Malas feministas. Las chicas no hacen du-da-dú


Por Emiliano Scaricaciottoli


A partir del #MeToo, un nuevo escenario se piensa y se construye en el mundo de la música internacional. ¿Placebo o radicalidad? El feminismo atraviesa la historia, el pasado y el presente del rock y del pop dando vuelta un mundo.

Diciembre de 2016. Madonna es elegida “mujer del año” en el Billboard Woman Music, un espacio coordinado, motorizado y pensado para y por un universo varonil que elige (selecciona, segmenta, distribuye) pálpitos del mainstream para direccionar al mercado de la música. Pero algo salió mal. El mal: Madonna dio un discurso del carajo, quizás el más contundente de su historia pública (más allá de su militancia anti-Trump y algún que otro lugar común de las estrellas norteamericanas cuando de niños africanos en adopción se trata). ¿Qué decir? ¿Agradecer? ¿Celebrar? ¿Celebrar qué? Se permitió no solo hacer un recorrido por su carrera, por los horrores de su vida (violaciones, robos, descalificaciones, marginalidad y migración: Madonna, ser migrante, mutante, mudable), sino también rehabilitar una piola del feminismo tardío (o temprano, vaya a saber uno el alcance político del movimiento) e instalar, inconscientemente, el #MeToo. Dar vuelta el mundo de la industria, destapar la olla. Pero también se permitió recordar que alguna vez fue la puta del rock/pop, la puta de la crítica, la puta entre las putas, la reina de las putas. Mientras Prince o Bowie usaban medias de red, Madonna era condenada por Camille Paglia. ¿La acusación? Objetivizar, cosificar con su performance, con su cuerpo, EL cuerpo (mayúsculo) de la mujer. Y respondió: “Soy una mala feminista, entonces”. Esa frase también significó abrir un surco entre el conglomerado forzado de la sororidad de millonarias que habitan un mercado de títeres dirigido por varoncitos que se lo han permitido todo. Lou Reed cantaba-y Madonna lo escuchaba, atenta, y hasta quizás lo tarareaba: “...Y las chicas de color hacen du-da-dú, da-dú...”. Las de color, las otras pasan.

El escenario de la mujer en el mundo de la música norteamericano, digamos anglosajón, es contradictorio. La misma Madonna le metio una linda patada en el culo a Dona De Lory y Niki Haris en Erotica (1992), que no solo fue un álbum de despegue (conceptualmente brillante), sino también de múltiples lenguajes: fotografía y música; performance, danza y videos. Recuerdo los cólicos de monseñor Quarracino y de Armando Bo (en un histórico debate con el entonces “progre” Jorge Lanata, en el programa de Mariano Grondona). Madonna le cumplió el sueño a Perlongher: hizo a Evita la más puta, la reina de las putas. Yo estuve en ese Girlie Show World Tour; era la época de las visitas “1 a 1”. De los Stones a los Guns. La invasión 13/20, la ferocidad de una transversalidad en la música mainstream norteamericana. Años más tarde, Dona y Niki también se cagaron en Madonna y sus caprichos y empezaron con el tributo a Erotica (un refrito unplugged que salió bastante lindo). Pero la invisibilidad de las coristas (drama diacrónico de la participación de la mujer en el mundo de la música, y más aún del rock) es el problema. Recuerdo los reconocimientos tardíos, los momentos “especiales” de esas mujeres que profesionalizaban, jerarquizaban una tarea compleja y ardua, la de ser coristas. Desde Lisa Fischer en su minuto de gloria cuando sonaban los acordes de “Gimme Shelter” y Jagger le hacía el gestito de “Ahora, es tu momento”; pasando por Clare Torry y el desregulador, salvaje, desmesurado, orgásmico grito en “The great Gig in the sky” de Floyd. Richard Wright cuenta que lo grabó y se fue, desapareció del estudio. Fue un paso fantasmal, un “trámite”. Pero también le pasó a la gran Amy Keys en cada “Easy lover”: Phil Collins fue un gran promotor de la teatralidad escénica y para sus monerías ella estaba. Y a su manera, a Sonna y Amy, las coristas de Mötley Crue: ¿por qué el volumen de cosificación sería aquí mayor o superlativo en relación a los casos anteriores? Cada vez que se habla del Glam-y coincido con Karen Benneth cuando golpea a David Lee Roth por su falsa androginia- se habla también de una expresión o tan machista como las anteriores. El mundo del rock, y no solo del hard rock ochentoso, puso a esas mujeres en la casa del árbol del escenario.

