“No sabemos lo que puede un pueblo”. Reseña de Lo interrumpido.

February 14, 2018

Escritos sobre filosofía y democracia, de Diego Tatián (editorial Las cuarenta)

 

 

Por Mariano Pacheco

 

 

 

Los lectores de Diego Tatián siempre transitamos por una tensión a la hora de leer sus textos. Sentimos la intuición de compartir muchas de las operaciones de lectura que realiza y las posiciones textuales que lleva adelante pero no siempre encontramos acuerdos en los modos en que esas operaciones y posiciones son puestas a jugar en la arena política de nuestra agitada escena contemporánea. La situación vuelve a repetirse con este nuevo libro, publicado hace unos meses por la editorial Las cuarenta, en el que Tatián reúne doce ensayos bajo el título de Lo interrumpido. Escritos sobre filosofía y democracia. En estos textos una cantidad de nombres propios y fechas claves nos ayudan a pensar una serie de temas como la universidad pública; la traducción; el ejercicio crítico de estudiar, escribir e investigar; la tensión entre la herencia y la invención; el rol del arte; el vínculo entre vida, muerte y filosofía y, como el título mismo del libro lo indica, entre filosofía y democracia.

Se reúnen así, en este libro, un conjunto de reflexiones teórico-políticas situadas en donde puede visualizarse un doble esfuerzo. Por un lado un esfuerzo narrativo, recuperando una vasta tradición que conecta a la filosofía con la literatura; por otro lado, un esfuerzo vinculado con la cuestión política para conectar las grandes ideas de occidente con América Latina pero también con Argentina y la provincia que habita; que en las últimas décadas no deja de hacer gala de un provincianismo ramplón. Pensamiento situado, entonces, no cerrazón endogámica o apología de un esencialismo de pago chico.

 

NOMBRES

Decíamos que quien se meta con este libro se topará con una serie de nombres propios a partir de los cuales pueden pensarse una determinada cantidad de problemáticas. Así se recupera a uno de los héroes de la gesta de mayo, vinculado a su preocupación por difundir El contrato social de Rousseau (“prologado, editado y quizá traducido por Mariano Moreno para ser usado como texto escolar”); libro que en nuestro país corrió la misma suerte que su difusor, aunque logró quedar inscripto en los catálogos de la Biblioteca Mayor de Córdoba. Y más allá del debate historiográfico/bibliográfico en torno a si efectivamente fue el Secretario de la Junta quien tradujo el texto de Rousseau, Tatián destaca el hecho de concebir el saber como bien de uso; en este caso un uso militante determinado por la urgencia de un contexto revolucionario. Moreno -dice Tatián- fue efectivamente un “traductor revolucionario” porque concibió la tarea de introducir y popularizar las ideas ilustradas como parte de una obra política (en itálicas en el libro).

 

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Otro de los nombres propios a través de los cuales podemos pensar el vínculo entre Córdoba y parte de la tradición del pensamiento occidental es el de Rodolfo Mondolfo, aquel profesor italiano llegado a Buenos Aires en mayo de 1939 luego de ser expulsado de Europa por las leyes raciales promulgadas el año anterior por el régimen fascista.

Tatián reconstruye en su libro el paso de Mondolfo por Córdoba (1940-1947) apelando a datos de legajos internos de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) para situar el domicilio del pensador marxista y, a partir de ese dato, reconstruir imaginariamente los lugares por donde éste caminó, para reparar así en la paradoja de que el italiano pudo haberse cruzado gran cantidad de veces con los reformistas cordobeses como Deodoro Roca, fallecido en 1942. “¿Hubo contacto entre Mondolfo y los intelectuales de la Reforma del ‘18?” se pregunta el ex decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades, para luego ir tras unas huellas que parecen desvanecerse sin dejar rastros de dicho encuentro. Tatián repara también en los cruces entre Spinoza y Marx realizados por el italiano y, a su vez, en la presencia tangencial del “pulidor de lentes” en la cultura reformista.

 

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Sarmiento y Tocqueville, otros nombres propios para pensar los nudos problemáticos del libro. Sarmiento viajero y traductor, sí, pero también coleccionista (de datos y documentos). “Volvió a la Argentina con un baúl lleno de documentos y textos útiles: estadísticas y censos acerca de la demografía, el crimen, la educación y la inmigración”, puede leerse en una nota al pie del libro en el que otros nombres aparecen como referencia para nuevos debates. Ya sea Walter Benjamin o el ya mencionado Deodoro Roca, Kant, Descartes o Kafka, lo que puede leerse a través de ellos son una serie de preguntas en torno a la filosofía, la política y los sitios que habitamos. En el caso del autor de este libro, obviamente, la universidad: no casualmente dentro del debate de los ideales reformistas Latinoamericanos hace 100 años atrás.

 

CONCEPTOS

“El tiempo es olvido, y es memoria”, supo escribir Jorge Luis Borges en su poema “Milonga de Albornoz”.
¿Qué es el tiempo? se pregunta Tatian hacia el final de Lo interrumpido. “El tiempo es producción inmanente de deseo”, afirma luego de argumentar que el tiempo no impone un curso necesario a los hechos del mundo, ni su condición mecánica, ni su experiencia puramente psicológica, ni su transcurso una serialidad cuantitativa trascendente a los acontecimientos e independiente de ellos. Y la duración, no solo un concepto cronológico. “La tarea de perseverar se pierde cuando su propósito es sólo conservador y se realiza si incorpora rupturas e innovaciones”. Así, la “duratio democrática” resulta de la autoinstitución ininterrumpida bajo el modo de la novedad que fue atesorada por la historia.

