas, y el giro político que desde los tres últimos lustros se viene observando en diferentes países de América Latina, por lo que en perspectiva histórica no es consistente la linea divisoria que se ha trazado entre la lucha armada, los cambios democráticos y la construcción de un renovado pensamiento de izquierda. La decisión de algunas guerrillas de transformarse en organización políticas legales (cuando no fueron derrotadas militarmente) obedeció no solo a la voluntad política de sus dirigentes, sino también a condiciones objetivas y cambios estructurales que crearon el terreno propicio para que dichas agrupaciones pudieran seguir promoviendo sus ideas y programas por vías diferentes a la armada”.

 

Un debate a profundizar en tiempos de avances de la cuarta guerra mundial contra las pueblas, la judicialización, criminalización y constante exterminio de las fuerzas sociales y un tablero donde la lucha armada vuelve a mostrarse como autodefensa, más que toma del poder, frente a una sociedad que apocalípticamente enceguecida consume, entre otras cosas, un pensamiento cómplice de la muerte capitalista. “El protagonismo de estos ex guerrilleros en el panorama político de América Latina ha sido interpretado por algunos analistas como una confirmación del fracaso de la lucha armada y las bondades de la vía “pacífica y democrática” que abrió sus puertas para la participación en la vida política de sus antiguos contradictores una vez estos asumieron sus “equívocos” y “fracasos”. Esta interpretación del pasado actúa directamente sobre un presente en el que también s pretende eliminar la resistencia armada como parte del abanico de luchas sociales que se desarrollan hoy en el continente. Pero lo cierto es que desde la emergencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) son ya varias las organizaciones populares que han revindicado el uso de las armas como una opción de lucha, entre ellas el Ejército Popular Revolucionario (EPR) en los estados de Guerrero y Oaxaca (México), el Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) y la Agrupación Campesina Armada (ACA) en Paraguay y la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) en Argentina y Chile”, cierra Beltrán. El de la historia particular dentro de una generalidad de desproporcionada violencia contra los pueblos que dizque ahora somos “violentos y terroristas”.

 

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