Al parricida Bowie: 45° aniversario de Aladdin Sane

May 28, 2018

Por Emiliano Scaricaciottoli

 

Desde el 13 de abril, Parlophone reedita en vinilo, CD y digital el álbum más disruptivo de Bowie. El adiós a Ziggy Stardust y una bofetada al gusto público del rock occidental.

 

 Yo conocí al Duke. A Javier Andrés Moreno Iglesias, al gran Duke Blanco de Mar del Plata. Jugaban Argentina e Irán y, sin sospechar tanto sufrimiento, ni bien terminó el encuentro salimos con las hordas de Cultura Metálica y del GIIHMA (Grupo de Investigación Interdisciplinaria sobre el Heavy Metal Argentino) a celebrar la I Feria del Libro Heavy de Mar del Plata, la primera del interior del país, la primera organizada por un ícono de la resistencia LGTB en esa Ciudad. El Duke fue el único que vino a buscar a los más renegados y, de nuevo, sin sospechar, que los neonazis recientemente condenados por el Tribunal Federal N° 1 de “La Feliz” (sic) fueran, meses después, a  agredirlo, insultarlo, escracharlo, lincharlo. Esa noche en Nevermind -el bar del Duke- se llenó de metaleros, pero los cobardes de Levchenko y compañía (hoy pasándola bomba en la Unidad Penal 28) ni asomaron.

Cuando me enteré de la reedición de Aladdin Sane, inmediatamente hipervinculé con el Duke. Con el Duke que yo conocí. Porque hay que tener muchas pelotas para ser el Duke entre machitos de Ozzy. Los machitos de Ozz. Lo cierto es que Aladdin Sane no solo es un disco de regreso-regreso de una gira despedida del mítico alter-ego de Bowie, Ziggy Stardust y esa banda, -los Spiders from Mars- sino también, al mismo tiempo, un gesto poco frecuente en el rock contemporáneo: aniquilarse. Hace poco leía unos pensamientos de Pema Chödrön: “Solo en la medida en que nos exponemos a la aniquilación una y otra vez podemos hallar en nosotros aquello que es indestructible”. Esa exposición en Bowie se traduce, en aquel viaje de regreso a Southampton, en el ‘72, y luego en el fichaje de músicos previo a la grabación definitiva del ‘73, en un parricidio de la propia personalidad. Cuando Bowie mata, se “aniquila” y barre con la proyección de las cinco placas anteriores que lo habían catapultado como modelo mainstream, quebró. “Un muchacho insano” reza la traducción simbólica de la canción homónima. Sí, se tomó un pequeño viaje de muerte, de despojo, de impersonalidad. Bowie logró con Aladdin Sane cachetear un poco la imagen impoluta y sagrada de la estrella de rock. Si vamos a ser olvidados -decía el negro Dolina- hagamos lo posible para no merecerlo. Y le cambió la cara, las caras -literal- a los Spiders from Mars. El disco cuenta con Mike Garson (luego mimado muchísimo por Corgan y los Smashing Pumpkins en aquel Adore de 1998) en piano, Fordman y Willshow en los vientos y alguna flauta perdida por ahí, y las inolvidables voces de Linda Lewis, Juanita Flanklin y G. A. Mc Cormack. A la base de Ronson-Bolder-Wodmansey le sumó un blindado. Un blindado para que suene fuerte y poderoso. Porque Aladdin Sane, más allá de la experiencia con el jazz fusión y pinceladas pop, es un disco de rock podrido.

Cuenta Paolo Hewitt, el biógrafo más lúcido de Bowie según Simon Reynolds -y coincido-, en David Bowie: vida y discografía (2013) que la gran promotora de este parricidio fue Suzy Fussey, su peluquera y quien luego se casaría con Mick Ronson. Bowie había flasheado con un pelo rojo claro. El color lo había “robado” de unas imágenes de Marie Helvin bancando los trapos del diseñador japonés Kensei Yamamoto. Recuerda Helvin o lo inventa Hewitt y me cierra: “Era una peluca de hombre, tradicional en el Kabuki”. El movimiento que quería Bowie desmentía toda la teoría de Simmel respecto a la moda y la modernidad. La necesidad de distinguirse y diferenciarse, en este caso, era como contra-ejemplo. Tomar la tendencia para destruirla, reapropiándose de ella y hasta desfigurándola. Claramente, el Bowie del “rayo” (el de la tapa del disco), andrógino y alienígena, nada reproduce de Helvin. La imagen evoca, en todo caso, la división de la mente: su medio hermano tenía en puerta un diagnóstico fulero de esquizofrenia. ¿Clima de época? En el ‘72, Deleuze y Guattari fueron los primeros que se animaron a pasar por el cuchillo a papá Freud en El Anti-Edipo, el primer volumen de Capitalismo y esquizofrenia.