Para terminar, un retorno al principio, al menos de este libro.

Es en “Filosofía y democracia en América Latina”, el ensayo que abre esta publicación, donde Tatián se detiene más específicamente en una conceptualización política.

Recuperando el realismo materialista de Spinoza, nos interpela a los lectores a desenmascararnos del idealismo que postula por principio del pensamiento una representación de cómo los ciudadanos deberían ser. También rescata la idea de comunidad, de lo común como lo impropio: lo que no es propiedad de nadie. No algo dado, al alcance de todos sino lo común como opacidad que necesita de un trabajo de descubrimiento o, más bien, de composición; una experiencia que a veces resulta una vida entera, según podemos leer (“no sabemos lo que puede un pueblo”).

De allí que se entienda a la democracia no tanto como sistema de gobierno, sino más bien como decisión común por mantener abierta la pregunta que interroga por lo que los cuerpos y las inteligencias pueden -ser y hacer-. Cerca de Alain Badiou (y también de Jaques Ranciere, a quien cita por ahí), Tatián entiende a la democracia como “una forma de sociedad que activa declaraciones de igualdad, y un régimen político que concreta esas declaraciones en instituciones sensibles a la novedad humana”. La referencia a los cuerpos y las inteligencias no sólo recupera el monismo spinozista y un legado inmanentista, sino que además pone en cuestión el anti-intelectualismo tan en boga en las últimas décadas (“pulsión anti-intelectual reaccionaria muy antigua que bloquea la experimentación con la lengua, la vitalidad de las formas y la invención de nuevas prácticas”). De hecho, la referencia al ser humano como una cosa que piensa, junto con la declaración de la necesidad de construir las condiciones de irrupción de un “poder popular y un intelecto general” para ganar y sostener conquistas, demuestran que en la concepción del autor el pensamiento no es el saber exclusivo de un pensador sino un bien común que necesita “cuidar y defender la interrogación por las ideas” (por supuesto, y así queda explicitado, esto no niega los oficios concretos, las horas destinadas a “lidiar con las palabras y con las ideas, con la interpretación de los sentidos y el desciframiento de los signos que entrega la época”). Lo común, entonces, es también la capacidad de resistir la imposición de una lengua única o binaria, se aclara, para rematar que el carácter comunitario o comunista del pensamiento es “el principio mismo de la democracia”.

Pero como decíamos al comienzo de esta nota, los lectores de Tatián siempre transitamos por una tensión a la hora de leer sus textos; sentimos la intuición de compartir muchas de las operaciones de lectura que realiza y las posiciones textuales que lleva adelante, pero no siempre encontramos acuerdos en los modos en que esas operaciones y posiciones son puestas a jugar en la arena política de nuestra agitada escena contemporánea. Y esta tensión se exacerba cuando se presenta la cuestión democrática en Latinoamérica como situación inscripta en un entre la política y el Estado. Es que luego de leer una cita de Antonio Negridonde se caracteriza al poder constituyente como “plural, multidireccional e indeterminado”, como fuerza que “irrumpe, interrumpe y desquicia”, nos encontramos con una reivindicación del Estado como “contrapoder instituido” (aunque se aclara: siempre y cuando emerja de los movimientos sociales y la vitalidad popular).

Sorprende un poco -al menos eso le ha pasado a este cronista- que la reivindicación de algunos de los gobiernos Latinoamericanos de los últimos tiempos pueda sostenerse desde algunas ideas-fuerza que aparecen en este libro, como aquella que sostiene sobre la igualdad. Y cito in extenso para que se entienda a qué me refiero:

 

“Igualdad significa asimismo que cualquiera es sujeto capaz de imaginar -entre otras muchas cosas- particiones de la riqueza diferentes a las inmediatamente dadas, y actuar para su puesta en obra; en este sentido, lo otro de la representación del individuo como mero objeto merecedor de una redistribución más conveniente decidida en otra parte y sin su intervención. Igualdad no es en principio una más justa redistribución de bienes sino un reconocimiento más intenso y más extenso de las personas como fuerzas productivas de pensamiento (palabras con la que incluyo aquí las acciones políticas) acerca de lo justo, y acerca de muchas otras cosas.

La institución de la igualdad comienza por una declaración que desmantela los órdenes jerárquicos legitimados como naturaleza de las cosas”

 

Como también sucede con algunos de los textos más lúcidos de Eduardo Rinesi, quienes no adherimos a los proyectos de los proyectos neodesarrollistas de la región (las más de las veces también “neoextractivistas”) pero leemos con entusiasmo teórico-político este tipo de reflexiones, quedamos pasmados ante ciertas premisas que se derivan de postulados que nunca imaginamos al comenzar a leerlos, que podrían desembocar en apoyos activos a este tipo de gestiones progresistas del ciclo (que nunca dejaron de sostenerse, por otra parte, en fuertes mojones neoliberales). Por supuesto, la crítica no es moral sino política, y por lo tanto prescindiremos aquí de conceptos tales como “cooptación” o delimitaciones del tipo “buenos y malos”, porque de lo que se trata es discutir ideas y de ser coherentes con las posiciones que cada uno sostiene.

En este sentido, no puede negarse, Lo interrumpido no deja de ser un notable aporte al debate de ideas de la actualidad.

 

 

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