Charlas del Monte XI. Las dentistas de mi vida

Por Tomás Astelarra


No sé si podría distinguir un número cierto de amores, maestros o maestras del oficio periodístico, amigues o compañeres que marcaron mi vida militante, artistas que revolucionaron mi cuerpo y pensamiento, pensadoras o sanadoras que estimularon el alma pa' seguir caminando... Si puedo decir que hay tres dentistas que me permitieron creer en ese otro mundo posible. Y las tres son mujeres.

Siempre de joven me pregunté si existía la vocación de dentista. Si alguien era capaz de ir a la facultad de odontología bajo alguna motivación que no fuera el dinero. Porque si bien dicen que la mejor forma de distinguir cuando un abogado no miente es que tenga la boca cerrada, hay abogades que son del palo, que sacan militantes de las cárceles, defienden mujeres maltratadas, presentan recursos de amparo ante el desastre ambiental de las empresas o la eterna violencia institucional del estado. Incluso hay una inmensa mayoría de abogades que inician su carrera sintiendo que va a colaborar con la justicia social y por resignación o falta de voluntad terminan cayendo en la lógica corrupta del sistema capitalista. Idem con economistas, médicos, sociólogos, periodistas y hasta artistas. Pero...¿odontología? ¿qué vocación de justicia social pueden tener?¿hay alguna prioridad menor en este sangrante presente globalizado que tener los dientes en forma? Y si la hubiera, ¿por qué no hay dentistas militantes, poniendo consultorios en los barrios, buscando aunque sea una forma alternativa de ejercer la profesión?

Los dientes son una de las muestras más claras de la injusticia social. Si sos pobre, te van a faltar un par de teclas pasando los 30 o 40. Incluso si sos un jipi de clase alta devenido pobre por vocación. Nos roban la sonrisa, el placer de masticar el asado con los amigos, la alegre rebeldía de buscar ese otro mundo posible. Porque con una mano en el corazón: ¿Quien carajo puede pensar en revolución con un dolor de muelas?

La odontología, como la justicia o la economía, el alimento o la salud, es hoy rehén del capitalismo y sus profesionales canallas. Y el pensamiento hegemónico, es realmente hegemónico. Nada más careta que una universidad de odontología. Cero reflexión política. Aún menos que en una de publicidad o relaciones internacionales.

En Yacanto Dawn es casi imposible ver una aspirina, un jarabe para la tos o cualquier otro producto que vengan de la criminal industria farmacéutica internacional. Eso si, es como la coca pal fernet, si duele la muela, directo a la farmacia. Y la muela duele todo el tiempo. Porque les dentistes de dispensario son más burócratas que el juez de paz. Y no hacen tratamientos de conducto. Y encima te convencen de sacarte la muela es poco más que un crimen de lesa humanidad. Y te recomiendan ir a su consultorio o el de un amigue, en Villa Dolores, donde cobran un par de lucas por el tratamiento.

Ir al dentista es caro, muy caro. Y encima poco placentero. Digamos que casi una tortura. Un acto de desprecio hacia el ser mismo que se ve encadenado a una silla en un salón de pasmosa pulcritud donde otro ser hurga en tu silencio involuntario y expectante con ruidos, sensaciones, olores que siempre son desagradables. Encima te cobran el precio relativo de un asadazo con vino y fernet pa' todo el barrio. Y eso sin hablar de la literatura y música que uno suele encontrar en la sala de espera.

La primer dentista de mi vida la conocí en Ibague, Locombia. Habíamos llegado con la Domingo Quispe Ensamble, banda de artistas sudakaitinerantes. Alquilamos una casa en la montaña y empezamos a tocar en los corrientazos, sancochos de findesemana, peluquerías, fiestas de quince y también bares (escasos). En una casona cultural de un viejo pintor amigo de la María el éxito fue rotundo. Un pequeño círculo de la más encumbrada aristocracia artística de esa pequeña ciudad del caluroso centro geográfico colombiano (a metros pal oeste y abajo de donde nacieron las FARC) se aglutinó como moscas alrededor nuestro después del show. Pasamos a ser algo así como la banda revelación de la ciudad gracias a nuestras extravagante mezcla de nacionalidades, artes y oficios, repertorios y discursos.

