El patafísico monumento a la patria chilena

Un pedestal de un ex monumento firmemente custodiado por loros policiales. Una histórica dialéctica entre un milico y un sabio lonko. La patria, la tierra, la cultura y el sentido poético simbólico de la sociedad en disputa en una céntrica plaza de Chile, es decir Ningunaparte.

“Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”

Salvador Allende

“Ahora tenemos que demostrar en la cancha toda la garra que tenemos que sacar”

Esteban Paredes,“el Tanque”, capitán del Colo Colo

“¿Todo ha de ser batallas y asperezas, discordia, sangre, fuego, enemistades, odios, rencores, sañas y bravezas, desatino, furor, temeridades, rabias, iras, venganzas y fierezas, muertes, destrozos, riñas, crueldades; que al mismo Marte ya pondrían hastío, agotando un caudal mayor que el mío?”

Alonso de Ercilla, La Araucana

“Es el canto universal. Cadena que hará triunfar. El derecho de vivir en paz”

Víctor Jara

“La acción transcurre en Polonia, es decir, en ninguna parte

Alfred Jarry

Por Tomás Astelarra Ilustración: @nico_mezca

Manuel Jesús Baquedano González (1823-1897) fue un militar y político que por su esmerado aporte a la patria quedó inmortalizado, entre otras situaciones, en una estatua en una plaza en el centro de Santiago de Chile. El dichoso milico participó en la “pacificación” de la Araucanía y la Guerra del Pacífico, confusas masacres a través de las cuales la llamada república entró por la puerta grande al mercado extractivista multinacional. De la manera que siempre se lo hace en este sistema capitalista de muerte: matando indios al servicio de los patrones coloniales. Baquedano fue conocido por su “ataque frontal”, una no estrategia militar que, en dichas épocas, hasta recibió críticas de sus compañeros milicos. También sofocó varias revoluciones que intentaban derrocar los gobiernos neocoloniales de esa época. Era, parece, severo, rígido, sencillo, obediente, de pocas luces, como la mayoría de los buenos milicos (o al menos aquellos milicos que el poder admira). Como diría Suipacha Kamacho: quien sabe si era un boludo o un hijo de puta.

La plaza Baquedano (también llamada Plaza Italia y hoy Plaza de la Dignidad) fue inaugurada en 1928. Dicen que el propio Manuel Jesús paseaba seguido por el lugar, montado en su caballo hacia los mercados del barrio La Chimba, para compartir con los “rotos” (las personas con las que triunfó en sus batallas) historias, recuerdos, y alguna sopaipilla o mote con huesillo.

En el centro de la plaza hay un monumento en bronce, obra del escultor Virginio Arias. Casi cien años después, la estatua fue retirada la madrugada del 13 de marzo de este año debido al daño provocado durante las manifestaciones ocurridas entre 2019 y 2021. La discusión interna entre los mandos militares y los dirigentes políticos de la pata mas conservadora del actual gobierno conservador de Chile (la Unión Democrática Independiente, UDI) fue tenaz. Los milicos decían que no podía soportarse más esta humillación y que la estatua de buen Baquedano tenía que repararse y cambiarse de lugar. Pero los señores políticos hiperconservadores sostenían que tal acto era un reconocimiento simbólico de su derrota frente a la insurrección popular.

La solución o negociación es confusa, más bien patafísca (es decir una solución imaginaria): la estatua fue retirada para repararse y volver a colorar en el mismo emplazamiento (rezando a ese Dios que parecería no estar escuchándolos, de que de una buena vez se acaben las manifestaciones de la mayoría de la sociedad, especialmente joven, una masa insurrecta sin cabecillas, que dicen que no son 3 pesos sino 30 años, que No va Mas (una versión demorada y actualizada del Nunca Mas). Por supuesto que para milicos y conservadores la violencia son las protestas y no el régimen social, económico y cultural impuesto a sangre y fuego por la dictadura del buen heredero de Baquedano, don Augusto Pinochet. Lo cierto es que la patafísica solución de los milicos y conservadores chilenos ha dejado hoy en la Plaza de la Dignidad la ridícula foto de una docena de pacos (loros policiales) protegiendo un pedestal vacío.

Habrán pensado que así se resguarda una estructura de cemento lista para ser demolida a mazazos. Pero lo que no se ve es mas importante de lo que se ve. Porque lo que no se ve, se recuerda, en el imaginario de todes les citadines chilensis que pululan esas céntricas avenidas día a día en su esclava y obsecuente tarea capitalista, como la imagen de una zaparrastrosa niña rebelde (lejos de su sumisa y esclava posición de ama de casa) usando la cabeza del general para alzarse al cielo y desplegar una bandera mapuche, Wenufoye (canelo del cielo en mapuzungum). El imaginario de la sociedad chilena mantiene en sus retinas el reciente símbolo de esos indios que conservadores y generales creían muertos. Indios que tenían su propia patria, su propia concepción de patria, una concepción respetuosa de la Madre Tierra y los derechos humanos, del derecho de vivir en paz, que hoy muches chilensis (aun en el silencio del miedo heredado) piensan que puede ser la opción para solucionar las causas y consecuencias de un sistema capitalista que ha arrasado con la dignidad, el alimento, la cultura, la salud, la educación y la historia de un pueblo en pos de beneficios claramente extranjeros (o en todo caso concentrados en un pequeño grupo de familias locales que se quedan con el vuelto y viven en el derroche de aquelles que no respetan la vida). Pues ese tipo de vida, es matemático, no puede ser ejercido sino es a costa del dolor de otros seres.

El indio que no se veía, ahora se ve. Porque, pa coronar la metáfora, se da la curiosa casualidad que los principales sospechosos de los destrozos a la estatua del pobre Baquedano son integrantes de La Garra Blanca, la barrabrava del club de fútbol Colo Colo, nombre que en mapudungún representa una especie de “gato montés”, pero también rememora la historia de un sabio lonco mapuche que luchó, e incluso sobrevivió a muchos de los lideres más jóvenes como Lautaro o Caupolicán, en la guerra de Arauco, cuando todavía el poder de esa patria anterior y opuesta a la colonizadora república de Chile, tenia la fuerza de ser mayoría y no una minoría a ser masacrada en pos de la “pacificación”, que un par de siglo después llevaría a cabo don Baquedano.

Hoy, más allá de su capital financiero, sus medios hegemónicos, su justicia amañada, su ejército obediente y su ceguera humana, la patria blanca está derrotada. Su pedestal está vacío. Y donde había un milico, hoy el pueblo ve un indio viejo y sabio abrazando e impulsando la rebeldía de una joven india feminista y anarca. La rebeldía del derecho de vivir en paz, no en una patria, sino en un mundo más justo. Otro mundos posible. Un mundo donde quepan muchos mundos.

Estas charlas, relatos, columnas, son ficción. Ciencia Ficción Jipi. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.