Sin embargo, hay interesantes ejemplos que distorsionan o contradicen dialécticamente, ese otro lugar de la mujer en el mundo de la música: el de instrumentista o cantante. Nada le pesaba a Wendy Melvin compartir guitarras con Prince en Purple Rain (vean el video, me fascinan sus gestos ortivas); tampoco le pesaba a D'arcy Wretzky ser la bajista de Smashing Pumpkins. Corgan en más de una entrevista reconoce que el sonido de la banda se lo deben a ella; menos aún, a Cindy Blackman, la baterista que me hacía recordar a “Locomotora” Espósito, el pionero del doble bombo en la Agentina. En el clip de “Are you gonna my way?” todas las minas al rededor de Cindy cumplen con el estereotipo de belleza ornamentada, el arreglo floral simpático: rubias platinadas agitando sus cabelleras como si salieran de una propaganda de shampoo. Cero rock. El rock se lo había consumido, aspirado todo todo todo la gran Cindy en cada machaque. Recientemente, Orianthi Panagaris fue el oráculo de Michael Jackson y de Alice Cooper y también pateó el tablero. Quizás este caso no sea solo el de destreza y competencia como guitarrista. Orianthi toca muy bien; el problema es la sombra que le hace Richie Sambora, su pareja y ex guitarrista del mítico Jon Bon Jovi. A Orianthi le sobra talento y le sobra la panza de Richie, una sombra innecesaria para semejante artista.

Las singularidades en las cuales las palabras de Camille Paglia sobre Madonna se reactualizan son, precisamente, los casos en los cuales no hubo desmarque y la mujer-artista vino anexada al valor de cambio. No pudo (ni quiso, ni quiere imagino) Fergie salir de ese lugar de “la minita de los negros”: ni con The Black Eyed Peas, ni con Slash, ni con Bono, ni con nadie. Más ocupada en el animal print que en cantar. Los monogámicos pegados con poxipol, la parejita minicomponente de The White Stripes (John y Meg) no son otra cosa más que eso: un falso mestizaje, un devenir trucho en el cual Meg será siempre la señora de White. Sin embargo, un caso asimétrico es el de Alison Krauss. Ella sí lo fue a buscar a Robert Plant para que él colaborara en sus discos, lateral e inocua. Adele, sin ir más lejos, se corrió de ese lugar estigmatizante de la balanza para grabar las primeras y segundas voces de su disco 21. Y en esta línea, podríamos inscribir a Beth Gibbons (la voz de corte existencialista de Portishead) y a la línea dura del rock: “Viv” Albertine, Lita Ford y, más acá, a Ángela Gossow (la voz “masculinizada” de Arch Enemy que dejó de culo a más de un machito metalero).

Lou Reed y sus chicas del du-da-dú quedaron oxidados en un armario del discurso que tampoco se corresponde con las nuevas circulaciones de la mujer en el mundo de la música y de la enunciación femenina, tema que me importa en particular (y que para ello trabajamos duramente con Mauro Petrillo y Andrea Meikop en "Las cosas que te digo no repitas jamás. La Palabra de la mujer en el rock"). Desde ya, adeudando casos locales, regionales, continentales, y pensando en los efectos de la marea feminista a nivel global, habrá que decir que la historia de la música viene dando vuelta sus prácticas, reventando los roles, las designaciones que marcan negativamente los cuerpos. Son las mujeres, hoy, las que mandan a hacer du-da-dú a los patriarcas del rock. La página se dio vuelta con las prácticas, y en su presente inmediato interroga las corpografías y las textualidades que la mujer está inoculando (y derritiendo) en el avance del malón, del inevitable malón que, como dice Juana Chang, levanta la consigna: “Las chicas buenas no arreglan enchufes”. Malas feministas. Malas.