Charlas del Monte XVI

September 24, 2018

 

Haciendo colectivas a ciegas (una teoría mística sobre la labor cooperativa)

 

El Tío Luis es un gran organizador de dinámicas al estilo educación popular Paulo Freire. Ese tipo de asuntos que con las “místicas” y otros ejercicios corporales ponen nervioso a mas de un cumpa poco proclive a mover el cuerpo, desnudar sentimientos y parar un rato la cabeza. Pero de a poco a algunes nos van gustando y se lo pedimos todo el tiempo.

 

En ocasión de la presencia de un importante intelectual en Trasla el Tío Luis hizo una dinámica que me gustó mucho para expresar las complicaciones de la tarea grupal, colectiva, comunitaria... Éramos todes experimentados militantes del terreno social, político y cooperativo. Hasta sospecho que algune ya la había hecho.

 

El Tío Luis puso una soga marcando un círculo amplio donde nos hizo caminar primero lento, después más rápido, mirando a las cumpas, después chocándonos, después más lento, después ¡nos hizo cerrar los ojos!, y caminar sin un trazo fijo. Todo un desafío.

 

Cuando ya estábamos diciendo: que divertido, que capo este Tío Luis, buen ejercicio.. nos dimos cuenta por las indicaciones que la joda recién comenzaba. Había que salir a gatas del círculo hasta encontrar la soga, pararse, y ¡hacer un cuadrado!

 

Al principio fue un griterío, después alguien grito más fuerte y pidió que alguien dirigiera, fue difícil acallar las voces tan ansiosas y siempre crédulas de tener la posta, pero de a poco fuimos ordenándonos y en base a especulaciones de física cuántica, i ching, algoritmos matemáticos y experiencia en construcción de casas de adobe, la cosa más o menos se fue acomodando. El líder nos hizo identificar cuatro cumpas en las esquinas, hacerlas rectas, contar cuantos cumpas había en cada pasillo, tomar distancia…

 

Fue ahí cuando el Tío Luis dio por terminado el tiempo del ejercicio y nos convidó a dejar la soga en el piso y abrir los ojos. No era un cuadrado pero bastante bien. Así que nos aprontamos a preparar el guiso comunitario, abrir un par de fernets caseros y situarnos debajo de un Molle a escuchar las reflexiones del intelectual invitado.

 

Mucho tiempo después le pedí al Tío Luis ayuda para organizar una reunión de un local cooperativo del pueblo. Surgió de la necesidad de tener un espacio de venta en los inviernos más allá de la feria. La idea fue de un ex modelo de Pancho Dotto devenido miniempresario textil, votante de Cambiemos, alto chanta. Pero de alguna manera convenció unas veinte personas de poner el local, alquilarlo, refaccionarlo, organizar turnos de venta, ponerle un nombre, imprimir volantes, etiquetas, en fin... poner un local cooperativo.

 

Salvo que la mayoría no tenía más intenciones que vender sus productos, nunca había trabajado en una cooperativa, y por lo general tampoco habían tenido un local, así que fue fácil sentirse dueños y dueñas del mismo. Yo intenté por todas las formas posibles de zafar del asunto. Pero el tipo era implacable y quería si o si que hubiera libros. Hasta consiguió un sillón para que la gente leyera y me prometió que íbamos a organizar tertulias literarias. Tenía alto chamuyo. No pude decirle que no. Pero pa' no pasar el garrón solo invité otres cumpas libreres independientes. A la primera reunión un par ya se bajaron del proyecto. Estaban indignados de la falta de experiencia política de los integrantes, los acusaron de chetos. Yo dije que quizás fueran chetos, y hicieran eso por dinero, pero ahí estaban todes juntes, en un proyecto cooperativo, poniendo lindo un lugar entre todes...Les dije que era un importante lugar de formación. Que si no sabían de política y cooperativas, ya iban a aprender. Que no podíamos quedarnos siempre en los mismos círculos cerrados de militancia. Además el local quedaba cerca de casa.

 

Encaré solito. Bueno, solito no. Rodeado de “chetos” y “chetas”. Algunos no tanto. Hasta tenían experiencia militante. Sin mucha expectativa tratabamos de explicar lo que sentíamos como un trabajo cooperativo, por ejemplo cuando algunes se indignaban porque un compañere llegaba 15 minutos tarde, o faltaba por alguna razón, cuestiones simples pero que de a poco fueron calando. Me divertía lo diferente que eran las reuniones mensuales a mis otros espacios de militancia. Encontré gente muy linda, muy buena, muy laburadora. A veces me aburría cuando se pasaban dos horas discutiendo el color de la pared. Pero la verdá que el local estaba pipi cucú, una estética que yo en mi incapacidad física con los objetos y tareas manuales, y mi habitual acostumbramiento al desorden y el “masidejaloasi”, jamás hubiera logrado. Todes fuimos creciendo en la convivencia, conociéndonos, cambiando, experimentando, sin mucho horizonte, pero con un camino que se iba forjando. En un momento varias sentimos que era tiempo de juntarnos a reflexionar sobre nuestra historia y futuro, pensarnos como organización. Ya habían pasado casi tres años del comienzo. La idea cuajó. Y lo llamé al Tío Luis para que nos ayudara con sus hermosas dinámicas.

 

Arrancó con aquella dinámica del círculo de soga que había que hacer un cuadrado. Sabiendo el juego y además consciente de mi tentación de liderar el proceso sabiéndome más experimentado, decidí callarme la boca. En mi exigencia y competitividad comencé a ponerme nervioso cuando vi que les cumpas no reaccionaban. Se reían, exclamaban onomatopeyas, al revés que en la otra situación donde todes querían opinar, acá nadie opinaba, quizás no les interesaba, quizá nadie sentía que tenía la posta, quizás no escucharon que había un tiempo límite para hacerlo, evidentemente no estaban acostumbrados al trabajo en equipo, a organizarse...

 

Como al finaaaaaaaaal, alguno preguntó si alguien estaba en la esquina. Tres respondieron justo antes que el Tío Luis diera la orden de dejar la soga y abrir los ojos. Yo los abrí dispuesto a enfrentarme a un triángulo, un hexágono, un cuenco tibetano, cualquier cosa que representara el fracaso del ejercicio, que por más que era una boludez, reflejaría nuestra incapacidad colectiva, cooperativa, comunitaria...

 

Cuando abrí los ojos lo primero que vi fue la cara del Tío Luis que mostraba la misma exacta sorpresa que seguramente la mía al ver que el suelo había un cuadrado perfecto.

 

No había otra forma de explicar el ejercicio que mediante alguna teoría mística, de sincronicidad, física cuántica, wu wei, seres superiores de otra galaxia... Bueno si, se podría entender que cuando las cosas salen del corazón, de las almas buenas, no se necesita mucha organización ni experiencia para transformar a ciegas un círculo en cuadrado, una necesidad individual en un espacio colectivo donde 25 cumpas se ganan la vida cooperativamente.

 

Aclaración o Advertencia: Por si no se dieron cuenta pero estas charlas, relatos, columnas, son ficción. Ciencia Ficción Jipi

 

DIBUJO: Nicolas Masllorens

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