En medio de esa algarabía se nos arrimó una hermosa señora que no recuerdo el nombre, pero era la pareja de Iván, el dueño del boliche del cual tampoco recuerdo el nombre. Solo recuerdo que nos dijo: “Muchaches, mientras estén en Ibagué, dentista no le va a faltar”.

Es raro que uno de viaje termine en un hospital o médico privado. Pero un dolor de muelas, es un dolor de muelas. Así que la llamé. Me atendió en un décimo piso con vista al Nevado del Tolima, con música de Aretha Franklin y una alegre danza que por momentos me hizo pensar que los dientes eran capaces de bailar disfrutando del olor a clavo de olor y el run run del torno. Después de la Candelaria, ella fue la santa patrona de mi estadía en Locombia.

La segunda dentista de mi vida me la recomendó mi hermano, Joaquín Espinacas. Atendía en un consultorio en Barrio Norte y otro en Monte Grande, provincia de Buenos Aires. Apenas abrí la boca me dijo: Nene, tenés que cuidarte más de la alimentación, tu intestino esta fatal. Curaba los dientes con anestesias naturales, limpiezas de colón, procaína, ozono, papaína y hasta brujerías y consejos para la meditación. Le dije que no tenía mucha plata y arreglamos un trueque por publicidad en la revista Hecho en Buenos Aires, hamburguesas de lentejas y libros de Xuan Pablo Gonzalez. Es que la Tere además de dentista es parte de la tradición del Camino Rojo. Temazcalera y ayahuasquera, viajera del mundo, una rara avis de odontóloga “naturista”. La última vez que la ví tomamos el té con una amiga de Uruguay con la que planeaba un viaje a Bolivia. Dos señoras de más de sesenta años que salieron en una camioneta a recorrer el país de las mamitas con las indicaciones de un jipi viajero. La pasaron bomba.

La tercer dentista de mi vida surgió después de dos años de ir de dispensario en dispensario de Traslasierra negándome a pagar un tratamiento de conducto, pasando semanas en cama con medicinas de todo tipo (aceite esencial de clavo de olor, ceniza de jarilla, propóleo, olio 33, agua oxigenada, plata coloidal, rapé y medio botiquín de la farmacia de San Javier). Rastreé por el pueblo una anciana que según los chismes curaba el dolor de muela “de palabra”, rogué a los dentistas de dispensario que me arrancaran la muela, estuve a punto de hacerlo yo mismo con una pinza de artesano y una botella de whisky como me recomendó el nadaista Javier Vicente, hasta que decidí resignar la compra de un computadora nueva para terminar con el suplicio del dolor de muelas cada dos o tres meses.

Ahí fue cuando la More me recomendó una amiga que solía atender en el dispensario de un pueblo del norte pero la echaron por el recorte de presupuesto encarada por un nuevo jefe comunal cambiemista pero resulta que el anterior jefe comunal le dio un espacio en su terreno y nosededonde le regalaron un sillón de la época del pocho Perón y se puso el consultorio independiente o autogestivo. Arreglamos cita por wup y después de una hora perdido por el monte preguntando por la dentista llegué a una casita de adobe con dibujos de colores donde calentaba una salamandra y una señorita de linda sonrisa acabó con mi dolor de muelas cantando tangos y boleros por un módico precio o trueque mientras me contaba viajes en renoleta por la costa argentina, campañas de odontología en las villas del sur de la capital federal y su indignación por la férrea educación capitalista de la facultad de odontología de Buenos Aires. Es la clara muestra, no sólo que una dentista puede tener vocación, sino que hasta la odontología, y por ende la humanidad entera, puede escapar de la lógica capitalista. Su sueño es arreglar todos los dientes de les niñes de la sierra, calculando cuantas gallinas puede cobrar por eso. De mientras toca en una cuerda de candombe en marchas por el bosque nativo, surca los caminos en su motito o renoleta y sonríe, siempre sonríe, con todo el cuerpo sonríe. Porque: ¿Acaso los dientes no se hicieron para sonreír? ¿Acaso no existe acto más revolucionario que la sonrisa?

Aclaración o Advertencia: Por si no se dieron cuenta pero estas charlas, relatos, columnas, son ficción. Ciencia Ficción Jipi

DIBUJOS: Nicolas Masllorens, Joaquín Espinacas, Ignatz B