Lo singular, repasando el set-list -y quizás porque me parece un disco tocado en vivo, en una sola toma y muy aceitada-, es que musicalmente la incorporación de Garson le inoculaba inestabilidad. Cada vez que las bases distorsionadas de Ronson recordaban a Hendrix o a Page, Garson se ocupaba de desestabilizar con psicodelia y ácidos musicales. Cuando escucho “Aladdin Sane (1913-1938-197?)” escucho el tono satírico, como si nos alertara “NO TE IDENTIFIQUES CON NADA”. Esa desautomatización se repite sistemáticamente en todos los temas. El caso del tema homónimo es la problemática de llegar a la cima. No solamente recupera los contextos bélicos y las crisis cíclicas del capitalismo sino también su oscuridad. La decadencia entre-guerras, la crisis de la experiencia. ¿Podría haber sido Bowie un lector a contrapelo de Walter Benjamin? Muy probable. Pero Bowie observa, justamente, que el flâneur que Benjamin leía en Baudelaire en aquellos Pasajes de París nada tenía que ver con el ocio pedorro de la elite londinense. Es una crítica de clase, mucho más profunda. Ocurre que Bowie estaba leyendo Vice Bodies de Waugh. Una obra un tanto atemporal, publicada en 1930, y que describe satíricamente el aburrimiento del círculo de la Bright Young People de Londres. Decía Wough, “Aquellos viles cuerpos...” que si los mudás al Delta, en nuestro territorio, tranquilamente te sale fotocopiado a alguna novela mersa de Mauro Libertella. Nosotros tenemos una experiencia sensible, al respecto; pero ese es otro tema.

Se preguntaba Bowie en la pre-producción, ¿quién disfrutará de su arte cuando ese arte se haya asesinado? ¿Quién disfrutará del arte? Los agentes de la lectura del mercado dirán, hoy, que hay que volver siempre a Hegel a través de Byung-Chul Han o Boris Groys. Lo cierto es que la Guerra Fría estaba ocultando la voracidad del tiempo, la inmediatez oblicua del afecto, del efecto, de la sensibilidad de los setentas. Sueños rotos, post-Mayo del 68, en “Drive in Saturday” Bowie canta: “Trataremos de hacerlo bien como otras épocas/ Cuando Jagger se paraba a mirar los ojos de la gente y ligaba”. Melancolía del tiempo perdido; búsqueda no, melancolía. La melancolía, y siempre volviendo a Freud, es esa imposibilidad de sufrir. El dolor se convierte, entonces, en crónico. De tratamiento prolongado. Las preocupaciones de Bowie sobre el tiempo presente o el problema de la potencia, de la voluntad de poder son bien de época. Mientras el track 06, “Time”, reza “Mi reloj dice 9:25 y pienso 'Oh, Dios, sigo vivo'”, Pink Floyd -el mismo año- editaba The Dark Side of the Moon y su propio “Time”, pero ahora de Waters: “Desperdicias y consumes las horas de un modo desconsiderado […] Esperando por alguien o algo que te muestre el camino”. Y es invierno del ‘73, y abro un cajón en la vieja casa de mi abuela en Ezpeleta y veo la boleta de Cámpora-Vicente Solano López y una carta de Abelardo Ramos (el referente del FIP, de la izquierda trotska que se sumó a la esperanza de ese nuevo amanecer, mientras el viejo llegaba, volvía desde Ezeiza) a mi viejo citándolo a un encuentro en La Plata porque unos “hippies” organizaban un festival con una banda de “la nueva ola” llamada Manal. Dos años antes, en el ‘71, Medina-Martínez-Gabis editaban El León y “No hay tiempo de más”. Sí, el tiempo, pero no el tiempo que se vuela sino -y ésta era la propuesta lírica de Javier Martínez- “poder volar” con el tiempo.

El tema más hitero de ese álbum, sin duda alguna, fue “Cracked Actor” porque  se proyectaría luego en un documental de la BBC sobre ese momento singular de Bowie entre la adicción a la merca y el tour por Los Ángeles, una nueva conquista de América. Recuerdo sonar “Cracked Actor” y Bowie en una limusina, siempre de noche, claro. Como en Lost Highway de David Lynch, muchos años después. Oscuro y podrido. Sin ir más lejos, la re-versión de “Let's spend the night together” de los Stones (presente en Between the buttons de 1967) es muchísimo más rabiosa que la que pensaron Jagger y Keith Richards. Rabiosa y circense al mismo tiempo. Me llama la atención lo seco y cortante del “together” del estribillo. Inglés, siempre inglés, pero a diferencia de la curva entonacional de Jagger -siempre en modo resaca- Bowie parece decirnos: “Que suceda rápido, ya, el tiempo se termina”.

Todo un disco de sátiras y de muertes, hasta en el vagón de cola. El disco cierra con dos clásicos. Por un lado, “The jean Genie”, muy rockabilly y con ciertas pinceladas bluseras, y una armónica infernal ejecutada por Bowie. Es, en sí, una burla desmedida a “I'm a man” de The Yarbirds y hasta dicen que la letra fue también otro parricidio/afano a un manuscrito de Iggy Pop. El título, sin ir más lejos, es un juego de palabras de Jean Genet, a quien Bowie admiraba; por el otro, “Lady Grinning soul”, una canción desesperada, con el piano de Garson y la guitarra española de Ronson, ni balada ni tributo a Elvis. Una carta epidíctica. Como la de Engels a Marx. A veces papá debe morir.

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