Charlas del Monte XVIII

October 10, 2018

Por Tomás Astelarra

 

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.”

 

Bertolt Brecht en una canción de serpientes de Silvio Rodríguez.

 

 

XVIII Esos pequeños seres imprescindibles

 

-Hubo en tiempo en que fue la mejor frase de mi vida. Después con los años me di cuenta que eso de ser imprescindible era una terrible trampa. No me gustó nada. Un acto de soberbia imperdonable. Quizá la verdadera razón de que tantas organizaciones sociales hayan quedado atrapada en el fantasma de los personalismos verticalistas.

 

El que habla es el Tío Luis. Está sentado cómodamente fumando un mezcladito de monte en el asiento con respaldo de adobe que da al fogón de la Tatusera (un engendro transitorio que resulta más inmortal que Fidel Castro). En frente, en los restos de sillón de camionero tapizado con machimbre, está el Chicho Serna (tan homónimo como antónimo del colombiano jugado de Boca).

 

No puedo creer tener a estos dos sabios del monte sentados en mi humilde hogar, una improvisada ranchada de palos de monte, jarillas, cañas y silobolsas, que construimos con el nadaista Vicente y el Taita Gabi (entre otres) un caluroso verano de Traslasierra.

 

Los dos, luego de anchas y largas militancias sociales, viajes por el mundo, construcciones comunitarias y familiares, terminaron recluidos en la agricultura, no sin por eso participar de un montón de movidas que se dan en el valle. Desde un lugar de extrema humildad, aportando sus saberes, pero sobre todo cargando tablones, escuchando a las jóvenes, como el Che cosechando caña en Cuba (“justo antes de cometer la terrible pelotudez de suicidarse en Bolivia”, dice el Chicho).

 

El Chicho tiene la brillante definición de la “fatiga de lo comunitario”. Enfermedad que se puede resolver para adentro o para afuera. Se puede descansar, reflexionar, concentrarse en las construcciones individuales, sin por eso perder la visión ni las enseñanzas geopolíticas de lo comunitario. O se puede tomar el control de la comunidad para que deje de ser comunitaria, y entonces una gran mayoría descanse (al igual que la débil democracia institucional) en las decisiones de unas pocas personas, y una gran minoría (o mesa chica) descanse de tener que discutir las decisiones con todo el mundo (que es lo que más fatiga de lo comunitario). “Entonces se aceleran los tiempos, se pierde creatividad, se expulsa a los desobedientes, se estimula a los obsecuentes, la estructuras se estancan y seguramente este orden imperante resulte en notoriedad y recursos económicos, para los que dirigen, y para los que aceptan. Y por supuesto para el sistema imperante que deja de ver en estas organizaciones una amenaza”, explica el Chicho.

 

“No se puede jugar a medias. Si se juega, se juega a fondo. Para jugar bien hay que apasionarse, para apasionarse hay que salir del mundo de lo concreto. Salir del mundo de lo concreto es introducirse en el mundo de la locura. Del mundo de la locura hay que aprender a entrar y salir. Sin introducirse en la locura no hay creatividad. Sin creatividad uno se burocratiza, se torna hombre concreto. Repite palabras de otro.”, cita de memoria a Tato Pavlosky el Tío Luis. Luego menciona un reciente comentario del sociólogo portugues Boaventura de Sousa Santos que explica que en América Latina las democracias habían sido poco revolucionarias y que las revoluciones habían sido poco democráticas.

 

“Es increíble como las grandes revoluciones o incluso aquello que luego vendieron como supuestas revoluciones han adolecido de toda autocrítica. ¿Te acordás el quilombo que se armó cuando Del Barco publicó el No Matarás?”, se ríe Chicho. Fue en 2004 cuando el filósofo y poeta cordobés envió una carta a la revista Intemperie repudiando el asesinato de Adolfo “Pupi” Rotblat y Bernardo Groswald en manos de sus compañeros del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP). “¡Uffff!”, rebuzna el Tío Luis, “¿te acordas? Al Pupi Rotblat lo mataron por asmático e inútil. Y a Groswald por no bañarse, llorar y ¡hacerse la paja!”.

 

Reflexiona, aspira una intensa pitada del canuto, cierra los ojos y exclama: “¿Y te acordas el quilombo que se armó cuando el viejo Mattini escribió Los Perros contando anécdotas boludas del ERP con una ligera autocrítica?”. “Entonces no es de sorprender que a los kirchneristas camporistas le hables de represión institucional, megaminería, soja, jueces corruptos, medios truchos y los bolsos de Lopecito y se pongan del orto y te tilden de gorila”, reflexiona Chicho. “Y que los autonomistas anarcos no hagan autocrítica de no haberse quedado con un vuelto, o haber apoyado ciertas cuestiones sin tanto purismo. Esa es la verdadera grieta de la que tanto hablan”, agrega el Tío Luis.

 

“Yo solo pienso en el quilombo que se me armó cuando se me ocurrió criticar al Evo. Y eso que no fui a fondo con García Linera. Porque el Evo mal que mal peca de soberbio, autoritario y positivista antipachamamesco, pero es sincero, honesto y terrible laburador. Hasta democrático. Porque hoy a la mayoría de los papachos y mamitas solo le interesa la coca cola y la cuatro por cuatro. Pero lo de Linera es insostenible, maquiavélico, asqueroso y bien corrupto. Y en todos lados se habla de él como el gran intelectual de estos tiempos revolucionarios”, opino. “Hasta me cuentan que han desplazo y hasta destruido el ayllu, la organización comunitaria de los Aymaras. Esos si que no sienten fatiga de lo comunitario”, recuerdo el Chicho que vivió varios años en Cochabamba como titiritero y adquirió de las comunidades bolivianas su pasión y sabiduría por la agricultura.

 

Rato después, acomodándome en mi colchón vasco (una improvisada cama de adobes), todavía con los ojos abiertos de una tarde de charlas, mates, cigarros, recorrida de plantas nativas, verificación de árboles, asesoría en construcción de ranchos de adobe y un pequeño tour turístico por Yacando Dawn (con sus consabidos mates, cigarros y charlas), abro un libro pochoclero, ganador del premio La Nación de novela, que me prestó el Taita Gabi, y leo: “Han transcurrido suficientes años, he pensado en ese tema una y otra vez. Tengo la sospecha de que a veces junto a la gran virtud de poseer ideales, se encarama la contracara, una omnipotencia que nos dice: es posible llevar los ideales a la práctica, entre el hablar y el hecho, un paso, nada más. Aunque luego uno se estampe contra una pared de concreto o se caiga en un abismo circular, en el que no alcanzan las preguntas para destejer el malentendido en que se ha metido. En fin, tretas del destino”.

 

Aclaración o Advertencia: Por si no se dieron cuenta pero estas charlas, relatos, columnas, son ficción. Ciencia Ficción Jipi

 

DIBUJO: Nicolas Masllorens

 

 

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